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Domingo, 31 de enero de 2010

Cuando todavía

Como corolario del año onettiano que acaba de culminar (en 2009 se cumplieron los cien años del nacimiento de Juan Carlos Onetti) se publicaron varios libros referidos a su obra. Aquí, las cartas de un joven y entusiasta escritor con el crítico de arte Julio E. Payró, y un ensayo del peruano Alonso Cueto sobre varios de sus cuentos más famosos.

 Por  Samuel Zaidman

Cartas de un joven escritor

Correspondencia de Juan Carlos Onetti con Julio E. Payró

Edición crítica, estudio preliminar y notas:

Hugo J. Verani

Trilce / Lom / Beatriz Viterbo

176 páginas

El soñador en la penumbra

Alonso Cueto

Fondo de Cultura Económica

182 páginas

Entre todas las cosas que se han publicado en 2009 a propósito de los cien años del nacimiento de Juan Carlos Onetti, se destaca la edición de la correspondencia que mantuvo con el crítico de arte argentino Julio E. Payró. La relación epistolar, alimentada con encuentros personales, comienza cuando Onetti tiene 28 años, apenas tres cuentos publicados y una situación laboral inestable y poco gratificante. Por su parte, Payró, diez años mayor, ya es un reconocido intelectual vinculado al diario La Nación y la revista Sur. El libro, compilado por Hugo J. Verani, reúne 64 cartas escritas por Onetti entre 1937 y principios de 1943, el año en que vuelve a radicarse en Buenos Aires para trabajar como secretario de redacción en la agencia de noticias Reuter, y tres cartas ya más espaciadas, de 1946, 1947 y 1955. Abarcan por lo tanto, básicamente, un período de seis años de una fluida correspondencia y un intenso trabajo literario; es la época en la que logra publicar El pozo (“la rehíce por tercera vez y creo que quedó peor que nunca”), escribe Tierra de nadie (que ganará el segundo premio del concurso de la editorial Losada) y Para esta noche (concluida en tiempo récord para presentarla en otro concurso).

Las cartas revelan, en primer lugar, el interés de Onetti por la pintura francesa de fines del siglo XIX, sobre todo la atracción que ejerce sobre él la obra de Gauguin y Cézanne. Es productivo entonces, como hace Verani en su “Estudio preliminar”, confrontar los principios de la estética posimpresionista con los procedimientos narrativos onettianos. De hecho, Onetti declara la escasa utilidad de sus lecturas sobre técnicas y problemas literarios, mientras que “casi todo lo que he aprendido” al respecto, dice, “ha sido en críticas de pintura”. Está buscando una forma, todavía no ha creado la ciudad imaginaria de Santa María, es autocrítico pero al mismo tiempo está seguro de sí mismo, por eso reconoce el valor de su escritura pero no se siente completamente satisfecho. Luego de terminar Tierra de nadie, dice: “Me parece bien hecha, interesante, aunque no es eso, todavía”. Mientras tanto descubre a William Faulkner, lee Santuario en francés y Las palmeras salvajes traducida por Borges. Lo llamará irónicamente su “enemigo”, porque “en la clase de cosa que yo quiero hacer mis rivales están en U.S.A. ¡Siempre el imperialismo!”

Si el escepticismo está presente en estos textos del joven Onetti, tanto como su naturaleza solitaria o su “cínica indiferencia”, no menos cierto es que los atraviesa un notable sentido del humor que, como él mismo señala, es una forma de cortesía. Sería de mala educación abrumar al otro con nuestras penas. La excepción es, sin duda, la dramática carta que escribe contando el fin de su segundo matrimonio: “si no me maté enseguida es posible que me haya salvado” dice, mientras trata de atenuar su dolor con algunas ironías. De esa crisis saldrá con una sorprendente intensidad, viviendo el equivalente de dos años agitados en sólo un mes, dedicado “a la angustia, al alcohol, a la gimnasia, a la literatura, al donjuanismo, al trabajo y al amor”.

La intensidad es, tal vez, el rasgo más apropiado para definir estas cartas, se trate de la alegría o de la tristeza, de los compromisos periodísticos que lo desbordan o de “las enormes, rabiosas ganas de escribir” que tiene. El libro incluye una serie de notas imprescindibles para reponer referencias culturales y aclarar, en lo posible, los sobreentendidos propios del género. Por último, es sorprendente que al final de la correspondencia que se interrumpe en 1943 Onetti recurra a estrategias plenamente ficcionales. Le envía a Payró una carta de recomendación para su joven amigo Homero Alsina Thevenet que viajará pronto a Buenos Aires, en la que el propio texto dice ser escrito por Alsina como si fuera Onetti: “Es muy impertinente: lo bastante como para haber escrito esta carta por mí, porque yo tenía mucho trabajo y lo dejé solo”. Tres días después, en respuesta a un comentario de Payró sobre una novela que le enviara para su consideración, le “confiesa” que en realidad tiene un ángel llamado Apolinario que le dicta cuanto escribe. Como éste ha leído esas observaciones, Onetti adjunta la extraordinaria y divertida respuesta de su alter ego. Resulta así un cierre perfecto que explicita que la ficción ha triunfado sobre la realidad; que el sueño, aquí también, se ha realizado.

Por su parte, el narrador peruano Alonso Cueto, ganador del premio Herralde de novela en 2005, publica El soñador en la penumbra, un breve ensayo cuyo tema central es el contraste entre juventud y vejez, ciudad y campo en los cuentos de Onetti. Por un lado, narradores viejos que ironizan sobre la pureza moral de los jóvenes, juventud que sólo puede ser preservada por la ficción. Por el otro, el espacio urbano del encierro y el fracaso frente al espacio abierto de la costa como utopía. Partiendo del análisis de los que, a su juicio, son sus mejores relatos (Un sueño realizado, Bienvenido, Bob, El infierno tan temido, Jacob y el otro y La novia robada) concluye que en el escepticismo de sus personajes hay un rasgo esencial de inocencia. Por eso elige para definirlos la metáfora del claroscuro, porque en todos ellos se produce una revelación, una transformación, cuando en la oscuridad en la que viven son atravesados por la luz del sueño. Básicamente ambiguos, “nostálgicos del paraíso” pero “felices habitantes del infierno”, Cueto encuentra la mejor expresión de esa paradoja al señalar que Onetti es el escéptico que le sonríe a la muerte como pocos optimistas podrían hacerlo.

El ensayo es la reescritura de una tesis doctoral presentada originalmente en 1984 en la Universidad de Texas, Austin. Es probable que el hecho de ser una adaptación para un público no académico sea la causa de que parezca a medio camino entre la tesis y la divulgación. Es así que, por un lado, cuando se concentra en el análisis de los cuentos, el libro resulta una muy buena introducción al mundo de Onetti, mientras que, cuando toma distancia para reconstruir una tradición que exalta los valores de la juventud, se aleja de su objeto y por momentos parece irse por las ramas, como remontarse a los tiempos de Vicente Fidel López y Alberdi, o atribuirle al peronismo clásico una naturaleza juvenilista.

Más pertinente es el relevamiento que hace Cueto del contexto cultural más próximo a los comienzos de Onetti, es decir, las novelas y ensayos de los años treinta: Arlt, Bioy Casares, Borges, Scalabrini Ortiz, Gálvez, Martínez Estrada y, sobre todo, la comparación con la obra de Mallea, una figura clave por entonces, director del suplemento literario de La Nación, modelo de “seriedad” y “espiritualidad” del país ilustrado. Quizás en este caso Cueto encuentra más semejanzas de las que debería, destacando algunos rasgos superficiales en común pero soslayando profundas diferencias estéticas e ideológicas. (En las cartas de Onetti a Payró queda claro qué piensa sobre Mallea, leyendo los comentarios irónicos que le dedica.) En este punto es también llamativo que la tradición desde la cual el autor lee a Onetti sea excesivamente argentina. Es una lástima, finalmente, que la edición olvide traducir las citas en inglés y francés.

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