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Domingo, 4 de mayo de 2008

POESIA

La poesía como diario

Formado en los clásicos cristianos y griegos, hijo de una madre amante de un psiquiatra que la convenció de que su hijo estaba loco, alcohólico irrecuperable, internado en más de veinte manicomios a lo largo de su vida, padre literario de obras desgarradoras como las de Silvia Plath y Anne Sexton, el norteamericano Robert Lowell cambió para siempre la poesía confesional en lengua inglesa. Aunque es poca su obra que se consigue en Argentina, bien vale revisitarla.

 Por Guillermo Saccomanno

En una foto, donde debe rondar los cuarenta, a Robert Lowell se lo ve como a un Clark Kent poseído, con una mirada que radiografía, capaz de hurgar a fondo en sí mismo y en los demás, tan a fondo que inspira temor. Nadie como él supo que era otro, que todos somos otro, y ese otro no es precisamente un superhombre. Nada aconsejable para la salud mental mirar así. Alcohólico perdido, sufrió más de veinte internaciones en distintos manicomios. Cuando de una universidad lo invitaban como escritor residente pedía, además de una casa, un psiquiatra mínimamente competente.

Lowell había nacido en Boston en 1917. Su familia era patricia y calvinista. En el árbol genealógico se destacaban algunos poetas. Muy joven, Lowell se convirtió al catolicismo. Y al escribir sus primeros versos sus referencias fueron tanto los testamentos como los griegos. Sus obsesiones serían, para siempre, la culpa, el castigo, el suicidio. Al estallar la Segunda Guerra se alistó en el ejército, pero al conocerse los bombardeos aliados a poblaciones civiles se hizo objetor de conciencia. “¿Cómo puede/ la guerra cambiar en mí/ el hombre antiguo en uno nuevo?”, escribió. Y citando a Melville: “Todas las guerras son de muchachos”. La resistencia a combatir le acarreó una condena a un año y un día de prisión. Muchos atribuyeron su locura a este período de encierro.

La resonancia de su primer trabajo, Lord Weary’s Castle, acuñando lecturas de Tucídides y Toynbee, sacudió la mohosa poesía de su tiempo: “Chicos, la furiosa memoria se babea/ sobre la gloria de estanques pasados”. Y también: “Diez mil Fords están aquí ociosos en busca/ de una tradición”. Lowell planteaba: “Un poema es un acontecimiento, no su descripción”. En una entrevista de The Paris Review declaró: “Cuando empecé a escribir muchos de los grandes escritores todavía no eran populares. No habían siquiera entrado en las universidades y su difusión era ínfima. Era el tiempo de Schöemberg, Picasso, Joyce, el primer Eliot. Entre nosotros los únicos que valían eran William Carlos Williams y Marianne Moore”. Lowell adquirió repercusión crítica, ganó premios: el National Book Award, el Pulitzer. Su voz se volvió influyente. Padre del confesionalismo, se lo etiquetó. Tuvo discípulas como Sylvia Plath y Anne Sexton, tanto o más temibles que él. Ninguna sería más afortunada que el maestro. Una mañana, después de llevarle el desayuno a sus hijos, Plath metió la cabeza en el horno de la cocina. A Sexton, bellísima y borracha, con sus cócteles de psicofármacos, no le iría mejor. Las dos siguieron sus pisadas: la poesía como escritura autobiográfica. Life Studies puede considerarse un manifiesto íntimo. En sus poemas, auténticos estudios existenciales de un obsesivo, Lowell no se expone sólo a sí mismo. También eviscera a quienes lo rodean: sus padres, sus cónyuges, sus hijos. En un poema acusa a su madre por su frivolidad, los chismes que provocaba y los estropicios pasionales que deterioraron a su padre. También la responsabiliza por haberle creído a un psiquiatra de la familia el diagnóstico de locura que hizo de su hijo. El psiquiatra convenció además al pequeño Lowell de que era un hijo no deseado. Más tarde el hijo se enteraría de que su madre, además de socia en los negocios del psiquiatra, era su amante. “Mi madre era bastante más idiota/ de lo que fueron todas mis mujeres”, escribió. Aunque insistió en casarse tres veces, Lowell comparaba el matrimonio con la nada. En su poesía no se salva siquiera Harriet, su hija adolescente. Adrienne Rich y Wystan Auden no le perdonaron el extremismo confesional. Seguramente a Auden lo irritaba que Lowell compusiera la poesía que él hubiera querido escribir. Lowell no les llevaba el apunte a sus detractores. Estaba demasiado solo y metido en su trabajo. Sin negar a Whitman y a Pound, su poesía se distancia del primitivismo de Robert Frost y los aullidos contestatarios de Allen Ginsberg. Refinado y a la vez impiadoso, Lowell alterna la cita culta con la cotidiana. “Se comienza a espesar la nevada de Boston/ como si se tratase de una venda/quirúrgica, amarilla/ ¡Lo puta que es la vida!” Poemas como instantáneas, autorretratos cada vez menos autocomplacientes. Lowell no les escapa ni al mito ni a la tragedia íntima, sabe conectar la cuestión social con el infierno privado. Estas claves explican por qué su poesía sigue conmoviendo. En la actualidad ostenta el rango de un clásico, pero incómodo. “Circe y Ulises”, el poema que abre Día a día, apela al mito homérico. Utiliza a su mujer y a su hijo, Sheridan, presente en la lectura pública del poema. Lo más recóndito de lo doméstico, después de Lowell, no volvería a ser lo mismo en la poesía estadounidense. Su sombra habría de sobrevolar la poesía descarnada de Raymond Carver.

A los sesenta años, Lowell admitió: “Después de los cincuenta no hay reloj que se pare”. En “Muerte de un crítico” apuntó: “Tediosos, antipáticos y a punto de extinguirse/ veía yo a los viejos, / blanco preferido de mis burlas,/ hasta que el tiempo, que lo cura todo, me hizo como ellos”. Lowell debía reconocerlo: “He llegado a ser mi propio fugitivo”. En 1977, escapando de las ruinas de su tercer matrimonio, volviendo de un vuelo desde Londres, aterriza en el otoño de Nueva York. Sube a un taxi, le da una dirección: la de su segunda esposa. Cuando el taxi llega, el pasajero parece dormido. La mujer baja a la calle. Lowell está muerto. Hacía una semana terminaba de publicar su último libro Day by day.

El título recuerda el pacto que los adictos hacen consigo mismos. Los adictos y cualquiera en estado de angustia. Pero, a la vez, el día a día remite los poemas a un diario. Porque no había nada que no entrara en su registro. En más de un sentido, puede arriesgarse, sus poemas son el equivalente en verso de los diarios de John Cheever.

¿Me ayudarán ustedes a entender
lo que no tiene arreglo ni remedio,
en esta temporada de escritura poética
y de alivio
para mi depresión, que pasaremos juntos?

*


Durante mucho tiempo, empapado,
y a menudo tocando fondo
por el gran mar verde de los semáforos
que autorizaban nuestra navegación
encontré que mi fatiga era la luz del mundo.

*


Ciudad para matar, ciudad americana.

*


Tus libros son hileras de trajes vaciados.

*


Esa capacidad de corromper
que la poesía tiene, es la más genuina
voluntad de la voz, nunca perdida,
más llena de fantasmas, la voz que sobrevive
de forzar resistencias, descontrolada por la inspiración.
Desde tres adjetivos a un objeto
hay un salto imposible.

*


Nos obsesionamos tanto con la escritura.
Al fin lo conseguimos y así nos fue con ella.
¿Te despiertas acaso como yo, tan perplejo
encontrando los anteojos olvidados
dentro de uno de los zapatos?

*


Mis reseñas virginales eran en su momento
el equivalente verbal de los asesinatos.
Ahora son un montón chiquito,
compacto, tan viejo como yo.
Ellas se desintegran amarillas
y sus páginas rígidas
se hacen añicos como las hojas secas
escapando del árbol que les diera vida.
Estoy sin un amigo:
Veo de vez en cuando, en la noche cerrada,
brillar los faros de algún auto suicida
por la autopista y luego diluirse.
Mi vacío fantasmal ahora se me llena
con todos mis amigos agraviados
como tristes moscas familiares.

*


¿Acaso no es hipócrita pretender dar respuesta
a lo que no hemos sido capaces de escuchar?

*


Aunque escribo mis versos por la noche
soy muy poco sincero en mi discurso.

*


¿Merezco alguna consideración
por no haber intentado suicidarme?
Quizá lo que temía es que esa peregrina
decisión resultase fallida
sin darme cuenta de que practicando
es como se corrigen los errores.
¿Y del infierno, qué?

*


Si tuviera un sueño sobre el infierno
en esa pesadilla
me encontraría a mí mismo
embalando mi casa para mudarme,
con todos los demonios preguntando
eternamente impertinencias varias.

*


Lo que en realidad hice no fue mucho,
entonces, como ahora, fue muy poco.
Del fuego del infierno, en cambio,
no puedo apagar un simple fósforo.

*


Estoy ciego de ver.

*


Adiós, adiós a nada. Doy gracias,
muchas gracias.

De escasa circulación, la obra de Lowell se divulgó en nuestro país a través de unas pocas antologías.

Poemas, traducido por Alberto Girri, publicado por Sudamericana en 1969, es la versión de Lord Weary’s Castle. Desde hace un tiempo puede encontrarse en algunas librerías Día a día, en edición bilingüe española de Losada, con prólogo y traducción de Luis Javier Moreno. Los fragmentos de distintos poemas de Lowell que reproducimos, aún acotados, pueden dar, como arte poética, una idea del calibre de sus obsesiones.

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