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Domingo, 16 de septiembre de 2012

Los idiomas de los argentinos

Desde los 14 años, Andrés Neuman vive en España, donde se mudó con sus padres. Muy pronto debutó con su primera novela, Bariloche, que fue finalista del Premio Herralde. Y desde entonces, en su obra se mezclan la nostalgia por una lengua materna y un éxito editorial y crítico que llegó a su punto más claro con el premio Alfaguara por El viajero del siglo en 2009. En Hablar solos, su última novela, se repliega en la intimidad y plantea tres voces –la de un padre que agoniza, su hijo que lo acompaña e ignora su enfermedad, y la madre que se refugia en el sexo y la literatura– que buscan alguien que los escuche.

 Por Juan Pablo Bertazza

“Balbuceo” es, según Andrés Neuman, la palabra más linda de nuestro idioma. La eligió para los festejos del Día del Español, que se hicieron en todos los centros del Instituto Cervantes, el pasado 20 de junio. “Porque me gustan mucho las palabras onomatopeya y ‘balbucear’ cumple esa tierna duda, esa vacilación al no saber qué decir; la poesía es un balbuceo, algo que nos conecta con dos instancias fundamentales de nuestra vida: la infancia y el amor; se balbucea cuando se es niño y se vuelve a balbucear cuando uno se enamora.”

Neuman balbucea. Y no es un balbuceo que tenga que ver con el horrible concepto de precocidad, con el hecho de que con solo veintidós años haya publicado Bariloche, su primera novela, que fue finalista del Premio Herralde. Se trata de un balbuceo que, acaso, esté directamente relacionado con una vacilación, con una imposibilidad de elección, una división que arrastra a lo largo de su carrera y cuya clave decisiva remite a su rara forma de exilio, un exilio infantil en tanto no fue decisión propia sino efecto de la resolución de sus padres músicos, un pasaje que tuvo lugar cuando él tenía catorce años, que acaso signó su carrera literaria, que lo dejó balbuceando entre el español peninsular –-el español de la ley que cae en desuso– y el español rioplatense –el español de la trampa que se vuelve ley–.

Dos lenguas, dos territorios: la ley del padre y la nostalgia por un lenguaje maternal acaso perdido para siempre. En el medio, entre las dos bandas, el balbuceo de un niño que va abrevando de las dos fuentes, tratando de hacer un lenguaje propio, de dar con la propia voz.

En casi toda la obra de Neuman –diversa, ya que incluye novelas, relatos y poesía– hay un fuerte rasgo de la infancia aun en conductas supuestamente adultas, un detalle, un accesorio casi inocente que termina replanteando toda una personalidad, como es la obsesión de Demetrio, el protagonista de su primera novela, por armar siempre en horario nocturno rompecabezas que recrean Bariloche, la ciudad idealizada de su infancia. También los abundantes viajes en los libros de Neuman dan cuenta, por un lado, de esa aventura exploratoria que implica viajar durante la niñez; y, por el otro, con ese puente que aloja, en verdad, una partición. Claros ejemplos, en ese sentido, son El viajero del siglo, novela de más de quinientas páginas que propone un modelo de viaje laberíntico, siempre postergado, kafkiano casi, con la que obtuvo el Premio Alfaguara en 2009. La coda de ese mismo libro es Cómo viajar sin ver, planeado a propósito del itinerario que suponía la gira por el Premio Alfaguara: un apasionado diario de viajes a lo largo de diecinueve países americanos de un escritor en cuyo mito de origen está marcado a fuego, precisamente, el hecho de viajar. Yendo aún más lejos, la mayoría de sus títulos parecen remitir, por diversas razones, al universo de la infancia, esa infancia dividida por la geografía, la lengua y la escritura: La vida en las ventanas, El que espera, Hacerse el muerto, El jugador de billar, El tobogán, Patio de locos, No sé por qué. Balbuceos.

Hablar solos. Andrés Neuman Alfaguara 179 páginas

Por eso hay algo extraño, algo ajeno, algo que no parece cerrar del todo en esa literatura donde no faltan modismos españoles, demasiado “tú”, tiempos verbales hace tiempo extirpados de nuestro español, pero tampoco, en efecto, algo fuerte que nos convoca. No sirve hablar de precocidad porque la obra de Neuman apunta exactamente a lo contrario: la madurez de su literatura radica, precisamente, en la visibilidad y propulsión que le asigna a la infancia, como si su obra fuera, en parte, una historia de la infancia o, mejor, el mapeo de la evolución de la niñez. Y, en ese sentido, Hablar solos marca, sin lugar a dudas, un estadio de madurez. Lito, el niño de diez años de Hablar solos, lamenta y se exaspera ante la respuesta que le dan sus padres cada vez que les plantea sus ganas de jugar (“más adelante”), viajar (“ahora no”) o aprender a manejar (“ya habrá tiempo”). Una respuesta escalofriante si tenemos en cuenta que el secreto de la novela es la enfermedad terminal de su padre que, a toda costa, trata de ocultarle a Lito. La enfermedad como realidad, pero también como metáfora de un pasaje, de una transformación, de la irreversible obsolescencia de los vínculos. Los caminos de la enfermedad y la enfermedad como camino, citando de paso el tan de moda libro de Dethlefsen y Dahlke que le dio oxígeno al género de autoayuda.

Mario y Lito emprenden, por primera vez, un viaje juntos (otra vez el viaje), un viaje entre padre e hijo, que, a diferencia de la mayoría de los viajes –expansivos, dilatorios y sin fecha precisa de vuelta–, es un viaje contrarreloj, un recuerdo fabricado a las apuradas, una efímera temporada en la que cada minuto está cronometrado. Pero, a su vez, Elena, la madre, se ubica en las antípodas de Penélope y, lejos de esperar a su héroe, emprende su propio viaje, un viaje iniciático, infernal, sexual y paradisíaco a partir de una relación adictiva con el médico de su propio marido: “El placer da esperanza, quizá por eso tantos hombres nos dejan insatisfechas: su deseo no promete. Entran en la cama prevenidos. Como si se estuvieran yendo antes de haber llegado”, reflexiona Elena, quien bucea –balbucea– en las profundidades del lenguaje: analiza las implicancias, los matices de las palabras que nombran, en los distintos países de Hispanoamérica, el verbo del orgasmo (“venirse” en Cuba; “correrse” en España; “acabar” en Argentina; “llegar” en Perú; “irse” en Guatemala) y subraya frases de lecturas que va deslizando a lo largo del libro (Mario Levrero, Chéjov, Javier Marías, Virginia Woolf, Philippe Ariès, Sade, John Banville, Richard Ford, Mallarmé, Flannery O’Connor, Bolaño y, quien tal vez sea una inesperada referente de Neuman, la “escritora infantil” Ana María Matute). Así, al mismo tiempo que nos devuelve un amor infantil y auténtico por la literatura (el que aportan las citas, ya que “en el fondo todo libro es el I Ching”), Elena se revela incapaz de poner en palabras lo que vive con el doctor, incapaz de encontrar en el lenguaje y la literatura una forma de expiación.

No es la única: los tres personajes van transgrediendo de manera notable las barreras entre monólogo y soliloquio: hablan solos dirigiéndose a alguien que acaso sin estar condiciona su discurso, dialogan con personas presentes físicamente, aunque incapaces de erigirse en verdaderos destinatarios de lo que dicen. Al hacerlo rompen a su vez, una vez más, las fronteras entre la adultez y la infancia porque “todo niño es el comienzo de un posible hijo de puta”; porque, tal como cuenta Elena que dice un chico en una película: “los adultos muertos parecen niños. Mi madre parecía una niña. Como si no hubiera crecido. Como si nunca hubiera sido mi madre”. Hay algo de gravedad, entonces, en las lucubraciones delirantes de Lito que, a pesar de tantos indicios, nunca sospecha de la enfermedad de su padre, y hay algo infantil en la impericia resignada a la que se arrojan, a su manera, tanto Elena como Mario.

Hay literatura en Hablar solos. Hay literatura en el sentido de que ofrece un cóctel indisoluble de placer, dolor, angustia y entusiasmo. Indisoluble como aquello a que hace referencia la dedicatoria al principio de la novela: “A mi padre, que es también una madre”. Hay literatura porque se nota que Neuman empieza a aprender a habitar y establecerse en ese incómodo y fugaz lugar de transición entre dos mundos, a definir una voz sin dejar de balbucear.

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Imagen: Victor Neuman
 
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