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Domingo, 2 de septiembre de 2012

Los editores salvajes

La aparición de un nuevo policial nórdico ya no debería sorprender a nadie después del furor de Mankell y Stieg Larsson. Pero cuando en Alemania se dio a conocer La tempestad, de Per Johansson, la bomba no tardó en estallar. Los lectores especializados no tardaron en detectar en la novela que la víctima de un asesinato violentísimo era un destacado crítico literario. ¿Por qué tanta saña? ¿Por qué el autor supuestamente sueco no dio la cara? Entre especulaciones y venganzas, se armó una trama digna de Roberto Bolaño que fue la comidilla de la temporada veraniega en los suplementos culturales y revistas alemanas.

 Por Ariel Magnus

En Alemania los libros se lanzan un día determinado, como las películas. Un sello ad hoc solicitando encarecidamente que no se comente el contenido del mismo antes de esa fecha de estreno viene impreso en los ejemplares que reciben, semanas o meses antes, los comentadores de los distintos medios. Por lo general, todos se atienen a esta regla de honor. A mediados de agosto, empero, el editor del suplemento cultural de Die Welt rompió el tabú y comentó un libro que recién estaría a la venta diez días más tarde. Curiosamente, no se trataba del último de Mankell o de un inédito de Larsson, lo que acaso hubiera valido la primicia, sino de La tempestad, de Per Johansson, otro policial tratando de ganarse a los últimos consumidores de la moda nórdica, esta vez firmado por un autor ignoto.

En una larga nota escrita ella misma como un policial, el crítico literario Richard Kämmerlings cuenta que la novela transcurre en la zona de Escania, en el extremo sur de Suecia, “un destino de viaje familiar muy apreciado por los alemanes”. En ese paisaje idílico, alguien descubre un cadáver dentro de un granero, desfigurado al punto de no conservar casi su forma humana. De sus zapatos marca Hutmacher, hechos a medida en una zapatería de Berlín, sólo sobresalen los huesos de las pantorrillas, sin carne ya por los animales carroñeros.

Una vez que logran identificarlo, resulta que el esqueleto pertenece a un periodista alemán, jefe de redacción de un importante diario de su país. Christian Meier, como se llama el occiso en la novela, es descripto como un genio del periodismo, que “sabe captar el espíritu de su tiempo en palabras” y se ocupa de temas de actualidad más allá de lo estrictamente cultural. “Quizá sea difícil imaginarse cuán importante era en realidad, también para aquellos que lo odiaban”, se dice de él en la novela, y las ficticias necrológicas en los medios alemanes lo comparan con el Citizen Kane de Orson Welles.

Con estos y otros datos, el lector alemán sabe, asegura el crítico-detective, que Meier no es un personaje puramente ficticio, sino que debe estar inspirado en Frank Schirrmacher, el editor del suplemento cultural del poderoso Frankfurter Allgemeiner Zeitung. Schirrmacher fue, en efecto, quien introdujo en el suplemento aquellos temas paraculturales, además de ser el exitoso autor de libros de actualidad sociológica (al castellano se tradujo en 2004 su best seller El complot de Matusal, sobre el paulatino envejecimiento de la sociedad).

Kämmerlings se pregunta entonces cómo es que Frank Schirrmacher pudo haber irritado a un desconocido y novel autor sueco al punto de que “se lo tome de modelo para un personaje que sufre una muerte tan espantosa”. La solapa muestra a un hombre con barba de tres días que nació en Malmö en 1962, pero que vive desde los ’90 en Berlín, que estudió esto y trabaja de aquello. Ahí podría haber una pista, pero no: el autor no publicó nada con anterioridad, ningún colega lo conoce y la versión original de la novela no apareció ni en Suecia. Al pedido del diario de hacerle una entrevista, la editorial contesta durante semanas con evasivas, hasta que la encargada de prensa avisa que “ahora me enteré de que no da entrevistas, lo lamento”.

Anonadado por “lo tímido que es este tipito, para alguien que en su ficción hace un pastel de carne con uno de los periodistas más poderosos de Alemania”, Kämmerlings intenta llegar a alguna información por el lado de la traductora. Pero de nuevo sin éxito: de los cincuenta traductores del sueco anotados en el gremio correspondiente, ninguno coincide con el nombre que aparece en la falsa portada. La conclusión es simple: no hay traductor, porque tampoco hay autor sueco. La solapa es tan ficcional como la novela, Per Johansson es un seudónimo. ¿Pero quién es entonces el verdadero autor?

Nuestro detective enlista a continuación las características que debe tener ese autor, de acuerdo con las del narrador del libro, y encuentra al que cabe justito en el boceto: Thomas Steinfeld, editor del suplemento cultural del apenas menos poderoso Süddeutsche Zeitung. Steinfeld es especialista en Mankell y tiene una casa de vacaciones justamente en la zona de Suecia donde transcurre la novela, además de compartir con el narrador su gusto por Bob Dylan. Más: Steinfeld trabajó a las órdenes de Schirrmacher hasta 2001, cuando se peleó con él y se fue. Y por último, la gambeta de más: la contratapa del libro trae una cita de Orhan Pamuk hablando maravillas de la novela. Ahora bien, Pamuk no lee alemán. Pero es amigo de Steinfeld, quien lo viene ensalzando desde antes de que ganara el Nobel, lo ha editado en la misma editorial que sacó este libro y hasta lo visitó varias veces en Turquía.

La editorial no respondió a la especulación. Tampoco el supuesto autor. Por veinticuatro horas. Después tuvieron que admitir que Per Johansson era un seudónimo y que se les había ido un poco la mano con la verosimilización de su inexistente vida, y Steinfeld salió a decir que, efectivamente, el autor verdadero era él (junto a otro). Lo que no admitió aún –y hasta negó indignado– es que el muerto sea su ex jefe Schirrmacher, ese hombre que curiosamente cobró fama en Alemania hace diez años cuando publicó, también antes de tiempo, una carta abierta acusando a Martin Walser de antisemitismo por su aún inédita La muerte de un crítico, en donde se asesina a un crítico literario sugestivamente reminiscente de Marcel Reich-Ranicki, pope (judío) de las letras alemanas en su momento. Cosa que tampoco Walser admitió en su momento ni admite hoy, cuando fueron a entrevistarlo luego de que su libro se volviera de pronto un precursor de un nuevo género, el de la venganza novelística entre hombres de la cultura.

El tema fue la comidilla del verano en los suplementos culturales alemanes. Y hay quien ya supo darle una vuelta más de tuerca. Entrevistado en un programa de radio, el crítico literario especialista en policiales Thomas Wörtche, a quien la novela le pareció aburrida y todo el asunto del periodista muerto algo totalmente marginal, contó extrañado que a él nunca le llegó una copia para reseñar, como sí le llegó a Kämmerlings, que no se ocupa normalmente de ese tipo de literatura. ¿Podría ser entonces una genial maniobra publicitaria ideada por varios diarios y editores complotados? Wörtche, que tampoco quiso perder la oportunidad de ofender a algún colega, dijo que la tesis de la gran conspiración le parece “demasiado inteligente”. Desde su punto de vista, alguien puso el libro en manos de la persona correcta para que le hiciera publicidad gratis, creyendo que hacía un gran descubrimiento.

En cuanto a la víctima, demostró con una sola frase por qué es entendible que alguien pueda juntar ganas de liquidarlo. Recién vuelto de las vacaciones, lo único que declaró acerca de su asesinato virtual fue: “No leo policiales suecos”.

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