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Domingo, 15 de diciembre de 2002

OBRAS PARALELAS

Un mundo de sensaciones

Hace cuarenta años, La galaxia Gutenberg de Marshall McLuhan y Obra abierta de Umberto Eco iluminaron como dos supernovas el universo de la crítica cultural con sus hipótesis audaces y, entonces (cuando la electrónica recién daba sus primeros pasos), malinterpretadas tanto por la derecha como por la izquierda. Hoy pueden leerse esos libros como dos hipertextos de la era de la reproducción digital.

POR DIEGO BENTIVEGNA
Hace cuarenta años, en 1962, Marshall McLuhan (1911-1980) publicaba La galaxia Gutenberg y Umberto Eco (1932), Obra abierta, dos libros que no han dejado de prodigar un cúmulo de fórmulas masticadas como mantras por los teóricos del arte y de la comunicación: el medio es el mensaje; la aldea global; la imprenta como máquina esquizofrénica que segmenta, abstrae, homogeneiza; la obra de arte como un evento en un campo de posibilidades, como metáfora epistemológica y como mecanismo que genera una cantidad indefinida (¿infinita?) de interpretaciones, etc., etc., etc. La galaxia Gutenberg, a pesar de la serie de ataques paranoicos y de malosentendidos de los que fue objeto (“soy un hemisferio derecho que habla a hemisferios izquierdos”, declaró McLuhan en una entrevista hecha por Tom Wolfe), es uno de los productos más eficaces de un conjunto de estudios llevados adelante por autores del Nuevo Mundo que trabajaban, contemporáneamente, en torno de la incidencia de la escritura en los procesos cognitivos y sociales, como el antropólogo Jack Goody, el filólogo clásico Eric Havelock o el padre Walter Ong.
Leída a distancia, La galaxia Gutenberg no es sólo el delirio teórico de un bricoleur criptocatólico (McLuhan se convirtió a la religión de Roma en su madurez) empecinado en reconstruir, a partir de los medios electrónicos, una ecumene perdida, sino una máquina de generar hipótesis (muchas veces, es cierto, como al pasar) y de acumular citas que hace de él un extraño “libro-mosaico”: una suerte de incunable de la hipertextualidad que parece no poder dejar de repetir hasta la saciedad lo mismo: la era electrónica supone un cambio abrupto con respecto al mundo de la era de la imprenta, la más formidable entre las máquinas de producir esquizofrenia sin la cual los procesos ligados con la racionalidad ilustrada (cálculo, orden, progreso, pero también nación, ejército, escuela, gramática nacional) no hubiesen podido siquiera esbozarse.
Obra abierta (que según sus exegetas, forma parte del período presemiótico de Eco, con el Diario mínimo y Apocalípticos e integrados) anticipa en un año algunas hipótesis planteadas en el primer encuentro oficial de la neovanguardia italiana (Palermo, 1963) y delimita el campo de aplicación de la teoría interpretativa en la que su autor aún trabaja desde su cátedra de Bolonia: el arte y los medios masivos de comunicación. El libro de Eco fue leído, a derecha e izquierda, como la provocación gratuita y pedante de un joven filósofo cuyo tufillo clerical no había sido del todo borrado (en su juventud, Eco fue militante, como Toni Negri, de la Acción Católica). A diferencia del “caso McLuhan”, las críticas a Obra abierta no apuntaban tanto a la falta de articulación histórica del texto; se concentraban más bien en el plano de las operaciones teóricas puestas en juego por Eco, que leía las tercetos de Dante y las estructuras movientes de Calder, la Klavierstück XI de Stockhausen y la “trama televisiva”, como engranajes montados para provocar efectos de lectura múltiples y, a veces, incontrolables “hasta tal punto que, así como el lector escapa al control de la obra, en cierto momento parece que la obra escapa al control de cualquiera, incluso del autor, y discurre sponte sua, como un cerebro electrónico enloquecido”.
El punto de partida de Eco y de McLuhan es la experiencia estética de la modernidad. En el caso de McLuhan, nacido en 1911, dicha experiencia es inseparable de su estadía en la universidad de Cambridge, en Inglaterra, donde defendió una tesis doctoral en Literatura del Renacimiento y donde entra en contacto con las obras de Eliot, Pound (con quien mantendría correspondencia en los años de reclusión del poeta en el manicomio de St. Elizabeth) y, sobre todo, de James Joyce: en La galaxia Gutenberg, el Finnegans Wake es el modo extremo en el que la literatura del siglo XX da cuenta de la llegada de la era electrónica. La “experiencia Joyce” fue, también, el disparador de los desarrollos teóricos de Obra abierta, que surgió de la adaptación rediofónica (para la RAI) de textos del irlandés en la que el joven Eco trabajó, en el ‘58 y el ‘59, con el músico Luciano Berio. El Finnegans, en el libro de Eco (que originariamente contenía loque luego constituiría el volumen autónomo Las poéticas de Joyce), es la obra de arte abierta por excelencia, una epifanía que se corre permanentemente de toda interpretación que pretenda fijarla.
Escritas en un momento extremo de lo moderno donde quizá se plantea por última vez algo del orden de la vanguardia, La galaxia Gutenberg y Obra abierta funcionan también como historias sumarias de la escritura y de la lectura. Se trata, en ambos casos, de dos recorridos que tienen su punto de flexión en ciertas poéticas del siglo XIX: entonces, con Poe, con Baudelaire, con Verlaine, la literatura comienza a percibir el pasaje a la era electrónica (McLuhan). Asimismo, la idea de la obra abierta, que en términos amplios funciona como una definición general de arte, comienza a configurarse como una poética explícita con el simbolismo y, sobre todo, con Mallarmé (Eco). El livre mallarmeano es un “gran cerebro electrónico” (McLuhan), un “cerebro electrónico enloquecido” (Eco), donde ya no hay sólo visualidad sino copresencia de estímulos sensoriales; donde ya no hay linealidad, sino laberintos de recorridos significantes. Forma un híbrido con el mundo. Es, mejor dicho, el mundo.

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