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Domingo, 2 de septiembre de 2012

Ambición y sentimientos

Alessandro Mari es un escritor italiano con una larga experiencia como escritor fantasma a pesar de su juventud. Con el oficio a favor y no carente de ambiciones decimonónicas, su novela Tan humana esperanza plantea desafíos narrativos que no siempre logra resolver.

 Por Laura Galarza

“La ambición es el reflejo del ego del escritor, pero también la medida de su valentía”, parece defenderse Alessandro Mari cuando la entrevistadora insiste en la extensión de su primera novela. Con sus casi 900 páginas, Tan humana esperanza es el debut de un joven escritor después de trabajar largo tiempo como ghost writer.

Con escenario en la Italia de primera mitad del siglo XIX, la novela tiene el formato de un rompecabezas de cuatro piezas, cada una liderada por un personaje principal: Colombino, el idiota del pueblo que se ocupa de repartir mierda bendecida para abonar las cosechas; Leda, la monja que escapa de la infelicidad del convento para convertirse en espía de los contrarrevolucionarios; Lisander, un pintor devenido fotógrafo porno y el mismo Giuseppe Garibaldi, héroe de la unificación italiana. El avance de las cuatro historias se logra a partir de cómo cada uno de los protagonistas va sorteando todo tipo de obstáculos de maneras un tanto inverosímiles, fruto de persecuciones siempre injustas.

Tan humana esperanza. Alessandro Mari Seix Barral 877 páginas

Cuando Hemingway recortó trescientas páginas de su original de quinientas de El viejo y el mar, probó para siempre que menos es más en literatura. Sin embargo, Mari se arriesga a ir en dirección contraria. “Es un acto de confianza pero también es porque creo en la novela como forma de comunicación. Adoro la morosidad. Leer en un tempo lento es como hacer el amor.” La confianza de Mari no está sólo en la cantidad de páginas, sino también en la complejidad de la trama y en el heroísmo que destilan sus personajes. Porque ni siquiera Garibaldi resulta de carne y hueso. “Siempre mal no puede ir”, es el proverbio napolitano epígrafe de la tercera y última parte de esta novela que sirve para saber de antemano cómo termina esta historia. A kilómetros de la vida de todos los días, en un tiempo remoto, los personajes no tienen fisuras y son capaces de reponerse de malarias, explosiones, encarcelamientos, derrapes de todo tipo. Indemnes se levantan una y otra vez, caminando con esperanza hacia un ideal. Aunque como en la misma novela se insinúe: “A veces la esperanza signifique ignorancia”.

Así como Garibaldi quiere también liberar a Sudamérica de la dominación imperial, Colombino va desde Sacconago, su pueblo, hasta Roma caminando. Quiere que el Papa interceda en su amor prohibido por Vittorina. Finalmente lo logra después de todo tipo de peripecias en las que llega a comerse la Biblia para no morir de hambre. Cuando emprende el regreso a su pueblo, Colombino se cruza con Garibaldi, que para ese entonces volvió de Sudamérica y va con su ejército librando batallas, con su amada Anita a cuestas, enferma: “Tú siempre en movimiento, yo persiguiéndote”, le dice ella, que conoce mejor que nadie al “Diablo” (como lo llamaba Juan Manuel de Rosas a Garibaldi) y quizá resulte el personaje más real de toda la novela. Colombino se alista como mano derecha del libertador un tiempo y es él, el propio Garibaldi, quien lo impulsa a ir en busca de Vittorina, a quien Colombino sólo conoce de vista pero sin embargo le basta para estar locamente enamorado. El resto de los protagonistas también se cruzan fugazmente en algún punto de la novela.

Tan humana esperanza crea un mundo irreal, difícil de tocar, tanto por los tiempos remotos, como por su tratamiento del lenguaje. Tiene poco de humano, en el sentido de las complejidades del hombre común. También queda claro que Mari es un hábil escritor y que ambición no le falta.

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