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Domingo, 22 de diciembre de 2002

RESEñAS

19 y 20

EL PALACIO Y LA CALLE
Miguel Bonasso

Planeta
Buenos Aires, 2002
334 págs.

zPOR JORGE PINEDO
Algo muy grave sucede cada vez que es preciso acudir a términos psiquiátricos a fin de describir la situación de un país. El estallido de las categorías de los cientistas sociales resulta el menor de los problemas frente al genocidio desatado. Esquizofrenia y autismo son los vocablos que procuran metaforizar el abismo que divorcia a la corporación gobernante de la población y a la posición política de los primeros con relación a los segundos, respectivamente. Dos universos ruedan y mientras esto ocurre una Nación se desintegra.
Precisamente tamaña escisión es la que Miguel Bonasso abarca al reconstruir ese giro que se produce a partir de fines del año 2001 y sigue arrastrándose hasta el presente, con el 19 y 20 de diciembre de un año atrás como piedra de toque. Al modo medieval, el Palacio congrega a quienes detentan el poder y su séquito, mientras en la Calle un pueblo desespera, a veces resiste y se organiza. En el medio –y no obstante sin mediar–, las fuerzas represivas (esbirros, asesinos, ideólogos, garantes de la impunidad, propagandistas...) procuran torpemente ocupar ese vacío a fin de impedir que la dicotomía, alguna vez, se disuelva.
En El palacio y la calle, Bonasso una vez más instala su oficio al servicio de desplegar esa crónica minuciosa que requiere la historia a fin de establecer sus juicios. Lo logra a través de la sumatoria de pequeños relatos protagonizados por (hasta ese momento) anónimos (del lado de la calle) o más o menos célebres (palaciegos) actores, cuyas acciones intercala con un detalle que mensura el rigor de la investigación. Aspecto en el que el autor de Recuerdos de la muerte se suma al folklore vernáculo según el cual la Historia la hacen los Grandes Hombres, imprimiéndole, sin embargo, un giro destinado a corroborar cómo, por el contrario, son los pueblos quienes pugnan contra semejante tendencia.
Consecuente con sus compromisos, Bonasso recupera y a la vez distingue las prácticas políticas setentistas de las desencadenadas a partir del 19 y 20 de diciembre de 2001, mediante una clave descifrable para quienes experimentaron aquellas vicisitudes de hace un cuarto de siglo. Puente estratégico que en momento alguno procura pasar inadvertido ni permanecer arcano para las generaciones subsiguientes.
En el fárrago de situaciones y personajes, el escritor de La memoria donde ardía desarrolla acontecimientos que oscilan entre el heroísmo sin mácula de un veterano militante callejero o el candor casi bonachón del otrora jefe de Gabinete de la Alianza, Chrystian Colombo. Pese a que la lógica vacilación de uno y la despojada complicidad criminal de otro por momentos se desdibujen, los lugares intentan restablecerse en la contundencia del lenguaje. Así, una caracterización política (“La nueva comunidad de negocios subordinó a gran parte de la clase política a través de la corrupción, unificándola en un discurso ‘realista’, acorde con la ‘globalización’, presentada ésta con la inevitabilidad de los fenómenos meteorológicos...”) produce síntesis brutales, o una melancólica poesía postula el perfil de la miseria: “Arrabal amargo de fábricas cerradas y fachadas cariadas, monótonas, oscuras, detrás de las cuales el humo de los basurales difumina como una niebla maligna las casillas de cartón y latade los asentamientos marginales. Más de un millón de personas sobremueren La Matanza, a las puertas mismas de la ciudad europea”.
Libro escrito en dos meses, resultado de un año de investigación y efecto de una vida abocada no sólo a dar testimonio de la historia sino a intentar modificarla, El palacio y la calle puede constituirse en el primer tramo de otra historia, la que toma la realidad por el cogote.

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