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Viernes, 13 de marzo de 2015

PERFILES > JIMENA BARóN

Fresca y batata

 Por Flor Monfort

Una niña criada en Belgrano R y educada en una institución privada como el Jean Piaget no es lo que se dice comúnmente “una chica de barrio”, aunque ella insista en presentarse así. Según Jimena Barón, ella y su pareja, el futbolista Daniel Osvaldo, son dos pibitos comunes que, como se los puede ver en la producción de fotos de la revista Gente la semana pasada, se frotan mutuamente en el baño de su casa, ella con un vestido de lentejuelas y tacos aguja. Quieren aclarar que no son los Beckham argentinos que la prensa pretende construir para envidia de la primera dama botinera Wanda Nara que, dicen lxs que saben, explota de envidia desde su hogar en Milán por la atención mediática de ésta, la nueva dupla explosiva del fútbol argentino. Ellxs juran que son una pareja como cualquiera (para ilustrarlo dicen que cocinan y hacen las compras), que se ama y respeta por sobre todas las cosas. Que cuando se conocieron ella le dijo “no soy un gato” y que cuando él mete un gol se acerca al palco donde ella festeja para hacer la “metralleta”. Y llamaron a su hijo Morrison, por la pasión de él por The Doors. Súper común.

Jimena hace oídos sordos a la mala onda, como toda dama que se precie de estar a la moda, ella se conecta con los mensajes positivos y el amor de la gente, desoyendo los rumores que indican que su marido, apenas pisó suelo argentino, hizo llamar tres prostitutas y se enfiestó con ellas y unos compañeros de equipo en el hotel donde se concentraban. “Sería muy estúpido si después de todo el esfuerzo que hizo lo arruine de esa manera”, dice Jime a la pregunta por la confianza que Gente ya podría patentar con derechos de autor. ¿Las mujeres confían en los hombres? Siempre la confianza asociada a la fidelidad, claro. Si trazamos líneas históricas en los personajes que habitan el semanario, primero confían, después se desilusionan, más tarde emprenden juicios millonarios y luego terminan en la ruina o vuelven a “creer en el amor”, casi lo único que importa en la vida de una mujer, su curva amorosa. Siempre poniendo trompa y sacando cola. Por poner solamente un caso reciente: Luciana Salazar. Desolada por su ruptura con el economista Martín Redrado, aparece reflexionando sobre el quiebre mientras anda en bici o come una manzana.

Pero volviendo al origen, lo que viene haciendo esta actriz de 27 años de la factoría Pol-ka es amalgamarse con el crack, eso que tan bien saben hacer las mujeres cuando se enamoran: fundirse en la identidad del otro, al punto de dejar su carrera, decir que es “de barrio” y volar a la otra punta del planeta para vivir con el muchacho que hasta el momento de conquistar a Jime ya tenía tres hijos con dos mujeres distintas y varias denuncias por incumplimiento en la cuota de alimentos. Su ex y madre de su primer vástago, Nina, lloró ante el panel de Intrusos por la cantidad de “cosas feas” que vivió con él y la desilusión de haberlo visto huir sin mirar atrás cuando ella ya no le convino.

Si él es de barrio, Jime, que tan buena actriz es, también se hace pasar por rea, pero si hace falta “saca su perra” y se luce en el Bailando, como hace unos años, antes de conocerlo, cuando tenía otro novio que también la celaba por la onda que tenía con su bailarín de turno. Ahora Jime dice, con una frescura inesperada, que Osvaldo “no la deja” participar en el certamen de Tinelli, que es muy celoso, y que hacer una tira la alejaría mucho de la casa, así que tal vez no haga nada, más que festejar los goles del machote desde ese palco sin audio que tanto conocemos por ver a las “nenas y la Claudia” hacer gestos y mohínes. Exito o derrota. Fiasco o robo del referí. Una linda metáfora de las mujeres en off que tanto le gustan a los tipos como Osvaldo.

Ya sabemos la definición de “cosas feas” en la boca de una mujer que se sienta por primera vez en un estudio de televisión, como Nina, la novia adolescente que hoy cría un niño que ve a su papá por la tele. Pero mejor dejársela a la historia.

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