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Domingo, 29 de enero de 2006

EL EXTRANJERO

Fonseca siempre cumple

Dos relatos breves de Rubem Fonseca lo sacan del territorio más oscuro que suele transitar para acercarlo al misterio entretenido.

 Por Sergio Kiernan

Al viejo maestro Fonseca no le gustan las certezas, manía compartida con buena parte del gremio de escritores de policiales. Su último libro, para variar, se abre con una pregunta: “Cómo podría imaginar que me involucraría con la historia del incunable de Gutenberg, con el enano, con el Calaverita, con la caja fuerte Fichet, con los asesinatos, principalmente el de la pobre mujer madura que por primera vez en la vida estaba enamorada, una mujer a la que le gustaban los gatos –a todas las mujeres les gustan los gatos, hasta las que no gustan de los libros”.

El que habla es el abogado criminalista Mandrake, un personaje de nombre inverosímil que debutó en esa obra mayor llamada A grande arte y reapareció en E do meio do mundo prostituto só amores guardei ao meu charuto, uno de los libros de nombre más jugado en el sistema solar.

Lo que distingue a este Mandrake de biblia y bastón de los demás libros anuales que produce Fonseca –el hombre es un reloj– es que marca una vuelta al inicio cuentístico del autor. Mandrake a Biblia e a bengala se forma con dos relatos, pequeñas nouvelles o cuentos largos, manejados con precisión de relojero. También hay un cambio de aire: Fonseca es famoso por ser el escritor más nocturno, desesperante y sórdido que haya producido Brasil, un carioca que no se distrae ni un segundo con las mulatas y el sol, con la miseria y la violencia siempre enfrente de la nariz. Pues éste es un libro veraniego, con un tono deliberadamente menor, en el que la sangre gotea más a la inglesa que a la hard boiled.

El primer relato involucra una de las dos biblias incunables que tiene la biblioteca nacional de Brasil, parte de los tesoros que quedaron en el país por la evacuación de los Braganza en naves inglesas a la llegada de Napoleón. Por ahí anda Mandrake con su socio anciano y sobreviviente del Holocausto, recordando a su padre, fumando buenos cigarros y tratando de seguir soltero. Esto es central a la obra de Fonseca, que trata en realidad de mujeres –vistas por los hombres–, de la imposibilidad real del amor y de las manías. El autor simplemente no puede dejar pasar la chance de hacer alguna lista de cosas detestables o adorables, todas arbitrarias y reconocibles en la vida de cada uno.

El segundo relato es un divertimento de misterio, un whodunit que continúa temporalmente la acción del primero. Mandrake queda rengo de un balazo al final del caso de la Biblia y esto dispara una verdadera manía de sus amigos, conocidos y clientes por regalarle bastones. Dueño de una colección instantánea, el abogado se manda hacer un mueble bastonero –mezcla de taquera y paragüero– con la inscripción schadenfreude en una chapita, atendiendo la teoría del socio de que tanto regalo es parte por cariño y parte por alegría ante la desgracia ajena. La rosa de la colección es un Swaine finísimo, de los que esconden un estoque. Como era previsible, el Swaine aparece hundido en pecho ajeno, con las huellas digitales de Mandrake y una escolta de evidencias circunstanciales que apuntan a él.

Para zafar, Mandrake cuenta con su amigo de facultad, el comisario Raúl –en Brasil, los comisarios tienen que ser abogados–, que no gasta en cigarros de marca, pero comparte ensaladas de pulpo y vinos portugueses. Raúl tiene con Mandrake una de esas amistades que permiten pelearse con la mujer y aterrizar, ebrio y triste, en el sofá del amigo, sin preguntas ni reclamos. El comisario es la segunda parte del reflejo que tiene Fonseca en sus obras: siempre hay un abogado o un detective vapuleado por los casos, siempre hay un policía medianamente honesto que navega dos aguas y da un jeitinho. Fonseca, justamente, es abogado y fue policía antes de dedicarse a los libros.

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