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Domingo, 4 de mayo de 2008

SCHULTZE

Qué hacer con las preguntas

Tantas veces abordado en la literatura latinoamericana, el terrorismo de Estado sigue apelando a los escritores. La uruguaya Silva Schultze propone una confrontación de preguntas incómodas acerca de la culpa y la herenciadel dolor de generación en generación.

 Por Juan Pablo Bertazza

Apenas diez
Marisa Silva Schultze

Alfaguara
288 páginas

Existe en literatura algo así como una diferencia de densidad entre los conflictos y temas trabajados por los escritores: algunos más imprecisos y verdes que parecen requerir de mucha elaboración, y otros con peso propio, verdades históricas intensas y graves como para andar agregándoles condimentos literarios. Esa sensación de haber tirado así nomás un tema a la cocina literaria, sin preparación previa, es la que a menudo transmiten muchas obras que abordan las dictaduras y el terrorismo de Estado, como si la valentía de afrontarlo eximiera a los autores de no contar con un lúcido tratamiento estético. En Apenas diez (último libro de la poeta, narradora y novelista uruguaya Marisa Silva Schultze, autora de Qué hacer con lo no dicho y La limpieza es una mentira provisoria) no hay grandes innovaciones estilísticas ni abstracciones inesperadas, ni vueltas de tuerca que den con una inusitada y original representación del dolor. No, hay que decirlo. Y, sin embargo, es indudable que trabaja sobre la dictadura uruguaya que se extendió de 1973 a 1985 de una manera profunda y madura.

Diez son los personajes de una familia dispersa por el terrorismo de Estado. Una de las ramas se encuentra asentada en Suecia y está compuesta por la veinteañera Andrea, su mamá Irene y Gonzalo, con quien Irene formó una segunda pareja luego de que los militares borraran a Gerardo, de quien Andrea no tiene ni un recuerdo, ni una foto, ni una palabra, tan sólo un reproche que llega a formularle a su madre: “si papá y tú me querían, ¿por qué se metieron en algo tan riesgoso?” Un día, ya recuperada la democracia, Andrea y Gonzalo deciden volver a Montevideo para reunirse con la familia grande, acarreando el dolor de que Andrea decide pisar sólo momentáneamente suelo uruguayo para volver a Estocolmo y seguir desarrollando su ¿escapista? pasión: el violín.

Sin sobresaltos argumentativos, Apenas diez logra sugerir en el lector preguntas tan imponentes como el chirrido de un violín maltratado. ¿Se debe obligar a heredar el compromiso? ¿Se puede culpar a las generaciones venideras de su indiferencia política y falta de memoria sobre hechos que no vivieron? En ese hiato entre los fracturados por el terrorismo de Estado y los propios hijos que pretenden hacer su vida al margen de esa herida indeleble, Apenas diez capta a la perfección la simetría entre el exilio y el regreso: mientras la huida corresponde siempre a una lógica de vorágine, a una velocidad relampagueante de la que no se vuelve, el regreso siempre es ralentado, a tientas, más táctil que visual, doloroso y desesperante. Schultze escribe frases como quien da golpes de pala: escarbando con precisión y potencia secretos incómodos, divisiones internas que mucho tienen que ver con el remordimiento de quienes no pudieron resistir la tortura y también con la mentada culpa del salvado: ¿por qué yo puedo disfrutar de esto si sólo se debió al azar el no haber caído?

Lo de las preguntas no es casual, ya que una de las mayores secuelas de toda dictadura es la incertidumbre: no sólo la inefable incertidumbre que implica la palabra desaparecido sino también la de no poder decidir si el destino fue escrito por coacción inhumana o falencias propias.

Apenas diez recorre así todos los bemoles de la primera y la tercera persona del plural, pero paradójicamente para terminar reforzando –con más verdad que nunca– que sí hay un nosotros y un ellos perfectamente claro. Tal vez porque la fragmentación del nosotros es una de las consecuencias de la brutalidad del ellos, los que engendraron el colmo de la perversión: la creación de víctimas que incluso son víctimas de su propia culpa.

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