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Viernes, 13 de octubre de 2006

URBANIDADES

Palabras que hacen falta

(Algunas reflexiones más sobre el valor de los testimonios como una apelación más a la aparición con vida de Jorge Julio López)

 Por Marta Dillon

Pasé algo más de quince años buscándola. La mayor parte de ellos sin saber siquiera que existía. En realidad era una anécdota el nombre de la persona, lo que yo quería era encontrarme con esos ojos, esos que habían visto los últimos días de mi madre. ¿Para qué? Me lo pregunté demasiadas veces y siempre la respuesta era distinta. Porque quería saber, saber todo, era la constante. Porque me imaginaba que habría alguna palabra para mí entre todas las dichas en su cautiverio, alguna señal secreta que sólo yo pudiera interpretar, algo que me dijera más allá de mis sensaciones y mis recuerdos cada vez más lavados, que sí, que había sido mi mamá, que habíamos tenido una complicidad en los diez años que vivimos juntas, que me había querido hasta el último momento. Qué paradoja, muchos chicos adoptados quisieran ser hijos de padres desaparecidos, eso los salvaría del abandono, del rechazo de otros padres que no los quisieron. ¿Y a nosotros, que sabemos que somos hijos de desaparecidos, quién nos quita ese fantasma? ¿Cuántas veces vencimos el enojo contra ellos por convencimiento militante mientras un niño caprichoso grita adentro por qué, por qué elegiste no preservarte? Nunca hice consciente ese pensamiento, nunca pude enojarme con ella, siempre supe que no había elegido un destino de tortura y muerte. ¿Lo sabía? Qué importa. Está la historia de lo que todavía me faltaba, los últimos días.

La primera vez que alguien me sentó a una mesa de café y generosamente me dijo “preguntame lo que quieras”, me quedé muda. Tenía 18 años, la democracia acababa de insinuarse y yo me sentía perdida entre los relatos que empezaban a escucharse sobre los campos de concentración y los desaparecidos. Todavía, en el último año de secundaria, mis compañeros me preguntaban si la había buscado suficiente, si no estaría en el exterior, qué era desaparecidos. Después llegó el juicio a las Juntas. Una testigo la nombró, dijo su nombre y su apellido, dijo que era abogada. Era mi mamá, sin dudas, era ella. Leí y releí ese párrafo del Diario del Juicio unas cien mil veces. Ese nombre le devolvía cierta existencia real, había estado viva en alguna parte, alguien la había visto, no estaba en el exterior. La confirmación me dio la certeza de mis propias dudas, de cuánto me había tocado esa pregunta insistente de mis pares, ¿no estará en el exterior? Yo sabía que no, pero también asistía a mi propia fantasía de encontrarla un día en la calle, viejita porque la tortura la había envejecido. O loca. Sin memoria, sin acordarse de mí que la esperaba. Miraba a la gente que dormía en la calle, la que estaba en los colectivos a los que subía con ese parpadeo de duda sobre lo que vería cuando pasara el último escalón. ¿Y si no me reconocía? ¿Y si yo no la reconocía a ella? ¿Si pasábamos de largo una al lado de la otra como perfectas desconocidas?

Nada de eso podía suceder porque alguien la había visto viva en un lugar donde la tenían secuestrada. Elena Corbin de Capisano la nombraba, a esa abogada rubia de ojos celestes que parpadeaban como estrellas cuando necesitaba pedir algo, o engañar a la policía en los operativos rastrillo. Elena era una mujer mayor que vivía en Mar del Plata. Podría haber hablado con ella, pero no era fácil. Yo vivía en Mendoza, estaba en la facultad, me faltaba desde tiempo hasta guita para llegar a Mar de Plata. Y decisión, por supuesto. Alguien que sí había estado con Elena me dijo una frase que nunca pude aclarar del todo. Elena y mi mamá habían estado secuestradas en el mismo lugar, en celdas contiguas, habían hablado varias veces. De lo que me contaron hubo algo que no entendí, Elena había dicho que mi mamá ¿hablaba o que no hablaba de sus hijos? para hacer más soportable el paso de los días en ese lugar del que no sabía si saldría o no porque los compañeros y las compañeras morían todos los días. Porque ya se habían llevado a su compañera, Gladys, cuando estaba a punto de parir un hijo que todavía no conocemos. ¿Hablaba o no hablaba de sus hijos? ¿Cuánto dolor era necesario para evitar nombrarnos? Si no nos había nombrado, ¿cómo sabía esa mujer que mi mamá tenía hijos? Tal vez fue ese malentendido lo que me alejó de la idea de encontrarme con Elena. Tenía miedo de lo que me pudiera decir, o peor, de lo que no pudiera. Pasaron diez años hasta que tomé la decisión de ir a verla, de preguntar todo, de saber. La busqué y la encontré, pero ya no podía hablar. Había muerto de cáncer.

¿Qué es lo quería escuchar de la voz de algún sobreviviente? Tal vez era sólo una manera de seguir colgada de ese duelo imposible de la desaparición. Cualquier cosa me serviría, pensaba. Quería seguir buscando, si no a ella aunque sea a sus últimas palabras, sus últimos gestos, ¿tenía miedo?, ¿resistió la tortura? Esa niña que todavía espera, ahora lo sé, revive por instantes lo suficientemente fugaces como para no asustar a mi conciencia. Aún treinta años después de la última vez que vi a mi madre.

Con el tiempo, alguien más se animó a hablar. Su nombre es Cristina, apenas la vi me di cuenta que me reconocía, y para mí fue suficiente, “te parecés a tu mamá”, me dijo junto con dos o tres cosas que dieron la sensación de que aun dentro de un campo de concentración la vida seguía organizándose. Me quedé con eso, ni ella ni yo podíamos seguir hablando. Después quise volver a encontrarla, la búsqueda es una espiral cuando hay tan pocos rastros, cuándo no se sabe bien qué es lo que se busca.

Cuando volvimos a encontrarnos, habían pasado cinco años. Cuando Cristina me vio me preguntó si me había oscurecido el pelo. Yo siempre fui morocha, mi mamá era rubia. No sé exactamente qué quería saber, tal vez mirar si en sus ojos había quedado algo impreso, algo de esos últimos días que no vi. Confirmó que mientras estuvo viva mi mamá estuvo bien, estuvo entera, participó del entramado solidario que se tejió entre los detenidos, conservó su coquetería, sus ojos azules. Después de ese encuentro la sentí viva un ratito más. No sé si está bien o está mal. Es así. Ya tengo lo que quería, aunque la búsqueda sea una espiral infinita que vuelve a interpelarme siempre con las mismas preguntas.

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