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Domingo, 25 de febrero de 2007

NOTA DE TAPA

Memorias de un escritor raro

Poco después de la muerte de Héctor Libertella, a fines del año pasado, apareció La arquitectura del fantasma, una forma de autobiografía poco convencional. También coincidió con la publicación de otros textos breves del autor. Radar homenajea a Libertella recorriendo una de las obras más singulares y secretas de la literatura argentina.

 Por Osvaldo Aguirre

Si Jorge Luis Borges pudo jactarse de haberse criado en “una biblioteca de ilimitados libros ingleses”, Héctor Libertella debió conformarse con un solo ejemplar: el de un viejo diccionario español, impreso en 1917, lleno de arcaísmos y expresiones castizas. Esa desventaja en el punto de partida no fue, sin embargo, menos productiva. Porque allí terminó por configurarse una especie de programa, su deseo de escritor: “Había que escribir muchos libros para llenar el vacío de esos estantes, para tapar el hueco. Aunque sólo fueran muchos libros fantasmas para que el hueco siguiera ahí de cuerpo presente”.

La anécdota aparece como la piedra básica de La arquitectura del fantasma. Una autobiografía, libro aparecido poco después de la muerte del autor, ocurrida en octubre del año pasado. Libertella (Bahía Blanca, 1945 – Buenos Aires, 2006) presentaba ahí una versión singular del género, que subvierte sus rasgos constitutivos. Se supone que la autobiografía construye un sujeto, precisamente aquel que relata la vida que es objeto de narración, a través de un período y de determinados acontecimientos, en cuya sucesión decanta cierto sentido; es la historia reinscripta desde un presente alzado como un mirador sobre el pasado. Pero el epígrafe del libro descarta ya esas ilusiones: “Pensá en la muerte –dice– como un acontecimiento retrospectivo. Esa manera de irle pidiendo cosas al futuro para devolvérselas, al final, intactas. Como si uno no hubiese vivido”.

La identidad, ese presupuesto inconsciente de las memorias, es aquí ante todo un problema, una incógnita; y no sólo en un plano teórico sino más bien –sobre todo– como una cuestión aprendida “en carne viva”.

Ese momento aparece situado en la infancia, cuando ocurre la muerte del abuelo paterno. Es revelador tanto el registro como el efecto del descubrimiento: Libertella lee en una necrológica que su abuelo tenía otro nombre que aquel por el que se lo conocía; este nombre oculto aparece escrito entre corchetes en el diario, y para descifrar esos signos se pone a estudiar manuales de tipografía y diccionarios etimológicos. Pero la lectura no repara el equívoco, más bien lo disemina: la única conclusión es que nadie sabe el verdadero nombre de ese abuelo. Así “suelen ser las cosas en literatura: uno, uno mismo, siempre un poco entre paréntesis la identidad de uno mismo”.

En su autobiografía, Libertella sospecha que en realidad quería contar otra cosa; no escribe tanto su pasado, advierte, como una historia virtual, o hipotética (“la biografía del viejo que pude haber sido”). Por momentos cree que el sujeto de la escritura es otro, ese personaje que aparece en escena hacia 1968, cuando gana el premio Paidós de novela, por El camino de los hiperbóreos, y lo recibe vestido de soldado, ya que estaba haciendo el servicio militar. Las presuntas marcas de vida resultan más bien fallas de la memoria: no puede explicar, por ejemplo, de qué manera llegó a la Universidad de Iowa, en 1970, donde permaneció un año y realizó una especie de aprendizaje babélico (“paso un año con escritores de treinta lenguas”); o se sorprende, como si contemplara algo ajeno, de recordarse en el Primer Congreso Feminista de América Latina, realizado en Córdoba. La literatura, en definitiva, no es para él un ámbito de expresión sino de difusión, de ocultamiento.

La arquitectura del fantasma deshace entonces el orden cronológico: parece compuesto como una constelación de papeles sueltos (al modo de Zettel, libro que quedó inédito), cuyas partes podrían intercambiar su orden y ser leídas desde cualquier punto. No obstante, en la serie se intercalan cuatro cartas dirigidas a Lorenzo García Vega, en las que Libertella reflexiona sobre el proceso del propio libro, no para dejar en claro sus propósitos, como haría cualquier otro en su lugar, sino para desestabilizar, con humor y extraordinaria lucidez, las propias certezas.

El ABC de la lectura

La aparición de La arquitectura... se produce en forma simultánea con la de otros dos libros de Libertella, Diario de la rabia (Beatriz Viterbo) y El lugar que no está ahí (Losada), reescrituras de relatos aparecidos en ¡Cavernícolas! (1985). La autobiografía incluye alguna referencia de estos textos (ver aparte) y aborda, de modo lateral, sólo algunos de sus otros títulos (El árbol de Saussure, Memorias de un semidiós). De igual modo resulta clave para introducirse en el universo de la obra.

La infancia y la juventud en Bahía Blanca, los premios que lo instalaron en el sistema literario, su residencia en Iowa, el ambiente de la vanguardia porteña en los ’60, su trabajo como publicitario, editor e investigador académico, entre otras experiencias, son relatadas no por un interés anecdótico sino en la medida en que sostienen reflexiones o iluminaciones teóricas. Una actuación más bien insignificante en un grupo teatral de Bahía Blanca remite así a la película Odisea del espacio y el estado pre-verbal de la especie. El relato de un viaje por Europa se reduce a un solo episodio: en Brujas, resuelto a hacer dedo al primer auto que apareciera, Libertella termina cruzando cinco veces esa ciudad en una misma tarde. De ese acontecimiento un tanto absurdo deriva una ocurrencia inspirada: “Desde entonces aprendí que la literatura es ese ir y venir sobre una huella que nadie eligió”.

En la formulación platónica, dice Libertella, la filosofía se ocupa de la construcción de paradigmas; etimológicamente, paradigma significa “modelo arquitectónico”. El saber, concluye entonces, se asienta en un espacio inestable, “de modo que el sujeto está y no está y no hace pie en un lugar porque es el mismo lugar el que no está ahí”. Ese es el fantasma que persigue la autobiografía y que atraviesa su práctica de la literatura. Aquí no hay texto definitivo ni obra abierta o cerrada. En un manuscrito de Las sagradas escrituras, Libertella dice que está dedicado a escribir los libros que ya publicó. Pero en Diario de la rabia o en El lugar que no está ahí no hay una corrección en el sentido convencional, ni el supuesto de que una versión es necesariamente mejor que otra anterior. Partiendo de la idea de que uno escribe por escribir, por el placer de la escritura pero también sujeto a las exigencias avasalladoras de la literatura, lo decisivo es que “en esos relatos... siempre hay un desplazamiento, algo cambia de lugar y de edad; ése es el asunto”.

El punto de partida en ese sistema de desplazamientos podría ubicarse en el diccionario español de la biblioteca paterna. Libertella aprende entonces a leer, y además aprende a leer con método, un método más bien desmesurado: lee todo, de la A a la Z, sin saltear una sola palabra, con la aplicación del que oficia una ceremonia. El episodio señala también una experiencia de extrañamiento del lenguaje, que anticipa su búsqueda de lenguas antiguas y artificiales y escrituras herméticas. Al mismo tiempo, cuenta, su madre le enseña a escribir, concentrándose de modo obsesivo en la letra a, como si quisiera fijar, con la repetición, el deseo de escribir.

Entre los 12 y 13 años, cuando escribe sus primeras novelas y las “publica” (hace dos ejemplares de cada libro), Libertella empieza a cumplir ese juramento de infancia: cubrir el vacío de la biblioteca heredada. Retrospectivamente, en ese acto hace otro descubrimiento, el del lector ideal. Según dice, aquellos textos fueron leídos por sus amigos de la escuela, quienes carecían de la menor competencia en términos literarios. Eran lectores inocentes, extraños a las interpretaciones y en tanto tales, hoy, un público imposible de encontrar, aquel capaz de leer “sin la prótesis de la opinión o de la doxa”. La incomprensión, el malentendido, la vacilación del sentido se vuelven en esta perspectiva valores productivos.

Otra experiencia reveladora en el mismo sentido tiene lugar en el servicio militar. La estrategia de Libertella para sobrevivir a esa pesadilla consistía en idear “discursos herméticos”; un sistema en el que el oyente entiende lo que quiere, ya que no hay nada por entender. Los equívocos se renuevan al recibir el premio Paidós en el Gran Hotel Buenos Aires, donde recurre a un muñeco con su cara, lo deja en su lugar y sale corriendo por la calle Florida. Una burla hacia el circuito editorial que luego se afina por el sesgo del fantasma, en una literatura que “necesitó hacerse un poco invisible o ilegible entre las líneas del mercado”.

La arquitectura... es entonces el testimonio de una experiencia de la literatura signada por la pasión, la desmesura, la entrega absoluta. En el final, una despedida que es también un reencuentro con la ficción, Libertella retoma términos de la Poética de Aristóteles al señalar que la literatura somete al escritor a “un continuo de éxtasis y de terror”. Una construcción minuciosa en que las sucesivas figuraciones del fantasma constituyen las huellas de un escritor impar.

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Imagen: Adriana Lestido
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