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Sábado, 20 de julio de 2002

Parsifal y Ganímedes

Por Blas Matamoro
Rubén Darío huía del matrimonio y solía reunirse con sus amigos, hombres de letras o simplemente bohemios y parásitos, fuera de su domicilio. Las mujeres se quedaban en casa o se iban a buscar a los prostíbulos. Entretanto, los banquetes y libaciones (sigo fielmente el vocabulario de la época) de hombres solos tenían lugar en los restaurantes, clubes, hoteles y tabernas. La mujer era, por lo tanto, una institución (esposa o fulana) y un género.
Tal actitud de los conjuntos varoniles, de reunirse en lugares sin mujeres, para reconocerse como semejantes individuales y hacer “cosas de hombres”, fue denominada parsifalismo por Umberto Eco, evocando el personaje mítico de Parsifal, adepto y luego iniciado en la secta de los caballeros del Santo Grial. Las agrupaciones como las órdenes de caballería, las sociedades secretas del modelo masónico, los ejércitos, los conjuntos y clubes deportivos, los casinos, antes la universidad y, en ese tiempo todavía, los partidos políticos eran manifestaciones variopintas del parsifalismo. Eran “cosas de hombres” los ejercicios físicos que requerían cierta disposición muscular, la guerra, la política, la ciencia, la economía de las empresas, la filosofía, la literatura y, última pero no menor, la mujer. En el grupo parsifaliano, en efecto, la mujer es única, es la Kundry de la leyenda, y tema de conversación entre varones. Se entiende, pues, que el imaginario modernista fuera dominado por un modelo femenino manejado por la palabra masculina. Excluida de la tertulia letrada, la mujer vuelve, como todo lo desplazado, y ocupa, no ya el espacio singular que le ha sido denegado, sino todos los espacios. Los escritores modernistas imaginaban como la mujer y se manifestaban como el varón.

Arte y mariconería
Aparte de la insistente aparición de la mujer en la literatura rubeniana, ya examinada, no se debe olvidar que, en general, es el modernismo una retórica y una estética, si se admiten los tópicos, muy cargadas de feminidad. El enmascaramiento, la disimulación, el subterfugio, el circunloquio, el gusto por lo decorativo y lo superfluo, la escala de apreciación basada en el atuendo, la importancia de los espacios cerrados e interiores, el refinamiento de las referencias materiales, la delicadeza del tono empleado, todo ello apunta hacia una percepción mujeril de las cosas. A menudo, los enemigos de la tendencia han señalado su afeminamiento como un signo de enfermedad, debilidad y decadencia, uno de tantos factores de la degeneración denunciados por Max Nordau. La sensibilidad modernista era manflorita y maricona, al margen de las costumbres sexuales de cada escritor.
El varón rubeniano es notoriamente masculino, si por tal se entiende fuerte y agresivo. Es raptor, violador y guerrero. La poesía misma puede verse como un simulacro bélico, una batalla anacrónica. En “Marcha triunfal” hay una clara celebración de los ejércitos y “el odio y la muerte por ser por la patria inmortal”. “Tutecotzimí” es una evocación de la América indígena donde triunfa la paz sobre la guerra, gracias a la acción de conjuntos masculinos como los bellos guerreros, los ancianos sabios y los litúrgicos cortesanos. Grande y triunfal son adjetivos frecuentes y característicos del discurso rubeniano, y provienen, si se quiere, del léxico guerrero. Ricardo Jaimes Freyre escribía en el primer número de la Revista de América (“Karl el Grande”): “Los trouvères aman, sobre todo, las batallas. Su trompa de guerra tiene sones estridentes y marciales, y entre el vapor de la sangre y el fragor de las armas, sienten los estremecimientos del genio y la intuición profunda de la verdadera poesía”.
Antes, en El Heraldo (15 de noviembre de 1891) había escrito el propio Rubén: “Somos malos, tenemos el ímpetu de nuestros abuelos indios, su fuego y su potencia terrígena; y de nuestros padres españoles, todo su fanatismo y sus pasiones”.
Como todo en el modernismo, esta guerra, sea la de Carlomagno, los trovadores o los mayas, es teatral y anacrónica. En tiempos de Rubén, las flechas, lanzas y espadas contaban apenas en la guerra industrial. En el entorno del poeta no hubo militares, salvo los dictadores del caso, ni él se entrenó, como sí lo hacía Lugones, en el boxeo y la esgrima, ni prestó el menor servicio a ningún ejército. Aparte de sus compañeros de pluma, sus acólitos y los funcionarios pertinentes, se valió de secretarios, taquígrafos y cobradores. De ellos recuerdo al español Mariano Miguel del Val, amigo personal de Alfonso XIII, quien lo conectó con el gran mundo madrileño, y el mexicano Julio Sedano, que se decía hijo del emperador Maximiliano, con quien guardaba un notable parecido físico, aparte de la triple rima interna insidiosa y ripiosa que no escapará al lector. Era un hombre de aspecto cortés y prosa galicada, lo que no impidió que se lo procesara por estafador. Murió fusilado como espía al servicio de Alemania, junto con la bailarina exótica Mata Hari. Fue, de modo tan modernista y truculento, el único contacto concreto de Rubén con un frente de guerra.

El amor tiene cara de mujer
Ahora iremos matizando. No todos los hombres de la literatura rubeniana son robustos campeones. Hay una sugestiva proliferación de efebos que distan bastante de parecer atléticos y forzudos. Junto a Parsifal aparece Ganímedes, el copero de los dioses que despertó la pasión de Júpiter.
En elogio de Juan Diego Braun dice: “Era delicado como una mujer”. El hombre de oro, novela inacabada que se publicó en La Biblioteca (Buenos Aires, dirigida por Groussac), narra la historia de Judas Iscariote, convertido en un ciudadano muy rico de Roma, refinado y amante del arte. La trama transcurre en un ambiente sensual y lujoso, en oposición a la casta austeridad que reina en el círculo de cristianos que conduce Pablo de Tarso, emisario doloroso y triste de la pobreza y de la muerte. En un festín de hombres solos hay sutiles escarceos con los jóvenes esclavos hasta que llega una mujer que canta acompañada por una lira y que resulta ser la amante de Judas. El relato se interrumpe aquí y no podemos saber qué será del hombre de oro, sus invitados, los esclavos sabrosos y la sabrosa señora.
En el poema “A Ricardo Contreras” se alude a “el torso de Adonis delicado”. Y en “A Juan Montalvo” se muestra Critóbulo, “radiante del rubor el rostro bello”.
“Ligurino, semejante a un efebo, dice: –Opino como la hermosa, y su rostro se empurpura, sobre su cuerpo delicado y equívoco” (“Respecto a Horacio”.)
En el tema concreto de la homosexualidad, las opiniones directas de Rubén son bastante filisteas y gazmoñas. Llegó a ver la proliferación de tales costumbres como un signo apocalíptico (de nuevo el profesor Nordau) en “Agencia”:

Se cambian comunicaciones
entre lesbianas y gitones.

Siguiendo lo dicho en el libro de Lepelletier sobre Verlaine, Darío sostiene que el poeta fue un hombre bueno y normal, sometido a las malas influencias de una mujer mediocre y un amigo degenerado, que era Arthur Rimbaud, nada menos. Cualquier parecido con la realidad biográfica es mera coincidencia, según se puede comprobar leyendo las obras contemporáneas sobre el tema. Quizá Rubén se dejó llevar por similitudes engañadoras, pues había conocido a Verlaine en su final crapuloso y pensaba en un escritor alcohólico, con fobia al matrimonio y afecto a las prostitutas (y prostitutos, aunque la especialidad no sea rubeniana). Al morir Oscar Wilde, si bien rescata la figura del poeta mimado y luego martirizado por la sociedad burguesa, y a quien la poesía, convertida en mayúscula Piedad cristiana, redime de la ignominia, no deja de considerarlo como un psicópata que, evidentemente, sobraba en una inmerecida cárcel, y que debió ser llevado a una clínica (léase manicomio).
En su trato cotidiano y en la consideración de otras figuras, sin embargo, Rubén muestra criterios más amplios y hasta diría que deja la puerta entornada para que el uranismo entre a ocupar un discreto espacio en el batiburrillo modernista. Ya entre los fundadores figura José Asunción Silva, que para Baldomero Sanín Cano era el amante incestuoso de una hermana y para Fernando Vallejo, sin más vueltas, una loca de armario. Por su parte, Julián del Casal había incorporado tempranamente a la escudería al rey Luis de Baviera, y por razones explícitas:

...porque ostentabas en formas bellas
la gallardía de los efebos
con el recato de las doncellas.

En “Blasón”, Rubén convoca al monarca bávaro y le adjudica una novia, que seguramente es un travestido. El cisne, el inevitable cisne:

Boga y boga en el lago sonoro
donde el sueño a los tristes espera,
donde aguarda una góndola de oro
a la novia de Luis de Baviera.

Menos ambigua (y menos peligrosa que una góndola de oro, de dudosa flotación) es la escena descrita en el poema “Garçonnière”: en un lujoso piso de soltero, hay un par de muchachos, uno rubio y el otro moreno, “sátiro y centauro”, “amantes de la eterna Dea”, que es la diosa Venus. Ríen, beben y se leen versos con una ternura sin traición, muerte ni daño que da para pensar. Entre tanta hembra viciosa y falsaria, ¿no será, finalmente, este tierno dúo varonil el modelo del buen amor?
Con admiración contempla Rubén la figura del archiduque Luis Salvador, que dejó la corte vienesa y se fue a vivir a Mallorca y luego a una isla griega. En medio de los campesinos, se dedicó a estudiar el folclore local. Mallorca es la isla de Raimundo Lulio, el autor del tratado sobre el Amigo-Amado, y en ella el archiduque hizo construir un monumento en memoria de su amante muerto, Wratislao Vyborny.

Conócete a ti mismo
Rubén –lo vimos en los casos de Gómez Carrillo y Salvador Rueda– no evitó suscitar pasiones en ciertos amigos y colegas. A estos dos los frecuentó personalmente. Pero Claudio de Alas, en cambio, cayó enamorado del maestro a la distancia, como Delmira Agustini y demás señoras y señoritas. Desde Santiago de Chile le escribe el 25 de enero de 1913: “Poned entre las mías vuestra mano; y vos, como el Hércules; y yo, como el Efebo, a través de la ausencia y la distancia, conozcámonos”: ¿Está usado el verbo conocer en sentido bíblico?
Tampoco deja de haber tintes homófilos en su amistad con otro chileno, Pedro Balmaceda Toro, que firmaba A. de Gilbert. Rubén lo visitaba en su departamento del palacio presidencial, que describe en uno de sus habituales inventarios de almoneda modernista. Pedrito era enfermizo, contrahecho y amante de las artes. No conocía Europa, pero devoraba libros y revistas de Francia que le permitían inventarse un Viejo Mundo a su medida. Le gustaba deshojar margaritas, hacía ramos de clemátides olorosas, amaba como a una hermana a una doncella que tocaba a Chopin en el piano y era visitada a diario. Con Rubén compartía varios amigos, éstos sí con nombres y apellidos. Sutilmente, el evocador deja caer precisiones: el arte espontáneo y femenino de los versos que escribe Pedrito, quien “tenía en su conversación mariposeos y transiciones. Había en esto mucho de mujer”. En fin, ¿era Pedrito toda una locaza? Y Rubén no rehuía su intimidad, todo lo contrario, la compartía y alentaba en la misma dirección que el otro. Veamos: “¡Oh, cuántas veces en aquel cuarto, en aquellas heladas noches, él y yo, los dos soñadores, unidos por un afecto razonado y hondo, nos entregábamos al mundo de nuestros castillos aéreos! Iríamos a París... Y luego, ¿por qué no?, un viaje al bello Oriente, a la China, al Japón, a la India, a ver las raras pagodas, los templos llenos de dragones y las pintorescas casitas de papel, como aquella en que vivió Pierre Loti; y vestidos de seda, más allá, pasearíamos por bosques de desconocidas vegetaciones, sobre un gran elefante...”. (A. de Gilbert, 1889).
Llegamos, por fin, al fondo del armario rubeniano, Rubén como mujer. A lo largo del relato biográfico se ha visto que ciertos rasgos de su comportamiento responden al tópico de lo femenino: dejarse querer, no tomar decisiones, rehuir responsabilidades hogareñas de marido y de padre, buscar protección, parasitar al amparo de canonjías y beneficios, cuidar de su apariencia como una dama. Además, está la estética feminoide del modernismo. Tempranamente lo advirtió su amigo Rodríguez Mendoza en el prólogo de Abrojos: “Podría aplicársele el dicho de Sainte-Beuve: ‘Es delicado como una mujer; se diría que alguna vez lo ha sido’”.
Lo más importante al respecto es lo que el propio poeta deja que digan sus palabras, los lugares de su obra donde se ve a sí mismo como mujer. Una voz femenina dice, por ejemplo:

...y hallé un sátiro ladino
que dio a mi labio sediento
nuevo aliento (...)
En la fruta misteriosa,
ámbar, rosa,
su deseo sacia el labio
y en viva rosa se posa,
mariposa,
beso ardiente o beso sabio.
¡Bien haya el sátiro griego
que me enseñó el dulce juego!
(“Dezir”.)

En otros casos, recurriendo a una categoría teosófica, aparece como necesariamente femenina el alma, con independencia del cuerpo que habite.

Mi pobre alma pálida
era una crisálida.
Luego, mariposa
de color de rosa.
Un céfiro inquieto
dijo mi secreto...
(“Dice Mía”.)

El secreto continúa porque es una melodía. Otro ejemplo similar:

El alma ahíta cruel inmola
lo que la alegra,
como Zingua, reina de Angola,
lúbrica negra.
(“Poema del otoño”, en el libro del mismo título.)

La escena más elocuente es la que monta “El reino interior” (Prosas profanas). Un doble desfile reúne a las siete virtudes, en forma de doncellas, y a los siete vicios, en forma de efebos, en cuya descripción el poeta se detiene morosamente. Tienen una belleza infernal, son hechiceros y ambiguos como príncipes decadentes, sensuales y criminales. Dejemos de lado las rimas y el detalle de sus indumentos que culminan en sus manos donde “relucen como gemas las uñas de oro fino”.
El alma del poeta ve pasar la doble formación y se queda dubitativa. Se ve como una infanta misteriosa, como una mariposa, como una adormilada Bella Durmiente del Bosque, tal vez como la princesa de la manida “Sonatina”, que también quiere ser golondrina y mariposa, mientras aguarda al Príncipe Azul vencedor de la muerte. Finalmente, sale del armario y exclama: “–¡Princesas, envolvedme con vuestros blancos velos! ¡Príncipes, estrechadme con vuestros brazos rojos!”.

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Titanes en el ring: Blas Matamoro y Jorge Arellano y los trapitos de Rubén Darío (en la foto, disfrazado de cartujo)
 
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