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Domingo, 27 de agosto de 2006

MELISSA BANK > UN LUGAR MARAVILLOSO

Mujercita

 Por Rodrigo Fresán

Un lugar maravilloso
Melissa Bank
Anagrama
2006
394 páginas

Cuando, en 1999, Melissa Bank debutó con un libro titulado Manual de caza y pesca para chicas cabía pensar mal, cabía pensar lo peor. El gancho de semejante título más sus antecedentes como empleada en una agencia literaria y, antes, redactora publicitaria hacían imaginar —casi por reflejo automático— que aquí se venía un calculado producto tan ligero como implacable. La inevitable encarnación norteamericana del fenómeno Bridget Jones y todo eso. Lo que dio en llamarse Chick Lit o literatura para chicas: libros escritos por mujeres sobre mujeres para ser consumido por hembras en busca de reivindicadora redención o por machos leyendo a escondidas para enterarse de lo que piensan y hacen ellas cuando están solas o en el baño con las amigas. Pero no. Aunque inmediato best-seller luego de ser “descubierta” por Francis Ford Coppola para su moderna y californiana revista Zoetrope: All-Story, lo que destacaba –lo que sorprendía y se agradecía en Manual..., en siete relatos interconectados por su protagonista Jane Rosenal y que podían leerse como una novela– era cierta venerable y tradicional atmósfera neoyorquina (por The New Yorker) puesta al día, sí, pero donde se detectaban sin esfuerzo ecos del Salinger más elegante, el de “Justo antes de la guerra con los esquimales” o el de “Franny”. Una prosa tan funcional como sorprendente y un más que envidiable uso del diálogo o del monólogo como recurso de pura narración bordeando, cuando corresponde, la rutina de un stand-up comedian gracioso y en estado de gracia o, si se lo prefiere, de la primera Lorrie Moore.

Bank se tomó seis años para escribir Un lugar maravilloso –novela en ocho capítulos que se leen como relatos interconectados– y hay que decir que nada ha cambiado demasiado y que está bien que así sea. Sophie Applebaum –antiheroína de provincia a la que encontramos en la pubertad a principios de los ’70 y a la que seguimos a lo largo de un cuarto de siglo por bar-mitzvahs, college, relacionándose con amigas que se creen flappers de Fitzgerald, aguantando a sus volátiles y/o muy tradicionales hermanos Jack y Robert y a unas abuelas tremendas, ilusionándose y desilusionándose con demasiados novios, hasta emprender la conquista de Manhattan acometiendo los mismos oficios que Bank, enfrentar la muerte de su padre, la llegada de los 40 años y el regreso a la patria chica– es la típica triunfal perdedora o derrotada ganadora. Pero Bank, siempre, se la arregla, con un giro de frase o un detalle certero para separarla de la manada mientras busca al utópico Mr. Right: el hombre perfecto que se adueñe de su corazón y que nada tenga que ver con Mr. Goodbar.

El título original en inglés –The Wonder Spot– reedita la astucia y el equívoco de su primer libro: lo que, de entrada, suena a nombre de zona sexual y orgásmica alude, en realidad, al nombre de un restaurante de Brooklyn. Y así, Un lugar maravilloso –reincidiendo en los atendibles logros y en las asumidas limitaciones de una autora que, es evidente, quiere escribir exactamente esto y así– resulta otro libro agradable, admirable en más de un sentido, al que, quizá, le falta un indispensable toque de humor negro y de mala leche. Pero para eso está, claro, la magistral y perfecta y ácida –¿cuándo la reeditará alguien, por favor?– saga de chica judía en busca del amor en la gran ciudad y encontrando cualquier otra cosa, cosas siempre malas: Sheila Levine ha muerto y vive en Nueva York (1972) de Gail Parent. Novela que pone a Jane Rosenal y a Sophie Applebaum en su sitio y sin derecho a queja y lloriqueo.

Sheila sí que la pasó mal. Y Sheila no se acostaba con nadie que no hubiera leído El guardián entre el centeno. ¿Acaso se puede ser más salingeriano que esto?

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