libros

Domingo, 4 de marzo de 2007

LORD

Londres me mata

Desde la poco conocida literatura brasileña llega una novela que conecta las puertas entre el realismo y lo fantástico.

 Por Juan Pablo Bertazza

Lord
Joâo Gilberto Noll
Adriana Hidalgo
128 páginas

Hay un primer impulso que no debería dejarse de lado toda vez que uno se encuentra ante un libro: preguntar si se trata de una obra tradicional o, por el contrario, si busca instaurar algo nuevo en el horizonte de la literatura. Podría ser una cuestión pertinente en la actualidad, cuando las nociones de vanguardia, obra experimental, originalidad versus intertextualidad quedaron casi vacías de sentido. Lord, la última novela del brasileño Joâo Gilberto Noll –galardonado con los premios literarios más importantes de Brasil– y la primera en publicarse en nuestro país, muestra un cambio de guardia en la literatura brasileña y, tal vez, en la literatura latinoamericana, de la que paradójicamente se sigue excluyendo a Brasil. Y la ciudad que sirve de escenario a ese cambio de guardia es Londres: un escritor de Porto Alegre bastante reconocido y autor de siete novelas (número bíblico si los hay) es invitado por una universidad a participar de una beca; aunque, al llegar al aeropuerto, descubre que ignora para qué es esa beca, el lugar donde va a alojarse y la duración de la misma. Desde su llegada a Londres el título de la novela quedará bastante explicado, ya que semejantes interrogantes provocan que la relación entre el becado y las autoridades sea de una dependencia abstracta pero absoluta, como la del hombre que sin conocer a su dios duda tanto de su existencia como de su propio albedrío.

Por supuesto, el hecho de que Lord presente rasgos innovadores no significa que su estilo ignore las huellas de grandes clásicos como Kafka, Beckett y, más acá, Roberto Bolaño. Sin embargo, no son comparaciones suficientes. En todo caso, resulta más significativo comparar la obra de Noll con películas como Carretera perdida de David Lynch que, además de instaurar nuevas maneras de contar, consigue romper las cadenas de la lógica. En Lord lo primero que se quiebra es la linealidad del argumento: ya en las primeras páginas las cuestiones sobre la beca, el transcurrir del tiempo y la misma identidad del personaje se desvanecen en el aire siempre neblinoso de Londres: “No me importaba que las personas que caminaban por las calles no me notaran, me confundieran con todas: era de ese material difuso de la multitud que yo construía mi nuevo rostro, una nueva memoria”. La inestable identidad del personaje se raja aún más con su principio de Alzheimer y su fobia a mirarse en el espejo, lo cual sintoniza con el hecho de que, en el libro, nunca se nombra ni describe físicamente al personaje. Quebrada por todos lados, la identidad termina de partirse en millones de pedazos con el desdoblamiento y la fragmentación que sufre el escritor luego de un episodio en que es internado en un hospital de Bloomsbury. El protagonista consigue escapar de su escatológica cama encarnándose en otra persona, lo cual también ponía en práctica el saxofonista Fred Madison de Carretera perdida cuando lo condenaban a muerte: “Me adormecería en otra nomenclatura y ellos no me encontrarían: estaría distribuido no sólo entre ellos. En la cortina estaría yo, en la mesa, en ningún lugar”. Desde entonces, todo lo que puede contarse que cuenta el libro es el vagabundeo y las transformaciones del escritor en torno de la National Gallery, el Museo Británico y hasta The Cavern Club en Liverpool, ciudad-puerto donde vivirá su última metamorfosis.

Pero no se trata sólo de complicar el argumento: Lord despliega un estilo sinuoso que encanta al lector con sus frases compuestas y repletas de modo subjuntivo. Por otro lado, se advierte en la escritura de Noll un particular trazo poético que ni embellece ni simboliza, sino que tiene la rara virtud de insinuar, de abrir una nueva puerta en la forma de expresar.

Tal vez un adjetivo apropiado para calificar esta novela en varios sentidos sea transitoria: Lord empieza en un aeropuerto y termina en un cementerio, y su mundo de referencia va de Porto Alegre hasta el puerto de Liverpool. Leerla es abordar un misterio muy bien tramado, cuya escritura rompe barreras entre literatura realista y fantástica.

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