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Domingo, 27 de agosto de 2006

RESCATES

El ojo Mocho

Con Galería de ladrones, de Fray Mocho, se recupera un texto inhallable, al punto de haber sido citado reiteradamente con un título erróneo. Un escritor-comisario, pionero de la criminología local, en busca de los delincuentes urbanos.

 Por Osvaldo Aguirre

José S. Alvarez, alias Fray Mocho, suele ser ubicado en el casillero de la literatura costumbrista. La descripción de los personajes del hampa porteño entre fines del siglo XIX y principios del XX y sus artículos en la revista Caras y Caretas dieron sus relatos más conocidos. Su obra, dice Jerónimo Ledesma en el prólogo de esta edición, está compuesta por libros desiguales y poco prestigiosos. Sin embargo, Galería de ladrones hace pensar que esa falta de reconocimiento habla menos de los textos que de la atención que les ha prestado la historia literaria.

En 1880 comenzó a trabajar como cronista policial, en el diario La Pampa. Designado comisario en 1886, organizó la sección Investigaciones de la policía y redactó un reglamento de pesquisas; en 1887, por encargo del jefe de policía, compuso la Galería. El trabajo consistió en sistematizar la información que de modo desordenado había recopilado la policía, de modo de convertirla en un instrumento para la represión del delito. La obra reunió las fotografías y datos de doscientos ladrones (material del que la presente edición ofrece una selección), más un apéndice con una lista de personas consideradas sospechosas.

Cada ficha consta de cuatro secciones: nombres y apodos del ladrón; edad, nacionalidad, rasgos físicos y signos distintivos (tatuajes, cicatrices, etc.); entradas policiales y causas y condenas en la Justicia; hábitos delictivos, modo de vida y grado de peligrosidad. Alvarez agrega impresiones personales, derivadas de sus propios contactos, y relatos de soplones. Semejante registro apunta, en primer lugar, a volver visibles a los sujetos que, viviendo al margen de la ley, se disimulan en la sociedad. La ciudad moderna, el fenómeno de la aglomeración urbana, aparecía entonces como el refugio del asocial. Los ladrones, además, descubren los circuitos de otra ciudad, allí donde encuentran sus ámbitos de sociabilidad, el de la prostitución, el juego, los inquilinatos y sitios como ciertos cafés, “las cloacas máximas de Buenos Aires”, según el comisario. Otro mundo, en fin, el “mundo lunfardo” (lunfardo designaba entonces al ladrón profesional urbano), compuesto por “cinco familias” a las que describió en Memorias de un vigilante: los escruchantes, los biabistas, los punguistas, los estafadores y los que integraban esas cuatro modalidades.

Este álbum no supone una simple curiosidad. Como señaló Lila Caimari en Apenas un delincuente (2004), una historia del castigo en la Argentina, “marca el inicio de un archivo estatal de conocimiento del delincuente de aspiraciones sistemáticas”. La fotografía fue el primer recurso al que acudió la policía para distinguir a los infractores de la ley; en 1889 adoptó el sistema Bertillon, una forma de identificación de las personas basada en las medidas corporales. Las ideas empezaban a ser influenciadas por L’uomo delinquente (1867), de Cesare Lombroso, el texto que fundó la criminología, de rápida difusión en la Argentina. Sin embargo, Alvarez tiene una mirada propia al respecto. Propone su registro como un apoyo a las investigaciones, una contribución para reparar una carencia, ya que “aquí se vive a ciegas, con respecto a todo aquello que pueda servir para dar luz sobre un hombre”, según destacó en Memorias de un vigilante. Pero prescinde del supuesto aparato teórico para acudir a su propia experiencia, aquella que, según dice en la ficha que compuso irónicamente de sí mismo, “le hizo conocer de cerca el mundo del hampa”. Y mientras las explicaciones consideradas científicas caducaron, ese saber preserva su valor y sostiene en pie sus relatos.

Galería de ladrones era un texto inhallable y desconocido, al punto que muchas veces fue citado con un título erróneo. Esta edición de Tantalia supone entonces un aporte valioso para restituir una pieza importante en la literatura argentina.

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