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Lunes, 23 de mayo de 2016

CONTRATAPA › ¿ANGEL O DEMONIO?, LA BIOGRAFIA AUTORIZADA DE CARUSO LOMBARDI

Con la redonda en los pies

El trabajo de Alfredo Grimoldi sobre el polémico entrenador salvaequipos del descenso con fama de “vendehumo” no tiene desperdicio. Aquí un fragmento del libro que cuenta “vida, milagros y conflictos del DT más polémico del fútbol argentino”.

 Por Alfredo Grimoldi

Como toda persona futbolera, el Tano es hincha de un equipo. Pero pese a haber nacido en Capital Federal y vivido allí la mayor parte de su existencia; el DT reconoció, en más de una oportunidad, que simpatiza con Estudiantes de La Plata, por su padre y sus tíos que eran fanáticos del Pincha, al extremo que sueña con dirigirlo en alguna oportunidad. “De pibe me tocó una época muy gloriosa por la obtención de las tres Libertadores (1968, 1969, 1970) y la Copa Intercontinental (1968). Fui a ver varios partidos de ese equipazo dirigido por Osvaldo Zubeldía. Resulta que a los diez años me agarró hepatitis y me hice una carpeta con fotos y recortes de los ídolos de ese tiempo: Conigliaro, Bilardo, Echecopar, la Bruja Verón, Madero, Poletti. Era tanta mi admiración por ese equipo que una vez me llamaron de una radio de La Plata y les canté la canción que los hinchas entonaban en esos años, la que nombraba a todos los jugadores. Los sorprendí tanto que no lo podían creer”.

Caruso ya estaba entrenando con la Primera del Bicho desde 1980, donde la figura del equipo era Diego Maradona. “Sin dudas, ya era evidente que sería un gran jugador. Nos limpiaba a todos con una facilidad asombrosa, nunca vi nada igual. El viejo Victorio Spinetto era el técnico y no quería que le pegáramos, así que el pibe se hacía un festín, y si alguien lo tocaba un poco lo mandaba a cambiar”.

El equipo de La Paternal realizó en el Metropolitano de 1980 la mejor campaña hasta entonces, ubicándose segundo detrás de River. El Barcelona de España había puesto sus ojos en el Pelusa y estaba dispuesto a pagar los diez millones de dólares que valía su pase. Pero como se acercaba el Mundial de España 1982 y desde la AFA preferían que los jugadores de la Selección se desempeñaran en su país, empezó a consolidarse su posible pase a préstamo a Boca. Su llegada al Xeneize no fue sencilla, los dirigentes de ambos clubes negociaron contrarreloj y, justo un día antes del cierre del libro de pases, lograron lo que parecía imposible: la oficialización de la transferencia. Argentinos cedió a Diego por 2,5 millones de dólares a préstamo con una opción de compra por un año y medio a cambio, además, del pase definitivo de cuatro jugadores: Carlos Salinas, Osvaldo Santos, Norberto Rotondi y Carlos Randazzo; y los préstamos de otros dos: Mario Nicasio Zanabria y Miguel Ángel Bordón. Además, el club de la Ribera se hizo cargo de una deuda que el Bicho tenía con la AFA y un banco, la cual ascendía a un millón y medio de verdes.

El 20 de junio de 1981, con 19 años, Caruso Lombardi debutó en la Primera de Argentinos Juniors frente a Colón. El DT era José Puchero Varacka. Lo hizo de marcador de punta derecho pese a que su puesto habitual era el de volante. “Era muy ordenado y me gustaba hablar mucho, al punto de que los arbitros se volvían locos conmigo y me amenazaban con que me iban a rajar”. El Gordo disputó apenas cinco partidos en la Primera del Bicho, de los cuales no tiene un buen recuerdo. “Contra Colón, en Santa Fe, pese a jugar en un puesto que no era el mío, me las arreglé bastante bien. Me acuerdo que Puchero me dijo: ‘Chiquito se anima a jugar de 4?’ Y, ¿cómo no me iba a animar?, si mi mayor sueño era debutar en Primera. Perdimos 2 a 0, tenía de compañeros a Bordón, Magallanes, Pasculli, Zuttion, Randazzo, Zanabria, el Loco Salinas. Jugué de cuatro y marqué a Luna. Después siguió el Ferro histórico de Carlos Griguol. Al otro partido fue contra Central. Ahí tuve que marcar a Teglia que me dio un baile bárbaro, me dejó tres veces colgado de la baranda del foso del Gigante de Arroyito, aunque ganamos nosotros 4 a 2. Mi puesto era de 8, pero me ponían de 4 porque no tenía altura. A fin de año asumió como técnico Osvaldo Chiche Sosa, “el nuevo no me tuvo en cuenta y me fui a préstamo a Italiano”.

De esta época, Caruso recuerda: “Para la Primera era un jugador regular, del montón, pero en la B me destaqué. Era de correr, marcar y meter. Como jugador parecía un técnico dentro de la cancha. Equilibraba al equipo, hablaba constantemente. Los entrenadores me lo valoraban mucho. Varios de ellos me decían que cuando me retirara iba a ser un gran director técnico, y no se equivocaron, ja”.

Del Bicho se fue a préstamo a Deportivo Italiano, porque no quería ser más marcador de punta. “Ahí jugué mucho, y como estuve en casi todos los partidos como titular o en el banco, fui el que más premios cobró. Me cargaban todos por eso”. Regresó a Argentinos pero al poco tiempo fue dejado libre por el DT Roberto Saporiti. “Fue una gran desilusión. Estaba muy encariñado con el club, con su gente, por eso cuando me tuve que ir lloré mucho. No lo podía creer, ya que ahí había pasado muy lindos momentos. Lo que pasa es que insistían en ponerme de 4 y yo les dije: ‘Antes de jugar de 4 prefiero irme, y me dieron el pase. La verdad que me arrepentí mucho de haber dicho eso”’.

A partir de ahí arrancó el peregrinaje del Gordo por distintos clubes. Caruso Lombardi pasó a Atlanta en 1984, (quien competía en la máxima categoría) pero no alcanzó a debutar y ni siquiera integró el banco de suplentes, por lesiones en los ligamentos de ambas rodillas. Luego, retornó a vestir la camiseta del Azzurro en 1985, que fue su mejor año como futbolista, según sus propias palabras. Al otro año se reestructuraron los torneos de fútbol, se creó el Nacional B, e Italiano, dirigido por Ramón Cabrero, le ganó la final de un Reducido a Huracán, por penales, logrando su único ascenso a la Primera División y ocasionándole el primer descenso al Globo. Pero Caruso no formó parte de esa alegría, ya que poco antes había emigrado a Almagro, club en el que jugaba de niño en el baby fútbol y en el que permaneció más tiempo como futbolista, ya que lo hizo durante tres temporadas. “Iba a firmar en All Boys, pero me lesioné un tobillo, me agarré una depresión terrible. Como yo conocía al presidente de Almagro, Jorge Romeo, arreglé para jugar en la C. Debuté en la Tercera contra Cambaceres porque yo venía sin entrenar y a los siete minutos me echaron por pegarle una patada a un rival en el cuello. No quería jugar más pero con el apoyo de mis viejos pude llegar. Empecé como titular, terminamos ascendiendo eliminando a Central Córdoba, empatamos allá en cancha de Newell ‘s (2-2) y le ganamos acá en All Boys (3-1). Hice dos goles de afuera del área, cosa que no era habitual en mí, pero a veces me equivocaba. Jugué en Almagro tres años seguidos, me lesionaba mucho. No me gustaba entrenar. Es algo atípico; todo lo que yo hacía cuando era futbolista, intento que mis jugadores no lo hagan “.

Con el correr de los años, a Caruso Lombardi le costaba cada vez más levantarse para ir a las prácticas y poder mantenerse en su peso ideal. Sus dos últimos clubes en el Ascenso fueron Chacarita y Defensores de Belgrano. Con su sinceridad habitual, el futuro DT se definía como “un vago como jugador”, al que no le gustaba entrenar. En el Funebrero actuaba en un mediocampo con dos talentos surgidos de las Divisiones Inferiores de ese club: Carlos Ischia y el Beto Pascutti. Pero su escaso apego a los entrenamientos, el mal descanso y la peor alimentación, no era lo adecuado para un profesional. Seguía vendiendo carteles luminosos a los cabarets donde debía ir a cobrar de noche, y además había comenzado a regentear una confitería bailable en Palermo. “Aunque suene duro, la realidad es que estaba bastante gordo. Al extremo que una vez, un hincha me gritó: ‘Traficante de ravioles’ y me hizo cagar de la risa durante un rato largo. En otra oportunidad me preguntaron si la pretemporada la había hecho en una pizzería”.

Cuando firmó con el Dragón, equipo con el cual obtuvo el ascenso a la Primera B en 1992, la idea del retiro le comenzó a aparecer con mayor frecuencia. Ya no podía más, cada vez le costaban más los entrenamientos. “Cuando salíamos a correr por Lugones o por Avenida del Libertador, el profe decía: ¡Ya!, y yo esperaba que pasara un camión y me subía para que me llevara; me bajaba dos cuadras antes del final del recorrido, me mojaba un poco fingiendo que era transpiración y que estaba cansado; llegaba en el segundo pelotón y el profe decía: ‘¡Mira qué bien Caruso!’ Si se llegaba a enterar, me rajaba de una. Y si íbamos a correr a un campo de golf me escondía atrás de los árboles y nunca me encontraban”.

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