libros

Domingo, 25 de abril de 2010

En estado de gracia

Flannery O’Connor fue una de las grandes escritoras sureñas, profundamente espiritual y rigurosa al mismo tiempo. Escribía como quien cumple un deber, y el primer deber era un mandato: escribir bien. En paralelo a sus cuentos y novelas, fue explicándose a sí misma en unos ensayos que tras su muerte se reunieron bajo el nombre de Misterio y maneras, que ahora tienen su versión en español.

 Por Esther Cross

En los últimos años de su vida, Flannery O’Connor salió varias veces de la granja Andalusia, su refugio de Milledgesville, para leer cuentos y dar conferencias. Robert Fitzgerald, un gran amigo, la recuerda “colgando de las muletas frente al atril, seria y ferviente”. O’Connor murió cuando tenía treinta y nueve años. Dejó dos novelas y dos libros de cuentos, uno publicado y otro inédito, pero eso no era todo. Entre sus papeles, había copias en carbónico de sus ensayos. Robert y Sally Fitzgerald los editaron en un libro llamado Misterio y maneras.

Qué tiene que tener un escritor para ser un escritor verdadero; cómo se escribe un cuento y –sobre todo– qué es un cuento, a qué lector dedicamos la escritura, cuál es la novela a la que aspira un escritor serio, por qué los escritores del sur de Estados Unidos hacen lo que hacen y no lo que les piden, cuál es la importancia del lugar de origen en la escritura, de qué hablan realmente las historias, cómo ser escritora y católica a la vez, son los temas que trataba Flannery O’Connor mientras el lobo de las enfermedades, el lupus, despedazaba su cuerpo.

Cada vez que volvía a casa después de una conferencia, decía que era la última. Las charlas y lecturas le quitaban tiempo y fuerza a la ficción. El “vaudeville literario” no le interesaba. Le hacían preguntas inadmisibles. Para su editora, los ensayos ejercían una pésima influencia en su estilo. O’Connor le daba la razón, pero en vez de abandonar la gira discontinua, reincidía. ¿Por qué aceptaba? ¿Estaba haciendo un mal negocio existencial o sabía lo que hacía?

En primer lugar, no quería ser una carga económica para su madre. Cuando Richard Gilman fue a visitarla a la granja, madre e hija lo invitaron a almorzar. Gilman se quedó unos minutos a solas con la madre, que se quejó porque se vendían pocos ejemplares de Sangre sabia, la primera novela de Mary Flannery. “Es cierto –respondió Gilman–, pero tiene cada vez más prestigio.” “El prestigio no paga la cuenta del almacén”, dijo la madre de O’Connor, y ahí se acabó el tema. Pero hay razones que superan las innegables razones financieras. Flannery O’Connor cumplía una misión que ella misma se había encomendado: quería explicar su trabajo en ensayos que escribía, revisaba y reescribía de manera infatigable. Esa misión tenía sus motivos: por algo quería explicar su posición como escritora en general y especialmente su posición como escritora en el mapa literario de los Estados Unidos.

En un texto sobre O’Connor, Joyce Carol Oates pone de manifiesto las diferencias entre O’Connor y sus contemporáneos. Flannery O’Connor era una rara. Oates dice que “sus historias atacaban, de manera frontal, la sensibilidad del lector (...). No eran cuentos refinados al estilo del New Yorker, en los que sólo pasaban cosas en la mente de los personajes, sino historias en las que pasaba algo de una magnitud irreversible, frecuentemente una muerte violenta”. Eso no siempre les gustaba a los demás y la hacía blanco de todo tipo de reacciones.

O’Connor recibía críticas elogiosas por sus novelas pero también comentarios cargados de un odio explosivo. Decía que “lo bueno de escribir cuentos es que nadie les presta la más mínima atención”. Algunos críticos llegaron a decir de ella que era una sureña aislada, solterona, enferma y pesimista. En sus ensayos, desactivó la bomba de tanto golpe bajo. ¿Quién era la escritora que viajaba en aviones, colectivos y coches por Estados Unidos? Tenía un acento tan marcado que a veces no se le entendía y alguien dijo que sonaba como el Pato Donald. Mary Flannery O’Connor era su auténtico nombre, pero demasiado largo para una escritora y por eso prefería llamarse Flannery O’Connor a secas. Aunque a veces la gente no supiera si Flannery era nombre de hombre o de mujer, la confusión era mejor que la otra opción disponible, Mary O’Connor, porque “¿quién iba a comprar los libros de una lavandera irlandesa?”.

Había nacido en Savannah, en una familia católica. Fue a colegios de monjas. Había dejado el sur para formarse en Iowa, pasar un tiempo largo en Yaddo y otro en Nueva York. Pero extrañaba su mundo y la enfermedad la llevó de nuevo a casa. Allí quedó, con su madre, en la granja Andalusia, haciendo “vida de campo desde una mecedora”, literalmente rodeada por sus pavos reales que se reproducían hasta ocupar todo el jardín y los escalones del porche. Tenía una rutina inalterable. Todos los días se sentaba a escribir en el mismo lugar y el mismo momento, durante horas. No le gustaba que pusieran su foto en sus libros. Prefería su autorretrato y, mucho mejor, nada. Los remedios la desfiguraban. En 1953, cuando conoció a un vendedor de biblias danés, que fue probablemente su gran o único amor, estaba medio pelada, hinchada por la cortisona, con los músculos fláccidos. Siempre vestida con su uniforme de preceptora o sus jeans gastados, salía a pasear con el vendedor de biblias por el campo. Se hicieron confidentes y amigos. El vendedor de biblias le dio un beso (“fue como besar un esqueleto”, dijo él tiempo después), se fue a Europa, se casó con otra y Flannery O’Connor sufrió mucho pero también escribió uno de sus mejores cuentos. En sus charlas, también hablaba, aunque sin referencias autobiográficas, del poder reparador de la escritura. Si había tantos escritores sureños buenos era porque el Sur había perdido la Guerra y tenían recursos para contar esa caída. No se trataba de que la caída fuera un gran tema. Lo importante era qué hacer con ella, cómo contarla. La caída era una desgracia y para Flannery O’Connor escribir un buen cuento era estar, por el contrario, en estado de gracia. Permanecía fiel a su región y escribía desde ella pero sin “explotarla”. Escribía en diálogo con el Mientras agonizo de Faulkner, atenta al libro algunas veces y otras olvidándolo para que su peso no la aplastara. Encontraba los modelos de sus personajes en la ciudad, en la granja, entre los patrones, los inmigrantes, los negros que vivían en las cabañas y su madre, Regina, que aparecía con seudónimo, transformada en personaje, en algunos de sus cuentos. Una vez el Ku Klux Klan quemó una cruz a pocos metros de su casa para darles la bienvenida a tres miembros. Dicen que su actitud hacia los negros era patronal –de hecho, era la patrona– y se negó a recibir a James Baldwin en Andalusia para no provocar la ira, sobre todo de su madre. Pero era una admiradora de Martin Luther King y en sus historias todos los personajes son tratados con muchísimo respeto. Iba a misa todos los días y observaba su mundo desde una perspectiva tímida e inteligente.

Según Brad Gooch, autor de una excelente biografía de Flannery O’Connor, ella sentía la necesidad de dar cuenta de sus intenciones. Aseguraba que escribía como escribía porque era católica, y muchas de sus conferencias son una abierta respuesta a quienes pensaban que su religión era un obstáculo para la escritura.

O’Connor se presentaba como una escritora católica, pero había otro detalle de peso a la hora de entenderla. Era, específicamente, una escritora católica que vivía en el Cinturón Bíblico de Estados Unidos, esa región que ya no estaba “centrada en Cristo pero sí bajo su influjo”. El temor desmedido a Dios, el Antiguo Testamento y la idea de la predestinación gobernaban ese mundo que O’Connor compartía y observaba desde su silla de escritora, bastante fuera de lugar en todas partes. Después escribía cuentos, donde contaba sin dar explicaciones, y ensayos, donde explicaba y contaba su experiencia de escritora al mismo tiempo.

Los ensayos de Misterio y maneras fueron escritos por una escritora que escribía sobre el pecado original y la condena, la caída y la redención. Sus historias están pobladas de personajes santos o diabólicos, humanamente comprensibles. Era despiadada a la hora de mostrarlos porque su misión de escritora no consistía en tener piedad sino en tener una visión. Era una escritora católica y estaba convencida de que el deber del escritor católico consistía en ser, ante todo, un buen escritor.

O’Connor también fue una vez a Europa, con su madre, en una especie de tour religioso. En la gruta de Lourdes rezó por la novela que estaba escribiendo y “no por mis huesos, que me importan menos”. Tenía una visión de la vida y los libros y sintió la necesidad de comunicarla. “No era una belleza”, dijo alguien alguna vez, “pero sabía contarte una historia”. Fue lo que hizo en esos viajes cansadores, cuando leía, seria y concentrada frente al atril, colgada de sus muletas, en estado absoluto de gracia.

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