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Viernes, 26 de junio de 2015

Las sinrazones de la razón científica

 Por Dora Barrancos *

La ciencia se ha transformado notablemente durante el siglo XX pero la cabeza de muchos científicos parece exhibir muy pocos cambios. Como en el XIX, al parecer no son pocos los que siguen pensando que los laboratorios no son lugares apropiados para la convivencia de los sexos, ya que las mujeres son eso, “puro sexo”. Si los ambientes científicos fueran contundentes en materia de “derechos humanos”, si fueran más ilustrados respecto del significado inclusivo de tales derechos tanto para varones y mujeres –y otros géneros–, si además, fueran más letrados en general y si al menos hubiera capacidad reflexiva como ocurre frente a sus objetos de investigación, probablemente la voz del misógino Dr. Hunt hubiera sido acallada por la mayoría masculina de tales ambientes. Pero han sido sólo las mujeres, las directamente afectadas –como si no hubiera lesión para la “condición humana”– las que han reaccionado frente a las patéticas expresiones del Premio Nobel.

Las mujeres han contribuido notablemente al conocimiento científico, la enorme mayoría de las veces sin reconocimiento. Pondré como “caso testigo” a la cristalógrafa Rosalind Franklin –inglesa como el Dr. Hunt–, cuyo trabajo fue decisivo para la obtención de la doble hélice del ADN. Tenía 33 años cuando su obsesivo empeño experimental con rayos X permitió la famosa “imagen 51” donde se pueden percibir las dos cadenas. Esa imagen obtenida por Rosalind fue capturada por su colega Maurice Wilkins, que la compartió con James Watson y Francis Crick y los tres caballeros obtuvieron el Premio Nobel en 1962 sin que siquiera la mencionaran. Otro “caso testigo” es Lise Meitner, quien describió el fenómeno de la “fisión nuclear” con Otto Hahn, y fue a éste y no a Lise a quien se otorgó el Nobel de Química en 1944, y debe decirse que entre 1903 y 1914 sólo 17 mujeres obtuvieron ese galardón en lo que atañe a ciencias.

Y para poner en evidencia que no sólo las “ciencias duras” han desconocido la participación de las mujeres en la construcción del conocimiento, me referiré finalmente a otro “caso testigo” en la disciplina histórica. Se trata de Eileen Power, una brillante investigadora en el área de historia medieval, con contribuciones tan originales que todavía nos sorprenden, y basta leer su Gente de la Edad Media, tal vez un libro precursor pues da cuenta de relaciones de clase al mismo tiempo que entre varones y mujeres. Sus investigaciones aparecieron en las décadas 1920-1930, cuando surgía la vertiente de la “historia social” y, como ya puede imaginarse, el reconocimiento recayó en los varones de la especialidad.

Hunt, el científico de marras, de algún modo quiere decir que las mujeres en los ambientes científicos son distractivas debidas a la inexorable atracción que suscitan. En suma, que introducen emociones perturbadoras. Sabemos que lo que antes era licencia para acosar –sí, también en laboratorios y archivos– hoy constituye un delito. Pocas dudas quedan de que las características piramidales, jerarquizadas, de la enorme mayoría de los laboratorios –y de otros locus científicos y de enseñanza– han facilitado los requerimientos y las intimidaciones. ¿Cuántas historias, seguramente aún no develadas, podrían hacer las mujeres que estuvieron a merced de persecutores de alta significación académica?

Hunt invalida a las mujeres porque son perturbadoras de los varones, insinuando que sin su presencia habría menos aquelarre y más productividad. Lo invitamos a suspender la misoginia, a dejar la racionalización y abrazar la racionalidad. Lo que perturba severamente a la ciencia es la inequidad de género. Que la ciencia entre en razones, advierta lo que ocurre y llame a las cosas por su verdadero nombre.

*Investigadora principal Conicet. Directora del Conicet (Area Ciencias sociales y Humanidades).

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