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Lunes, 1 de julio de 2002

FúTBOL › CONTRATAPA

Las lágrimas amargas de Oliver Kahn

 Por Pablo Vignone

Hay una suerte de Plan Maestro celestial para la historia de la Humanidad? En una vieja novela de Umberto Eco, tres eruditos italianos jugaban a desenterrar los hilos de un plan conductor que explicaba el devenir a caballo del ocultismo, y terminaban balanceándose entre la incredulidad y la muerte. Ese plan, o uno similar, existe. No está claro si se aplica a la Historia con mayúsculas. Pero sí funciona como un relojito en los Mundiales. Me explico: es el Plan Suma Cero. No se sabe quién lo estableció, cómo lo desarrolló y, mucho menos –aunque hay alguna sospecha– cómo lo lleva a cabo. Pero lo que sucedió ayer en Yokohama resultó ser otro capítulo de esta saga compuesta de debes y haberes.
Jorge Valdano solía decir que “el Mundial es un juego en el que participan 32 equipos y gana Alemania”. La final de ayer no valida su razonamiento, pero nada más que porque Valdano no tiene conocimiento del Plan. Para hablarlo en criollo: Alemania pagó ayer la deuda que arrastraba desde el Olímpico de Roma, hace 12 años, cuando derrotó a la Argentina en la final. La Argentina era, entonces, un equipo mutilado, vacío de ideas y sudoroso hasta la exasperación, decididamente menor que su rival. Aquella final, dado el tamaño relativo de sus protagonistas, no daba el pinet. La ayer, parece, tampoco.
La Alemania de Voeller estaba ayer tan desprovista de respuestas frente a su rival como aquella Argentina bilardiana. Jugó con tanta entereza el primer tiempo que pareció por un rato, mientras controlaba la pelota pero no creaba una sola situación de riesgo, que podía durar los noventa más el alargue. Igualito que aquella Selección celeste y blanca. Si ni siquiera los jugadores parecían alemanes estilo Brehme. El delanterito de nombre inglés, apellido francés, carita latina y fisiquito pigmeo, el único que cantó peligro de gol, parecía menos alemán que cualquiera de sus marcadores brasileños.
No se dio. Y no se dio no porque Oliver Kahn cometiera su primer y único error del Mundial justo en el momento y el lugar en el que menos se recomendaba un pifio sino porque estaba escrito en el Plan. Alemania tenía que pagar aquella deuda.
¿Y Brasil, entonces? ¿Qué cheque se cobró Brasil ayer con los dos goles de Ronaldo? La interpretación más sencilla es la que está más a mano: la frustración que le significó caer en la final de Francia 1998. Pero esa explicación es demasiado obvia para encajar con el Plan. La verdadera razón, creo, es la siguiente: el Plan les debía a los brasileños cierta compensación por aquel gol de Caniggia en Turín, en los octavos de final de Italia 1990. Tan grande fue el baile que le dieron a la Argentina como grande la humillación que sufrieron por la injusta eliminación, que ni siquiera la tibia conquista de Estados Unidos 1994 compensó las cuentas celestiales de Brasil, agravadas, en todo caso, por esa derrota final en Francia.
Si el Plan realmente existe, ¿qué derrotero le tenía asignado a la Argentina? Bielsa, como Basile o Passarella, están pagando la cuenta de una fiesta fastuosa, tan grande que se necesitaron –y quién sabe si no se necesitarán más aún– varios Mundiales para abonarla. Esa fiesta tuvo lugar el 15 de junio de 1986, en el Distrito Federal de México. La Mano de Dios, no tengan dudas, nos salió cara. Y el mejor gol de la historia de los Mundiales, ni hablar. (La noche de Saint Etienne sumó unas chirolas en el debe nacional, pero se le pagó a Holanda en Marsella por la victoria en la final del ‘78.) Aunque el Plan arregló un poco las cuentas de Inglaterra con la victoria de Sapporo, la eliminación argentina ante Suecia estaba cantada. Esos que hablan de designar ya mismo a un nuevo técnico para empezar a desandar un camino de cuatro años hasta el Mundial de Alemania, ¿qué saben?
Por eso, en esta época de confusión, nada explica mejor la suerte del Mundial que el Plan. Para ganar, ya no sirve con montar un trabajo serio y organizado: Brasil cambió dos veces de técnico en los dos últimos años, ¿ycuál fue el resultado? Entró al Mundial por la ventana, terminó de armar el equipo un rato antes y, ¿cuál fue el resultado?
Hace tres días se anticipó en este diario que el duelo entre Ronaldo y Oliver Kahn estaba teñido por un doble drama, drama en el sentido de la tensión a resolver en un compromiso de tamaña presión. No se trataba, simplemente, de un mano a mano entre dos de los mejores jugadores del Mundial sino de un enfrentamiento del que dependería, seguramente, la suerte del Mundial. Así se escribió, y así sucedió. Las crónicas y comentarios de esta edición me eximen de presentar mayores pruebas.
Lo que es evidente, ahora, es que el duelo terminó como tenía que acabar, con el ganador indicado. No porque Kahn cometiera el error sino porque tenía que cometerlo. Estaba escrito. Estaba escrito en el Plan que había que compensar a Ronaldo, atacado en la vigilia de la final de París y transformado en un desgarro andante durante el calvario que lo llevó, durante cuatro años, a Corea.
Así que era más que lógico. Era obligado. El Plan no falla. No puede fallar. El temor del arquero ante el tiro penal, la novela de Peter Handke, no es una biografía de Kahn. La película, con un rubio como protagonista, la dirigió, hace mucho, Wim Wenders; de la misma época fue Las lágrimas amargas de Petra von Kant, de Rainer Fassbinder. Las lágrimas amargas de Oliver “Petra von” Kahn también eran una vieja película. Son las mismas lágrimas que derramó Diego Maradona en el Olímpico, o las que se le cayeron a Ronaldo en Saint-Denis. Su derramamiento estaba escrito en el Plan. Y nadie sabe qué nos espera dentro de cuatro años.

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