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Viernes, 18 de noviembre de 2005

A MANO ALZADA

¡Marche presa!

(La mirada de los machos sobre su propio ombligo y los roles que –simula– mover el aburrimiento.)

 Por María Moreno

Una mujer sueca fue condenada por violar a un hombre, un ex novio que acababa de casarse y que la invitó a ella y a su amigo a un departamento donde se durmió para despertar y comprobar que estaba siendo violado, o una mujer noruega fue condenada a nueve meses de prisión y a pagar 40.000 coronas por hacerle una fellatio sin consentimiento a un amigo de su amante. La noticia pasó por los medios con variaciones tales que parecían referirse a hechos diferentes pero con similitudes, que hacían pensar en el desarrollo de un nuevo mito urbano como el del niño asado que, supuestamente, fue servido a sus padres como plato principal por la mucama y que alimentó la imaginería de la Asociación Psicoanálitica Argentina en pleno peronismo. Y el equívoco parece explicable porque, desde que se estrenara la película Adorado John, donde una pareja se estrujaba contra un árbol insinuando que ella carecía de bombacha y aunque ya hayan pasado bajo el puente de los derechos sexuales muchos hombres con peluca y mujeres fumando cachimbos, swingers con página web y clubes de lamedores de stilettos, en el mito argentino los nórdicos van primero en suicidios por confort.

Esta noticia sobre lo que parecería un exceso de derecho o un puntillismo de la extensión de derechos, que ahora alcanza hasta los habituales acusados, o una revancha irrisoria según la tribuna barrial, cuyas risotadas se escuchan desde aquí, permite algunas observaciones.

1) Es interesante cuán rápidamente, en el caso de la violación a un hombre, la ley comprendió que no hacían falta ni amenazas de muerte ni heridas y contusiones que probaran firme resistencia para hacer pertinente la acusación de violación.

2) También sorprende la rápida aceptación del término “violación” aplicado a un acto que no implica penetración genital, aunque no son menores las razones meramente coreográficas: ¿cómo comprobar no consentimiento si un hombre ha tenido una erección, ha sido montado y vaciado de sus jugos con la sola explicación de que se encontraba dormido?

3) Si bien no existen precisiones sobre si el hombre había alcanzado el orgasmo o siquiera si tenía una erección, es también interesante cómo la ley comprendió inmediatamente que se debe atender al no consentimiento y no a la verificación de si la víctima ha gozado a pesar de no haber consentido.

4) Cuánto le debe este hombre al feminismo. Y qué fácil le resultó todo a sus expensas. Pero mientras en un blog alguien grita que él, en su caso, hubiera gritado “sigue chica, sigue, y mata a la serpiente por la cabeza”, la tribuna femenina, tal vez compadecida de la mujer que murió simbólicamente como el pez, se pregunta si el hombre fingió dormir mientras hacía cálculos mentales sobre sus beneficios en el juicio que planeaba hacer, descree de que una boca habilidosa pueda despertar al miembro inocente sin despertar a su dueño o infiere en el dormido una mortal frigidez que exige venganza.

Las estructuras elementales de la violencia, ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos, de Rita Laura Segato, es un libro que corre la figura de la violación de su par protagonista –victimario-víctima– para apuntar a la fraternidad viril, ese espacio donde la hombría cristalizada por el status patriarcal da sus pruebas. Segato apoya la tesis de Carole Puteman, según la cual no sería el asesinato del padre aquello que funda la ley y el contrato entre iguales sino la apropiación de todas las mujeres de la horda por el macho, patriarca primitivo: la ley de status entre los géneros sería anterior al parricidio como origen de la cultura. La violación no sería ni una patología ni un pasaje al acto de la dominación masculina sino, más allá de los períodos históricos y las sociedades que no la consideraron un delito sino parte de rituales colectivos reglados y ordenados en determinadas circunstancias, como un elemento fundamental para la reproducción de la economía simbólica patriarcal, teniendo en cuenta que la estructura patriarcal no puede confundirse con sus representaciones ni con sus consecuencias no siempre lineales. Segato se vuelve al señalado por el prejuicio –negro, inmigrante, delincuente, marginal– para revelar a través de su testimonio su característica de agresor/víctima de un mandato. A través de entrevistas a violadores realizadas en la cárcel de Papuda, Segato y su equipo dieron otro sentido al hecho de que gran parte de los entrevistados no podía dar cuenta de sus motivaciones: según su expresión, a la manera del “arte por el arte”, las violaciones no tienen por fin la satisfacción a desmedro de la voluntad de la mujer ni producto de su resistencia, sino que son agresiones por la agresión misma. Para los entrevistados o los dichos de sus prontuarios es un enigma el haber pasado al acto mediante “el impulso por el que un sujeto masculino se siente atacado por los signos y gestos de la femineidad”. En el fantasma de violación es fundamental la presencia imaginaria o real del otro hombre o los otros hombres en calidad de testigos de una suerte de demostración de virilidad. Se entiende que quien rinde ante los ojos de la fratría esa prueba es alguien que se encuentra en posición de subordinación respeto de otros hombres. Lejos de ser una prueba de poder funciona como un intento fallido por restaurar una autoridad masculina dañada no tanto real sino estructural, en razón de clase, raza, ausencia de bienes.

La sueca o noruega de la noticia-mito ocupa el lugar del hombre agresor –lo cual podría tener una función reivindicativa– y, más bien como en la violación tradicional, es un mero instrumento donde es la mirada del tercero la que ordena la escena. Sus labios no son ni sensuales ni autónomos: con un ligero desplazamiento de lugares ella sirve a un hombre en su cumplimiento del mandato ritual de asistir a la escena donde un hombre es arrancado de su voluntad hasta por una mujer, lo cual confirmaría su propia virilidad.

En la versión pedestre y bromista, tales sofisticaciones jurídicas sólo pueden suceder en países donde el único problema es el aburrimiento. Por eso es razonable que el protagonista sea un hombre dormido.

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Gonzalo Martínez
 
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