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Domingo, 25 de febrero de 2007

Largos ecos de lo breve

Una colección de microficciones renueva la actualidad de un género que está en alza.

 Por Luciano Piazza

Todo tiempo futuro fue peor
Raúl Brasca
Mondadori
218 páginas.

Hay algo que queda sonando después del final de la lectura de un relato, la vibración de una sustancia única de naturaleza inefable, a la cual a veces llamamos efecto. La satisfacción estética inmediata que crece con el punto final es la mayor virtud de las microficciones creadas por Raúl Brasca en Todo tiempo futuro fue peor.

Es inevitable reconocer la proximidad de estas microformas con la poesía, en la diseminación del sentido y el peso específico de cada una de las palabras de cada texto. El microrrelato no es ajeno a la diseminación que acontece en el resto de las formas contemporáneas. Esta ventaja está bien desarrollada para demostrar las variantes de experimentación.

Los minirrelatos de Brasca se multiplican en temáticas y en formas de composición en la búsqueda del placer final. La particularidad de la brevedad exige que ese final haya comenzado a terminar desde el título y que madure en el punto que linda con el blanco definitivo.

El largo eco de un breve relato se lo puede pensar como una ampliación del sentido que fue trastrocado, invertido o multiplicado por la referencialidad del gran texto de la literatura. Tomando un microrrelato de Brasca como Prurito: “Aunque se hizo amputar la pierna, el terrible prurito seguía: o era ilusorio el prurito o era la ausencia de pierna. El prurito tenía una presencia tan feroz que era incuestionable, así que reclamó de inmediato al cirujano que lo había estafado”. Podemos pensar en un ente textual deforme que con inesperada velocidad invade una razón certera y genera unos ecos de incertidumbre grotesca.

La forma breve del relato literario lleva años puliéndose, sobre todo desde que alcanzó la irreversible fama internacional con Augusto Monterroso y su célebre cuento: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Brasca es un estudioso y un impulsor de esta forma literaria que se considera novedosa en su fama y célebre por su predecesores: Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Enrique Anderson Imbert, Vicente Huidobro y Juan José Arreola son algunos nombres que se destacan dentro del escenario de la lengua española. La fábula kafkiana en su forma breve y contundente es reconocida por todos como un antecedente mundial. La salud del género tiene deuda con la labor de Brasca, que publicó varias antologías, además de su producción propia y como estudioso, y como organizador del Primer Encuentro Nacional de Microficción.

Es oportuno recordar la advertencia de uno de los grandes jugadores del microrrelato, Borges: “Hay que tener cuidado con la verborrea de la brevedad”. Peligro del cual se despega esta serie de relatos en su permanente movimiento en busca del cruce con el relato que trae el lector. El cruce sorpresivo suele ser el más efectista, y en eso esta serie mantiene la proximidad con toda forma que trabaja con el humor.

El índice de títulos es una invitación a realizar diversos recorridos dejándose llevar por esa intuición o anticipación provocadora: Despojo, Morir de verdad, Adivinación, Llave, Bricolage, Amor asintótico y así se extiende la lista de títulos cuya entrada lúdica se sostiene hasta el final de cada uno de ellos.

Lo más atractivo de este libro, puede afirmarse, está en una voracidad efímera que se renueva a cada página.

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