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Viernes, 29 de enero de 2016

No es el mismo escenario que en los noventa

 Por Victoria Basualdo (*)

Los ñoquis (adaptación al castellano del italiano gnocchi) son un tipo de pasta italiana, con forma similar a la de una oreja, que generalmente se elabora con papa, batata, calabaza, sémola de trigo, harinas, espinacas y/o queso de ricota y se sirve con manteca, salsa de tomate, crema, entre otras salsas posibles. En la Argentina se sostiene la tradición de comer ñoquis los día 29 de cada mes. Cuentan que en Nicosia vivía un médico llamado Pantaleón, quien peregrinó por el norte de Italia haciendo milagros por los que luego fue canonizado. Cierto día 29, unos campesinos lo recibieron para compartir su pobre mesa y comer los hoy famosos ñoquis. Agradecido, les auguró un año de pesca y cosechas abundantes, y la promesa se cumplió. El ritual tradicional de poner dinero bajo el plato de ñoquis todos los 29 simboliza entonces justamente la búsqueda de la prosperidad.

No es, sin embargo, el único significado posible de esa palabra. Hace tiempo, la Real Academia Española incorporó, entre muchos otros lunfardismos, como otra acepción de la palabra ñoqui al “empleado público que asiste al lugar de trabajo solo en fecha de cobro,” aclarando que este uso es despectivo y propio de la Argentina. Esta denominación se vincula con la idea de que aparecen únicamente a fin de mes, el día 29, para cobrar el sueldo sin haber trabajado hasta entonces.

No hay registro preciso sobre cuándo comenzó a aplicarse este término negativo y estigmatizante, pero está claro que tuvo fuerte expansión en las etapas de reforma del estado, y en particular en la década del 90´. Se llegó a las reformas estructurales de los años noventa luego de una ofensiva sobre el Estado que tomó especial impulso durante la dictadura entre 1976 y 1983, cuando se buscó refundar los términos de la relación entre capital y trabajo y se impuso, a sangre y fuego una transformación profunda de la estructura económica y social. Se fogoneó un proceso de deterioro y vaciamiento de las empresas estatales que fue clave para legitimar su privatización. Fue sólo luego de una hiperinflación que superó el 4.000 por ciento que se impulsó un nuevo ciclo de endeudamiento externo y fuga de capitales, desindustrialización y flexibilización laboral.

La conceptualización del estado como un gigante inútil e ineficiente, y de los trabajadores estatales como ñoquis o como burócratas incapaces se logró luego de años de reconfiguración regresiva de las instancias estatales, que llegaron a prestar servicios en forma deficiente y en muchas ocasiones ilógica. Todo esto fue central para legitimar la adhesión a los principios de los organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial que exigían el achicamiento brutal del Estado para dejar lugar al exclusivo arbitrio del mercado.

A diferencia de lo que ocurrió entonces, el actual proceso en marcha, que tiene como uno de sus objetivos centrales una nueva reforma del Estado, no se produce luego de años de vaciamiento del Estado y desprestigio de su papel y accionar sino, por el contrario, luego de más de una década de reivindicación de la activa intervención estatal en áreas estratégicas.

(*) Investigadora de Flacso y Conicet y autora de La tercerización laboral y Represión a trabajadores durante el terrorismo de Estado.

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