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Viernes, 10 de julio de 2015

PERFILES > MARíA CRISTINA BOIDI

El hilo rojo

 Por Sonia Tessa

María Cristina Boidi pasó sin escalas de la cárcel de Devoto a las calles de Viena en 1979, cuando le otorgaron la opción del exilio. Sabía apenas “cinco palabras” de alemán, porque había sido profesora de Filosofía en la Universidad Nacional del Litoral y de la Universidad Católica, antes de su secuestro, el 11 de noviembre de 1975. Los primeros años en Austria sobrevivió enseñando español, mientras sufría el recuerdo de las compañeras y compañeros que quedaban presxs. María Cristina había fundado el Sindicato de Trabajadores de la Educación de Santa Fe (Sintes), era una feminista teórica –así lo rememora hoy– pero entonces la pelea contra el patriarcado era vista como un ideal burgués. Fue en el exilio cuando su feminismo se hizo acción. Así fundó Lefo, una organización feminista de mujeres migrantes en Austria, nacida en 1985, que a partir de su práctica fue enfocándose en trata de mujeres y trabajo sexual. Por su historia y los 30 años de trabajo en Lefo, María Cristina Boidi recibió la Medalla de Oro de Honor al Mérito del Estado de Viena, el 15 de junio pasado.

Lefo fue en los ’80 una iniciativa de exiliadas políticas, entre y para ellas. “El primer foco fue darme cuenta de que todo el problema patriarcal se volvía a repetir porque las mujeres eran las que tenían sobre sus hombros toda la carga social, cultural. Los hombres de alguna manera se las arreglaban, conseguían sus changas, sus cosas. Y las mujeres estaban en su casa sin una posibilidad de desarrollarse”, relata Boidi.

Con la irrupción del neoliberalismo, Lefo se enfocó en la trata. “No lo elegimos teóricamente, sino que nos confrontamos en la práctica. La trata estaba en todos los códigos penales, pero no se entendía qué era, y tampoco qué significaba en el contexto migratorio, porque una cosa es ser traficada en tu país de origen, y otra en un país extranjero, donde no tienes la lengua ni la regularidad para estar allí. La trata nosotras la hicimos tema, porque no era un tema”, dice. Del mismo modo descubrieron que “algunas mujeres estaban en la prostitución porque querían y otras no. A partir de allí, estructuramos en la organización áreas diferentes e inclusive locales diferentes. Con los años logramos tener un área de protección de la trata, con dos casas de refugio en este momento, y el proyecto de abrir una tercera. Y otra área para apoyo y asesoramiento a las trabajadoras sexuales emigrantes”.

En Viena, María Cristina lee todos los días Página/12, sigue con atención la política de Latinoamérica, está al tanto del debate en el feminismo argentino. “En todos los países del mundo, la política es la misma, y es la falta de respeto a las mujeres que ofrecen un servicio sexual. En ese sentido, el feminismo está dividido, hay feministas como yo que defienden la autodeterminación de las mujeres, no el trabajo sexual, y las que dicen que per se el trabajo sexual es contra la dignidad. Pero eso lo tienen que resolver las mujeres, yo puedo decir que las amas de casa son indignas, pero eso lo tienen que decidir las amas de casa. No soy quién para decidirlo”, enfatiza. Para ella, “la mezcla entre trata y trabajo sexual es una mezcla cómplice. Lo que pasa es que la trata ha aumentado en muchos países gracias a que las mujeres han sido ilegalizadas como inmigrantes, y ha sido ilegalizado el trabajo sexual, en ese sentido aumenta la trata. Es tan fácil de entender...”, apunta.

Cuando se le pregunta qué le queda hoy de aquella docente que trajinaba escuelas santafesinas para fundar un sindicato, María Cristina responde: “Hay una expresión en alemán que me gusta mucho, que es “el hilo rojo”, que habla de la coherencia. En mi vida lo encuentro muy fácilmente. Sin duda mi experiencia anterior y los años de cárcel me enseñaron mucho para seguir aquí, en otro camino pero siempre es el mismo, hacer un mundo mejor”.

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