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Domingo, 31 de enero de 2010

Lo que me costó

El Extranjero >La publicación póstuma de la novela fragmentaria The Original of Laura, de Vladimir Nabokov, trae una vez más la eterna discusión: ¿por qué publicar aquellos textos que el autor prohibió expresamente dar a conocer tras su partida? Lo cierto es que Dimitri, hijo de Nabokov, desoyó al padre y se justificó en un prólogo que en este artículo de John Banville es desmenuzado con gracia e ironía.

 Por John Banville

Podríamos empezar por el título. La sobrecubierta la presenta como The Original of Laura: A novel in fragments, mientras el título en la página de apertura varía hacia The Original of Laura (Dying Is Fun). Sin embargo, el propio autor, sobre la primera de las 138 tarjetas de archivo en las que la novela –llamémosla novela, por ahora– está escrita, llama al libro meramente The Original of Laura.

El subtítulo A novel in fragments es fácilmente aceptable como la adenda de un editor, toda vez que el libro se publica en forma póstuma, pero ¿de dónde vino Dying is Fun (Morir es divertido)? El biógrafo de Nabokov Brian Boyd nos dice que The Original of Laura: Dying Is Fun fue “un primer título tentativo” que Nabokov apuntó en su diario en diciembre de 1974, tres años antes de su muerte. Dying Is fun tiene un tono apropiadamente nabokoviano pero ¿decidió el autor, o su hijo, que debería ser parte del título final? El libro llega a nosotros desde una región nebulosa, y cualquier visión clara a través de la niebla resultará bienvenida.

Que Nabokov había dejado una novela incompleta se sabía desde su muerte en un hospital suizo en 1977; se sabía, también, que le dio instrucciones a su esposa, Vera Nabokov: que si moría antes de terminar el libro, el borrador debía ser destruido. Su directiva fue desoída, como suelen serlo ese tipo de directivas –uno piensa en Virgilio y la Eneida y por supuesto, en Kafka y Max Brod–. Este último precedente es específicamente evocado por Dimitri Nabokov en su introducción a The Original of Laura. Brod, de acuerdo al hijo de Nabokov, nunca tuvo la intención de destruir el trabajo de Kafka, y Kafka lo sabía; Vladimir Nabokov “ejercitó un razonamiento similar cuando le asignó la aniquilación de Laura a mi madre”. El fracaso de Vera de llevar adelante la triste tarea estuvo, de acuerdo a su hijo, “enraizado en el dejar para después –debido a su edad, a su debilidad, y a su inconmensurable amor”–.

Esta no es la primera de las novelas de su esposo que sobrevive gracias a ella. En su posfacio de 1956 a Lolita, su autor rememora cómo en más de una ocasión llevó un borrador al incinerador pero “fui detenido por la idea de que el fantasma del libro destruido iba a acechar mis archivos por el resto de mi vida”. Hubo que esperar a biógrafos posteriores para apuntar que no era sólo el miedo a los fantasmas lo que detenía la mano de Nabokov sino la mano de su esposa, que no le permitía quemar el manuscrito. Las esposas de los escritores son así.

A pesar de todo, surge la pregunta inevitable: si Nabokov quería destruir el borrador de The Original of Laura, y su mujer no se hubiera movido para salvarlo, por qué ahora, treinta y dos más tarde, su hijo ha decidido publicarla y arriesgarse a ser condenado? No es algo agradable de decir en estas circunstancias, pero la introducción de Dimitri Nabokov es lamentable, estridentemente defensiva, resbalosa en ciertas cuestiones particulares, y con frecuencia repelente en su tono. Imitando a Nabokov padre en su peor aspecto aristocrático y despreciativo, hace alusiones a “periodistas medio iletrados” y deplora las “mentes inferiores” que tuvo la desventura de encontrar durante los años en que se debatía en el dilema de publicar la novela o no.

Leer estas páginas introductorias es como estar atrapado en un cuarto sin ventilación con un adolescente arrogante vestido con la ropa de su padre –que le queda grande– que se queja de lo horribles que son sus profesores en la escuela mientras fuma uno de los mejores cigarros de Papá y se va poniendo verde.

Acerca de las justificaciones que ofrece por la publicación del libro, vale la pena darle espacio: “He dicho y escrito más de una vez que, para mí, mis padres en un sentido no han muerto sino que siguen viviendo, que miran por sobre mi hombro desde un limbo virtual, accesibles para ofrecerme un pensamiento o un consejo que me asista con una decisión vital, sea una crucial mot juste o una preocupación más mundana. Nabokov no hubiera querido que me convirtiera en su persona de Porlock o permitir que la pequeña Juanita Dark –porque ése era el nombre de la primera Lolita, destinada a la cremación– se quemara como una Juana de Arco contemporánea”.

Al final de la página, y como conclusión, abruptamente abandona los modos señoriales y dice que decidió publicar el libro porque “soy un buen tipo, y habiendo notado que gente en todo el mundo me llamaba por mi nombre mientras empatizaban con el ‘dilema de Dimitri’, sentí que sería amable aliviar su sufrimiento”.

Dejando de lado la pregunta ética sobre si el deseo expreso de un hombre moribundo debe ser aceptado o ignorado, parece, al menos para algunos de nosotros, que el único criterio fue si la novela estaba lo suficientemente cerca de estar terminada como para justificar su publicación.

Nabokov era un estilista famosamente meticuloso y hubiera muerto antes de dejar aparecer un trabajo que no haya sido corregido hasta lo más refinado. Bueno, él murió y su trabajo ha sido publicado. Refinado no es, es fragmentado. Lo que tenemos, de hecho, es poco más que un bosquejo borroneado, el escalofrío preliminar de una novela. Y sin embargo...

Esta edición es un triunfo del arte de los hacedores de libros, y el diseño de Chip Kidd (nombre nabokoviano por cierto) es magistral. Habrá quienes deploren la producción por ser un truco, pero los mejores magos dependen de sus trucos para sus más elegantes ilusiones. Y The Original of Laura de Knopf es magia directa, desde la sobrecubierta, con su blanco y negro que se difumina con toques de rojo, hasta la cubierta de tela que reproduce las últimas palabras de Nabokov el novelista, hasta las pesadas páginas grises divididas en dos, en la mitad de arriba las reproducciones fotográficas de las 138 tarjetas de archivo, por delante y por detrás, y en la mitad inferior, el texto impreso, que incluye faltas de ortografía, resbalones de la lapicera, espacios en blanco, todo. Una evasión, o quizá más que una evasión.

Las reproducciones de las tarjetas están perforadas en los bordes, como nos informa una “nota sobre el texto”, pueden ser “removidas y reacomodadas, así como seguramente lo hizo el autor mientras escribía la novela”. Esto parece dudoso, porque la mayoría de las tarjetas tienen texto continuo de una a la otra, y sacarlas de las páginas para mezclarlas haría que la trama –tenue y elusiva como es– pierda sentido.

¿Y la ficción? Es un flujo: ni siquiera los nombres de los personajes son fijos. La protagonista, si podemos llamarla así, la mismísima Original, es Flora Wild (apellido verdadero Lind), la hija de un fotógrafo famoso y –parece– homosexual, y de una olvidada bailarina rusa. La época es difícil de determinar, pero parece pertenecer a la de las novelas que Nabokov escribió en su exilio europeo.

Uno se da cuenta qué bendición artística disfrazada fue que las exigencias de los tiempos forzaran a Nabokov a marchar hacia el oeste, porque Estados Unidos fue el más grande y mejor regalo que un escritor como él podría haber recibido, dada su inclinación por el ingenio y el dandismo de boulevard. En los grandes trabajos de sus años norteamericanos, especialmente en Lolita, con su constante zumbido de angustia en el fondo, soportamos el tedio de luchar con sus juegos de palabras y sus rompecabezas porque vemos en ellas diversiones desesperadas.

El regreso de Nabokov a Europa después del éxito de Lolita y Pálido fuego significó una caída, o al menos un retorno a las malas manera de la preguerra. Como Transparent Things o Look at the Harlequins! –ah, ¡ese signo de exclamación!– The Original of Laura es demasiado autoconsciente y el tono erosiona el oído y los nervios, hasta que uno se siente atrapado en una conversación con un incansablemente frívolo flaneur.

Aun así, el libro es profundamente interesante, no tanto por lo que cree ser sino por lo que sabemos que es: el trabajo final de un maestro. La destellante narración de Flora –hay muchas alusiones en broma a Lolita, incluyendo un personaje llamado Hubert H. Hubert– y su patéticamente corpulento pero brillante y rico marido, su amante anónimo que ocasionalmente es nuestro narrador en primera persona, sus oscuros amigos y las poco amigables sombras entre las que se mueve, le da lugar gradualmente a la historia de un hombre gordo (parece ser el esposo de Flora, Philip Wild) que conduce un experimento de pensamiento sobre sí mismo que, si funciona, terminará con su desaparición, empezando por los dedos de sus pies y subiendo desde allí. Es una buena imagen, y desesperadamente triste, especialmente teniendo en cuenta que Dimitri Nabokov nos ha informado de la agonía que sufrió su padre en los últimos meses de su vida por la inflamación de las uñas de los pies. Es una información que probablemente habría sido mejor ignorar. Como testimonia el relato de los últimos días del padre que hace el hijo, y como muestra la novela final del padre, en contradicción al subtítulo de Vladimir Nabokov, morir definitivamente no es divertido.

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