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Domingo, 18 de enero de 2009

Porque te quiero te aporreo

La lectura de La Venus de las pieles de Sacher-Masoch permite asomarse a la fascinante experiencia de ver cómo se despliega un cuadro psíquico página tras página.

 Por Alicia Plante

La Venus de las pieles
Leopold von Sacher-Masoch

El Cuenco de Plata
160 páginas

Durante una de esas largas y poco frecuentes sobremesas de invierno en que toda clase de historias de antaño se entrelazaban unas con otras, mi papá contó que cuando era chico, si lo descubrían en una travesura lo peor de todo era esperar a que el padre terminara de pelar con su cortaplumas la varita que había cortado del sauce, con la cual después le cruzaría un par de veces las piernas mal cubiertas por los pantalones cortos. Se tomaba su tiempo el padre, echándole cada tanto una mirada cargada de afecto, pero también severa y moral. Quizás esto de la mirada él nunca lo dijo, pero aún hoy yo veo los ojos de un abuelo que no conocí. Y que no decía nada, por supuesto, todo estaba en los gestos. El, mi papá, nunca volvió a contar aquello, quizá no le hizo falta. Pero yo nunca olvidé la espera, el castigo diferido, el suspenso... Y de ese suspenso trata, en esencia, este clásico de la novela romántica alemana del siglo XIX, de la anticipación, del “aplazamiento ilimitado” del placer. Un texto que envejeció literariamente bajo el peso abrumador de escenificaciones demasiado teatrales, de un lenguaje superado y personajes almibarados, que se comportan melodramáticamente mientras se expresan por medio de reiteraciones grandilocuentes. Y sin embargo, sólo hasta ahí llegan las objeciones, porque también aparecen hipótesis y definiciones puestas en boca de Wanda o de Severin que remiten a las teorías de la época acerca de los géneros, sus características, necesidades y modos de vinculación, que resultan de gran interés y por momentos son francamente poéticas.

En otras palabras, La Venus de las pieles constituye un texto fascinante e indeclinable. En ese orden. Fascinante por la enorme tensión erótica que lo recorre, tensión que, al no resolverse jamás mediante una consumación normal –por llamarla de algún modo– sino en cambio a través del pacto perverso sumisión/dominio, amo y esclavo, que impregna el texto, atrapa al lector por la expectativa de una resolución que, como era de prever, no le será suministrada. E indeclinable porque el texto de Sacher-Masoch, escrito en el último cuarto del siglo XIX, explicita con una riqueza de detalles inusual en la época el porqué y el cómo de la constitución de un cuadro psicopatológico que las transformaciones culturales y psicosociales de más de cien años no modificaron. Es notable su pintura del proceso por el cual los conflictos primarios de una persona –Wanda, por ejemplo– afloran frente al estímulo del que se propone como esclavo, y se desarrollan hasta que la fantasía sadomasoquista se hace realidad. Con alguna sorpresa ella le dirá a Severin en un momento: “Había predisposiciones dormidas en mí, pero tú las despertaste”. Y más adelante: “Recién comprendo que es realmente un placer tener a una persona de este modo bajo mi poder”. Wanda encarna asimismo la bivalencia del lugar que ocupa en el contrato, la intercambiabilidad de su rol ante la aparición de un objeto (el bello y cruel príncipe griego) que moviliza la cara opuesta y simultánea de su conflicto. Por eso puede afirmar también respecto de ese tercero antitético: “La mujer necesita a un hombre que la ponga de rodillas”.

El valor ilustrativo de este libro le valió a su autor –junto con el Marqués de Sade– el mérito de que su nombre pasara a identificar la entidad clínica que el texto pone en escena.

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