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Viernes, 27 de febrero de 2015

ESCENAS

El hecho maldito de la realeza

La versión teatral de Antígona en la piel de Ana Yovino cobra importancia por su dramática dimensión política.

 Por Alejandra Varela

Una joven de mirada sombría es el gesto de la culpa que se derrama como una sangre negra sobre Tebas. Es la secuela de la guerra, un cuerpo donde se revela y condensa un drama político que es también íntimo, familiar. En la tragedia griega esos dos espacios jamás pueden diferenciarse porque el conflicto oscurece a los personajes que están en el poder. El destino lastima sus privilegios y sus actos pasan a ser la letra de la historia.

En la Antígona que reescribe José Watanabe, la dimensión política está mucho más presente que en la tragedia de Sófocles. La guerra, que en el texto griego era un dato del pasado, aquí da pie a otra batalla, la de los jóvenes que no aceptan las prohibiciones del mundo adulto y se ensucian con la tierra que se niega a cubrir a un hermano muerto, corren las piedras de la caverna donde se encuentra castigada la mujer amada, dejan que el cuerpo se involucre, se embarre y se vea maniatado y herido, como en un gesto de rechazo a su clase, pero también con la voluntad de castigar la quietud de su comunidad y socavar la autoridad de sus padres.

Si Bertolt Brecht cuestionaba a Antígona por su protagonismo individualista, si la ubicaba como el emblema del héroe burgués que había que dejar atrás, Watanabe entiende que la soledad de su acto se debe a un pueblo que acepta silencioso la prohibición de Creonte de enterrar a Polinices, que soporta el no cumplimiento de una ley divina en función de la obediencia a un tirano. En la voz de Ana Yovino está la exhortación, el cuerpo que deambula inquieto hasta lograr su causa, la chica que se ríe sólo cuando está frente al poderoso porque ella es una excepción. El sujeto no previsto, aquel que no ve en el miedo una señal de detención.

La piedad es el móvil de Antígona, la empatía extrema por ese hermano hecho cadáver al sol, alimento de las fieras, olor nauseabundo para dormir a los testigos. Ese sentimiento de compasión era central en la tragedia para producir la identificación del espectador con el héroe. En esta puesta dirigida por Carlos Ianni es la actriz la que se involucra emotivamente en el acto de contar. Ese rol que se interrumpe en el pasaje de Yovino por cada uno de los personajes del drama, como una médium que se deja capturar por las almas de su historia, no es simplemente una referencia al lugar del coro.

La que oficia de narradora es Ismene, la hermana que no acepta la hazaña que le propone Antígona, que calcula las condiciones objetivas y decide que es mejor no aventurarse si ya se sabe que van a perder, que el castigo será la muerte. Ismene llora en su relato de sobreviviente porque ha comprendido tarde que una vida donde se rechaza lo que es justo, que un palacio vacío, con toda su familia muerta, es la mayor derrota.

Ese dato de una Ismene que se dedica a contar una acción que no pudo realizar es, tal vez, el mayor mérito de esta propuesta de Watanabe, ya que transforma a un personaje en narrador, fracturando el límite de linaje que cada espacio del escenario griego señalaba. Ismene se convierte, de este modo, en un ser político, porque le da a la palabra dicha una dimensión histórica. Ella es la encargada de que la proeza de su hermana adquiera una sentido más allá de la muerte.

La decisión de que una misma actriz componga la galería de personajes que hacen al drama refuerza esta idea de evocación de Ismene. Las sogas como único elemento escenográfico dibujan un espacio indeterminado, donde la peripecia puede seguir ocurriendo, donde el arma suicida de Antígona multiplicada por tres obliga a un comportamiento salvaje, a desmarcarse de las normas.

El cuerpo de Ana Yovino es el verdadero escenario de batalla donde se tensionan las persistencias del destino. Donde un hombre se atrevió a ocupar el lugar de los dioses y fue desafiado por una joven que entendió la tradición familiar como un sacrificio que se debía cumplir, como el hecho maldito de la realeza para cosechar una paz que siempre necesita de muertes.

La hija que no murió, la hermana que se negó a repetir la secuela familiar, quedó viva para hablar, para proclamar esa historia frente a un auditorio contemporáneo y también para interpretarla.

Antígona, de José Watanabe, con la dirección de Carlos Ianni y la actuación de Ana Yovino, se presenta el sábado 28 de febrero y el domingo 1º de marzo a las 21 en el Celcit.

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