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Domingo, 2 de septiembre de 2012

A la maestra, con cariño

Dentro del difícil rubro de las ficciones escolares, siempre tan riesgoso de sentimentalismos y mensajes, Las crónicas de la señorita Hempel se destaca por su sobriedad y mirada crítica. La joven y ascendente Sarah Shun-Lien Bynum articuló una serie de cuentos en una novela que narra la vida de una profesora que duda, enseña, ama y odia frente a sus alumnos.

 Por Rodrigo Fresán

Así como hay grandes novelas americanas que encogen con los años, también hay mejores jóvenes escritores norteamericanos que nunca llegan a crecer del todo y se quedan, para siempre, en tempranas promesas nunca del todo cumplidas. Parte de la culpa –esa suerte de bendición envenenada– la tiene la buena intención de revistas como The New Yorker o Granta o de prestigiosos suplementos culturales, todos adictos a la elaboración de listas y rankings para felicidad de agentes literarios y, finalmente, casi siempre relativo beneficio de editores.

Pero de tanto en tanto, la puntería es certeza y la contraseña es válida y Sarah Shun-Lien Bynum (Houston 1972, autora de la fantasía victoriana Madeleine Is Sleeping, que resultó finalista del Nacional Book Award) puntuó alto dentro de la lista/antología “20 de menos de 40” propuesta por el prestigioso semanario neoyorquino (donde, de paso, también figuró el para mí mayor talento de la camada, Joshua Ferris, debutante de luxe con la magnífica y entonces llegamos al final y responsable de The Unnamed, seguramente es una de las mejores novelas en lo que llevamos de siglo y milenio) y su sitial ahora parece confirmado con Las crónicas de la señorita Hempel.

Y, de acuerdo, pocas cosas resultan más resultonas que la figura de un maestro y su efecto radiactivo en el alumnado o el eco a veces tóxico de los aprendices sobre aquel que, se supone, se sabe la lección de memoria. Conozcan entonces a Beatrice Hempel, veinteañera profesora de literatura (abundan las referencias a otros textos, otros autores, otros personajes) en un instituto privado de Nueva York –al igual que en esa reciente otra docente, Olive Kitteridge, de Elizabeth Strout– con formato de novela-en-cuentos o cuentos-de-novela. En un principio, recién estrenada, la señorita Hempel parece menos preocupada por programas educativos que por las peculiaridades de un alumnado con el que se relaciona con modales de cronista en paisajes nuevos y exóticos. Así, tal vez, “Talento” –primer relato/capítulo– es de lo mejor del libro. Pronto comprendemos que la señorita Hempel proyecta en los demás lo que no se atreve a contemplar en ella misma y en un pasado complicado y un presente opaco. A saber: alguna vez hiperactiva chica punki con déficit de atención que se sintió genial por un rato y, ahora, mujer con padre muerto, madre y hermana en su contra, novio que le produce cierta repulsión a la hora de sus avances sexuales, una jauría de estudiantes adolescentes, y la inconfesable sospecha de que educar equivale a domar brillantes individualidades para obtener opacas y maleables personalidades en blanco y negro. Sumarle a esto cierta quietud errática de la protagonista y tendremos una heroína diferente que, finalmente, dirá adiós a todo eso. Después, embarazo y, si hay suerte, convertirse en una nueva variedad de maestra más o menos preparada para rendir los implacables exámenes de la maternidad.

Las crónicas de la señorita Hempel. Sarah Shun-Lien Bynum Libros Del Asteroide 261 páginas

Y algo a destacar y advertencia pertinente: frecuentadores de las ficciones escolares no encontrarán aquí el sentimentalismo aristocrático del Mr. Chips de James Hilton, la melancólica resignación del poseído por las letras William Stoner de John Williams, la épica supuestamente epifánica de mujeres valientes enfrentándose a delincuentes juveniles, o la compulsión poética de aquel siempre insufrible Robin Williams subiéndose a su escritorio. Sépanlo: Bynum –con una prosa mitad seca y mitad melódica– no demora en informarnos que la señorita Hempel, con el pelo siempre nevado de polvo de tiza, “no era una buena maestra”, que “el enseñar la había vuelto inútil para cualquier otra cosa”, y que “hubo un tiempo en que pensaba, con cierta ingenuidad, que a los profesores debía de gustarles ver crecer a sus alumnos”. Tampoco parecen interesarle mucho las idas y vueltas de colegas, los chillidos maritales de sus amigas en celo o, enseguida, el insoluble misterio de si hay que reírse o ignorar o castigar cuando un alumno deja escapar un pedo durante uno de sus habituales tests sorpresa.

El último de los ocho episodios –“Encontronazo”, el mejor junto con el primero– nos revela a Beatrice Hempel diez años después, dedicada al planeamiento urbano, y de pronto enfrentada a su pasado corporizado en la figura de Sophie Lohmann –alumna alguna vez luminosa y terrible y prometedora– ahora degradada a recepcionista de gimnasio “demasiado pintada y con trasero perfecto”. La reunión desemboca en un sueño y el sueño va a dar a una visión de un futuro cercano en el que la señorita Hempel lleva a un niño –un niño suyo y nada más que suyo, un alumno de veinticuatro horas al día que le enseñará tantas cosas y, entre ellas, tal vez, su verdadera misión en la vida– por un pasillo largo cuyo final y destino ya no importa.

Es entonces cuando Sarah Shun-Lien Bynum se hace merecedora summa cum laude de un diploma donde se lee –en letras doradas de caligrafía complicada y sinuosa– ese adjetivo tan difícil de merecer y de ganarse por mérito propio.

Y el adjetivo es –todos de pie junto a sus pupitres, vista a la pizarra–- salingeriano.

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