libros

Domingo, 29 de enero de 2006

NOTA DE TAPA

Entre el rigor y la evasión

Es autora de veinte libros, casi todos policiales, incluyendo una autobiografía indispensable para los aspirantes a escribir novelas de enigma. P. D. James siguió los pasos de Agatha Christie, pero les dio más relieve y realismo a sus ominosos misterios y más profundidad psicológica a sus detectives. Cuando la autora acaba de cumplir 85 años, Radar repasa su obra y recoge sus meticulosos consejos para llevar a buen puerto la siempre difícil tarea de resolver asesinatos.

 Por Alicia Plante

El 3 de agosto pasado, Phyllis Dorothy James cumplió ochenta y cinco años. La representante lamentó en su nombre, “por razones de agenda y de edad”, no poder aceptar la propuesta de una entrevista telefónica. Una pena, porque esta nota se habría enriquecido con respuestas directas de la autora de veinte libros que, salvo tres (uno en colaboración), son todos policiales de primerísima línea, siempre recibidos con entusiasmo por el público local, del cual ella quizás algo sepa. Por otra parte, en un diario que James llevó entre los setenta y siete y los setenta y ocho años y que tituló La edad de la franqueza, encontramos una única alusión (indirecta) a nuestro país: en el marco de un discurso ante el Consejo Directivo de la BBC, en ocasión de retirarse del cargo como miembro del mismo, dijo: “Es relativamente fácil escribir una obra de teatro impactante sobre los horrores de la guerra. Menos fácil es examinar cómo, sin guerra de por medio, se puede retratar a un Hitler, un Galtieri, o un Saddam Hussein”. (Nos privamos de hacer comentarios...)

Es mucho lo que se puede escribir sobre una de las autoras que más libros han vendido en el mundo, a la que se concedieron seis doctorados Honoris Causa y a quien la reina Isabel convirtió en miembro vitalicio de la Cámara de los Lores. Pero son sus libros los que hoy nos interesan y sobre los cuales intentaré decir algo. Primero lo evidente: que nos ponen en contacto con una fuerza policial que la escritora obviamente respeta y conoce desde adentro (trabajó como administrativa en el Police Department y luego en el Criminal Department durante muchos años). Los personajes que crea, especialmente Adam Dalgliesh, el investigador de carrera que aparece ya en la primera de sus novelas, Cubridle el rostro (1962), es un hombre sagaz e introvertido al que no se le conocen placeres profanos, que escribe y publica poesía, disciplinado aunque no inflexible, austero en sus gustos y preferencias, inteligente y sensible a la belleza, quizá la versión masculina de ella, su creadora. De hecho, en La torre negra (1975), James lo describe como un hombre algo sombrío que se resiste a la tentación del amor y que vuelca en lo que escribe lo que no se atreve a poner en su vida personal. Dalgliesh es un viudo reciente que sufrió profundamente la pérdida de su esposa, y esto explicaría su ascetismo como un escudo tras el cual se defiende del peligro de nuevas arremetidas del dolor. A los fines literarios, es muy conveniente que Dalgliesh esté libre de los compromisos y limitaciones de una pareja formal, pero, ¿es ése el motivo profundo de James para convertir a su policía profesional en un hombre solitario? En La edad de la franqueza, hablando de su infancia y de la relación con los padres, ella relata que el día en que su madre fue internada por la fuerza en un hospital psiquiátrico, al regresar el padre a la casa pasó a su lado y la despeinó con la mano. “Fue un gesto de ternura que no recuerdo que haya repetido nunca.” Describe esa etapa de su vida como “una meseta de temor con picos de ansiedad aguda o de miedo”, y nos parece claro que el consiguiente control de sus emociones tuvo que ver con el desarrollo de la personalidad de Dalgliesh. Cabe citar aquí una bella frase de James en Sanatorio para adultos (1963), en la que el policía-poeta se pregunta: “¿Cuánto tiempo se puede mantener el desapego antes de perder el alma?”.

Dentro del tema de los sentimiento, pero en función de la literatura, relata James en La edad... una conversación con una amiga acerca de “hasta qué punto las emociones de un novelista deben influenciar el proceso de escritura”. “Una novela –afirma– no puede ser sólo un trozo crudo de experiencias personales, aunque sea trágico y atrapante. Estamos obligados a usar nuestra propia vida como material –¿de qué otra cosa disponemos?–, pero un novelista debe ser capaz de dar un paso al costado de sus experiencias, observarlas objetivamente sin importar cuán dolorosas sean, y darles una forma satisfactoria. Es esta capacidad para tomar distancia de las propias experiencias, para describirlas con emoción controlada lo que hace a un novelista.” ¿Es quizá desde esa premisa que propugna el control, que Dalgliesh cobra vida, este poeta que está cómodo en el ámbito macabro de la muerte violenta? Porque, ¿no es acaso eso lo que tan bien hace James?

Y sin embargo no estamos ante una escritora que se circunscriba a dicho ámbito sin prestar atención al mundo que la rodea y al cual pertenece. En La edad... reflexiona sobre un tema cardinal en los tiempos que vivimos (y venimos de vivir): la censura. En un debate en que surgió el tema de la indecencia y la pornografía, dijo: “La opinión general era que toda forma de censura es perniciosa (...), pero señalé que seguramente hay cuestiones (...) que ningún país civilizado debe tolerar. Toda sociedad tiene dos opciones: la prohibición absoluta como en un Estado totalitario, o la libertad absoluta. La opción difícil es decidir dónde debe trazarse el límite”. Esta mirada ético-filosófica reaparece como una actitud constante de la autora en el discurso ya citado ante el Consejo Administrativo de la BBC. “La relación entre la BBC y la gente a la que presta servicio en nuestro país y en el exterior (desde hace setenta años) está basada en la confianza, y tendremos que ser muy cuidadosos y selectivos respecto de las organizaciones y de los productos con los que nos asociemos” (hablando de cuando la institución próximamente debiera procurarse fuentes de ingresos adicionales), “si no queremos arriesgar tanto la independencia como la integridad de la BBC”. Esta reflexión de James no sólo es interesante sino que además resulta aplicable a situaciones que nos tocan de cerca.

Pero volviendo a ella como autora de policiales, entre Dalgliesh y su equipo de trabajo se percibe en cada novela la misma coherencia y profunda lealtad. No sobran las palabras entre ellos. En todo caso es desde un comentario oportuno o a través de un diálogo puntual que observamos el progreso de la investigación, el surgimiento de la sospecha o la aparición de una pista. Son siempre oficiales eficientes y altamente profesionales a quienes se les reconoce un compromiso total con la tarea y su ética (el tema de la corrupción policial es inconcebible en James). La torre negra, la séptima novela de la autora, es una de las raras veces en que Dalgliesh trabaja casi todo el tiempo sin sus colaboradores. Y la gran excepción al absoluto protagonismo del oficial son las dos obras en que Cordelia Gray, una joven detective privada, es eje de la acción: Poco digno para una mujer (1972) y diez años después, La calavera bajo la piel. Cordelia Gray es una figura tan simpática y refrescante que casi no extrañamos a Dalgliesh, y es un mérito adicional de James habernos regalado esta alternativa femenina, joven y tan diferente.

Además, frente a la potente imagen que nos entrega de Dalgliesh y su equipo, resulta muy interesante que James se permita dar una vuelta de tuerca adicional que agrega verismo a las situaciones: esos oficiales de policía son falibles y pueden equivocarse, Dalgliesh inclusive, que, en Sanatorio para adultos, afirma ante su jefe: “Demasiado evidente para mí, parece –dijo Dalgliesh con amargura–. Si este caso no me cura de todo engreimiento, nada me curará”. Por otra parte, ante una decisión del inspector Daniel Aaron, en Pecado original (1995) el inspector es mentalmente calificado como “incompetente” por su colega y compañera, Kate Miskin. Y en La muerte toma los hábitos (2001), Dalgliesh se debate largamente en la confusión ante las particulares condiciones en que muere el archidiácono, y no faltan los reproches por no haber comprendido antes.

El crimen ocurre, entonces (temprano en los relatos de James, que en La edad de la franqueza comenta de un libro de Charlotte Yonge: “El asesinato llega demasiado tarde y la trama carece de la energía narrativa necesaria para generar tensión o entusiasmo”), y la investigación comienza. Su segunda novela, Sanatorio para adultos, es un buen ejemplo de “procedimiento policial” a la inglesa, ya que detalla minuciosamente los interrogatorios de cada sospechoso, uno por uno y uno tras otro. Esta forma de estructurar el relato se vuelve un poco tediosa para el lector, que espera junto con los sospechosos y quizá se impacienta con ellos. De hecho, James no vuelve a limitarse a sí misma de ese modo en las novelas posteriores y la investigación fluye siempre de forma más dinámica. Sin embargo, en esa misma novela cabe destacar el recurso técnico por el cual no es la autora sino una mucama que lleva y trae café y sandwiches a la habitación donde se interroga, la que en cada salida informa a los que esperan –y por supuesto al lector– de cada detalle de lo que ocurre.

En los interrogatorios se establecen las coartadas o su ausencia y asoman los posibles motivos para matar. Simultáneamente, desde un primer momento nos convertimos, consciente o inconscientemente, en rivales del investigador –o más bien del autor–, y entonces la gran pregunta es: ¿lograremos adelantarnos a la revelación final y exclamar: ¡es lo que yo decía!, o resultaremos otro lector promedio al que hay que explicarle todo? En cualquier caso, quizá sensible a esta pulseada, según James, lo que importa es el fair play y que el autor no oculte información esencial ni pista alguna al lector y le permita deducir por sí mismo. Esto, afirma, es una condición sine qua non del buen policial.

El pensamiento deductivo, la lógica aplicada a la detección, en James son impecables y por momentos están a la altura de las mejores historias de Sherlock Holmes, pero con las exactitudes que a Conan Doyle nunca le preocuparon (según una cita de la autora en La edad de la franqueza, Martin Booth considera que “los cuentos de Sherlock Holmes pueden ser ingeniosos, pero difícilmente sean creíbles”. Los de James, en cambio, son decididamente ingeniosos y además fácilmente creíbles).

Respecto de la medicina legal y el trabajo de los forenses, por ejemplo, sus libros son casi obras de consulta, pequeños tratados que resumen las cuidadosas investigaciones que realiza para que cada trama sea no sólo verosímil sino verdadera en todos los detalles en que importa no falsear la realidad. En Pecado original es notable la claridad científica con que establece las pautas para evaluar el tiempo transcurrido desde la muerte en función del rigor mortis y todos sus posibles factores de incidencia. Agatha Christie, la reina madre del género policial británico, escribía en los años ‘30. En esa época “era el médico clínico local quien practicaba la autopsia al terminar con la última cirugía, luego de lo cual siempre estaba en condiciones de proporcionar al brillante detective aficionado más información acerca de cómo había muerto la víctima que la que hubiese podido proporcionar un moderno patólogo forense en quince días” (pág. 46 de La edad...). Pero P.D. James es su heredera sólo a medias: describe los mismos ambientes cálidos, de techos bajos, el mismo fuego en el hogar dando sentido y dirección a las miradas, la misma tetera de porcelana y los sillones forrados en chintz, y afuera el jardín lleno de rosas y más allá el maravilloso pueblito inglés con la calle principal serpenteando entre las casas hasta perderse en el bosque... Pero también crea importantes empresas editoriales con oficinas instaladas a todo trapo tecnológico en palacetes venecianos asomados a las márgenes del Támesis (Pecado original), modernos hospitales-escuela donde se forman enfermeras y donde también pueden morir si alguien descubre un viejo y turbio secreto que se relaciona con el espionaje y el contraespionaje en la Alemania nazi (Mortaja para un ruiseñor, 1963). El tema del nazismo y los pecados cometidos no precisamente por los alemanes recurre en James y reaparece por ejemplo en Pecado original.

En La torre negra, Dalgliesh se presenta en circunstancias que no deberían sorprendernos, dado que James no compuso un personaje invulnerable: un diagnóstico médico equivocado lo llevó a prepararse psíquicamente para la muerte, y cuando al empezar la novela, aún convaleciente, es dado de alta para la vida plena, no puede desprenderse tan fácilmente de los tules melancólicos que todavía frecuentan su espíritu y le ondulan frente a losojos. Más aún, cuando en breve se ve envuelto extraoficialmente en la investigación de dos muertes, no quiere involucrarse, ha desaparecido el deseo de ocupar ese lugar, el del policía que indaga, que penetra y se entromete, que sondea con profundidad e imaginación dentro del territorio delicado de la intimidad de las personas. La razón es sencilla: se había preparado demasiado bien para la propia muerte...

Mientras tanto, en La edad..., tras citar a Gibbon (“en esa silenciosa vacuidad que precede nuestro nacimiento”) nos dice James: “... por eso sentimos tanto terror a la muerte. Cuando la tapa del ataúd se cierre sobre nosotros ya no habrá más vida, pero ahora nos basta con extender la mente y aun las manos hacia el pasado para obtener una inmortalidad espuria. La silenciosa vacuidad cobra vida”.

Al fin de cuentas, ambos, P.D. James y Dalgliesh, su criatura, avanzan con la seguridad dudosa de los seres humanos por cornisas semejantes.

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