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Domingo, 18 de enero de 2009

Ceremonia secreta

El ascendente español Andrés Barba recorta el mundo extraño de la infancia para afinar una sensibilidad artística notable.

 Por Angel Berlanga

Las manos pequeñas
Andrés Barba

Anagrama
111 páginas

Hay varios asuntos notables en Las manos pequeñas, la última novela de Andrés Barba. Una síntesis brutal de la historia: a una niña de siete años se le mueren los padres en un accidente de auto –ella iba ahí, también–, deriva en un orfanato, sus compañeras mezclan y practican amor y odio con la distinta, se inauguran por iniciativa de la recién llegada, unas ceremonias secretas y nocturnas. Bueno: esta brutalidad, esta explicitud, contrasta de lleno con la delicadeza de la figura que contornea este escritor madrileño con una prosa que talla dos sensibilidades en pugna y conquista. De un lado Marina, que llega a su “nuevo hogar” con su cicatriz y su muñeca, deseosa de ser aceptada, y del otro las otras, acomodadas ya en un modo de ser y estar y, a la vez, expectantes y recelosas de la nueva. Para narrar esto, alterna una tercera persona que cuenta qué le pasa, qué siente, qué hace Marina, y un “nosotras” que hace lo propio pero desde las afecciones del grupo tras su aparición. Sobre la eficacia de esta estructura, Barba despliega una serie de pares propios de la infancia –la candidez y la crueldad, la cercanía entre acariciar y lastimar, la soledad y el amparo, la diversión y la violencia del juego– con una escritura que compone una atmósfera de ensueño, engañosa y verosímil a la vez, que remite por tramos a la luminosidad excesiva de algunos días, que remite por tramos a la penumbra confusa de algunas noches.

“Nosotras habíamos sido felices antes de que llegara Marina con su pasado.” “No conocimos la tristeza hasta que conocimos la comparación.” “Cuando no había venido aún, al principio, fue la especulación. No sabíamos amar de otra manera.” “Si una adulta no miraba le pegábamos. Casi nunca muy fuerte, un pequeño golpe. Se agachaba para coger alguna cosa y le clavábamos el lápiz afilado en el culo. Entonces ella daba un respingo y nos reíamos. Su cara se llenaba de la humillación, como un vaso.” “Misteriosamente todas fuimos acercándonos a ella, sin pretenderlo. Una enorme atracción nos empujaba a desear su contacto, a buscar su voz, a desear sus gestos.” La envidia y la fascinación por el diferente y como consecuencia la frustración, la agresividad, la compulsión por sopesar cada mínimo movimiento, por develar sus secretos, las claves por las que consiguió esa condición; del otro lado, y apenas por no plegarse incondicional al rebaño, apenas por los detalles singulares que trae –una película ya vista antes, la cicatriz del accidente– y por las reacciones que despierta, Marina descubre que es distinta.

Barba corona este escenario de iniciaciones entrelazadas con una más, el juego nocturno que organiza su niña: cada noche una de sus compañeritas es escogida por ella para ser una muñeca que no puede hablar, cuerpo para el juego y el deseo de las otras.

“Marina se empeña en tocar constantemente su descubrimiento, como el recién nacido toca su cuerpo para reconocerlo. ¿Y si muy pronto ese descubrimiento fuese tan grande que Marina se viera desbordada por él? Entonces solo podría imponerse a las niñas. No habría ya día. No habría ya noche. Se vería obligada a hacer de sí misma lo que el destino le ha impuesto a través de su descubrimiento. Es como si llevase consigo constantemente todo lo que sabe, como se lleva algo altanero, algo cruel, una bandera. Soy distinta. Basta con confiar, aun por un segundo, en ese pensamiento para que todo se transforme.”

Barba nació en 1975. Un par de años atrás ganó el Anagrama de ensayo con La ceremonia del porno, en coautoría con Javier Montes; en 2001 fue finalista del Herralde con La hermana de Katia. Publicó, además, El hueso que más duele y La recta intención, entre otros. Es licenciado en filología hispánica. Su literatura le gusta mucho, por ejemplo, a Vargas Llosa y a Rafael Chirbes. En Las manos pequeñas, además de lo dicho, se lee una notable sensibilidad para narrar sentires y sentidos. O sea que como si fuera poco, pinta bien.

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