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Domingo, 16 de septiembre de 2012

Todas las voces

Una antología presenta en la Argentina a Mercedes Cebrián, una nueva autora española que va de la poesía a la nouvelle, pasando por los cuentos y la reflexión enmascarada: un universo de estilos para buscar una voz.

 Por Laura Galarza

En una especie de Toy Story culinario, los alimentos cobran vida mientras los comensales duermen. Después de la asamblea de alimentos, una Crôque-Madame y un Wunderkebab se meten en el horno en busca de intimidad: “Asistimos en la penumbra a su coito. ‘Crôque, gatita, no debemos correr riesgos’, dice Wunderkebab. ‘No deberías embarazarte ahora: ¿qué haríamos con un par de albóndigas mellizas en esta situación?’.”

Eso sucede en uno de los relatos que cierra la antología Oremos por nuestros pasaportes, de Mercedes Cebrián (Madrid, 1971), recientemente editada en Argentina por Mondadori. Además de algunas de sus publicaciones sueltas reunidas en un bonus track final, la antología contiene tres libros de Cebrián: El malestar al alcance de todos (2004), que alterna relatos cortos con poesía; Mercado Común (2006), poemas, y La nueva taxidermia (2011), dos novelas cortas. “¿Habrá algo que les interese a los lectores argentinos dentro de este material?”, se pregunta en el prólogo la autora, quien ha sido una de las invitadas extranjeras a la cuarta edición del Filba, que culmina hoy.

Cebrián, que colabora para medios como El País, La Vanguardia y ha traducido a Perec al castellano, trabaja con textos que tienden al ensayo, donde alguna anécdota o situación es el material simbólico para sostener ideas y fomentar reflexiones más o menos irónicas sobre temas como el matrimonio, las relaciones familiares, la muerte, el paso del tiempo, el consumo, la identidad. “Me conmovió verlos a todos allí tan cobijados bajo la cúpula del templo, esa circunferencia enorme que parecía administrarnos su propia vacuna inmunizadora contra los tambaleos del edificio conyugal”, reflexiona mientras camina hacia el altar el novio de “Aluminosis”, el relato que abre el primero de los libros y que se caracteriza además por intercalar poemas entre los relatos: “Sólo nos falta controlar la miel./ Nuestros intentos vanos de reproducirla/ a través de la melaza o caramelo líquido/ no le llega ni a la suela de los zapatos/ (le auguro mocasines, un calzado/ muy cómodo para salir corriendo/ ante la desmesura de la codicia humana)” (“Del poder y sus límites”). Y la poesía es excluyente en el segundo libro: “Pongamos una joyería. Una joyería en medio/ de la luz. Las joyas en la misma manzana/ que el polideportivo, cerca de las raquetas/ y al lado de las duchas son necesarios/ sortijas de pedida/ buenos marcos de plata” (“Pyme”).

Oremos por nuestros pasaportes. Antología Mercedes Cebrián Mondadori 446 páginas

Mercedes Cebrián es considerada por un sector de la crítica de su país como una escritora posmoderna. “Me honra que consideren mi discurso literario como ‘nueva propuesta’”, declaró en una entrevista. En Qué inmortal he sido, la primera de las nouvelles, una chica alquila un sótano con el objetivo de “reconstruir, recrear, ambientar y resucitar”, en lo que intenta ser una metáfora de la imposibilidad de recuperar el pasado, una fiesta adolescente en la casa de su amiga Virginia, a quien hace tiempo no ve. Cuando termina la obra, la amiga se da cita en el sótano y la protagonista intenta una explicación: “Soy una Pierre Menard, autora de tu piso, le he dicho. Virginia apenas ha leído a Borges, así que el guiño literario le ha resultado ajeno”. Otro de los sellos de Cebrián: menciones de grandes nombres que intentan llevar por un recorrido al lector. “¿Cuál fue la última obra que escribió Molière?”, tienen que adivinar unos amigos durante un juego; o “no entiende las alusiones a Magritte cuando me pongo a fumar en pipa ni mis bromas sobre Duchamp”, dice Ignacio Castaño, el adicto a la cultura de “Retóricos anónimos”.

En la segunda de las nouvelles, Voz de dar malas noticias, Belinda, una cantante que renuncia a utilizar su voz, empieza a hablar con el mundo valiéndose de una media calzada en su mano. Más tarde se aggiorna y encarga tres muñecos: Berta, Miuccia y Juanjo. Con ellos visita a sus padres, viaja en tren y habla con su analista, que un día, saturado, le lanza esa interpretación que cae de madura: ya es hora de que hables con voz propia. “¿Qué somos sino parches genéticos de otra gente?”, le hace decir a su personaje Cebrián, que además de darse el gusto de dibujar al cierre de este relato unas emotions, se hizo fabricar ella también una muñeca idéntica a sí misma, con la que en los últimos tiempos se ha dejado fotografiar.

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