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Domingo, 23 de septiembre de 2012

LA MASCARA DE HIERRO

Hace dos años, después de publicar El mañana (2010), Luisa Valenzuela decidió que no volvería a escribir novelas. Con ese espíritu se fue, en febrero de este año, a Cerdeña, a hacer una crónica sobre máscaras, a propósito del carnaval de la isla italiana. Y allí se encontró con una historia que la obligó a romper su propia promesa. La historia es la del verdadero origen de Perón que, según aseguran en Cerdeña, sería italiano, de nombre Giovanni Piras; y la novela es La máscara sarda, donde además de rastrear la identidad del líder, Valenzuela vuelve a repasar la relación con López Rega, como lo hizo en Cola de lagartija, y a revisitar su gusto por las máscaras, el ocultismo y la magia, para agregarle al mito de Perón una nueva e inquietante extrañeza.

 Por Juan Pablo Bertazza

Así como el lenguaje nos diferencia de los animales, las máscaras nos constituyen como personas. “Persona” remite, en su etimología, a las máscaras con un hueco a la altura de la boca que se usaban en el antiguo teatro griego para que los actores pudieran proyectar la voz, tener palabra. Hay algo de inevitable pluralidad en las máscaras, algo de capas de cebolla que se van pelando, una especie de escalera infinita hacia una desnudez siempre aplazada. Cuesta encontrarle un punto de origen al encantamiento de Luisa Valenzuela por las máscaras, pero es de muy larga data y está ligado a los viajes: como de chica no la dejaban cruzar la calle sola, empezó a inventar diferentes destinos dentro de la manzana de su casa, formada por las calles 11 de Septiembre, Teodoro García, 3 de Febrero y Zabala, donde había mucho terreno baldío. Así, esa manzana se fue llenando, poco a poco, de civilizaciones y paisajes como la selva amazónica y la Malasia, de máscaras que estuvieron presentes desde el principio de su obra –en las primeras páginas de su temprano libro Aquí pasan cosas raras dice: “Pedro y Mario tienen color, tienen máscara y se sienten existir”–, están presentes a montones en el galpón de su actual casa en Belgrano –de todas las formas, de todos los colores y de todos los países del mundo– y están inscriptas, por supuesto, en la genética de su flamante novela, La máscara sarda. Luego de publicar hace unos años El mañana, libro que ella misma considera su legado, su ars poética, que tardó siete años en hacer, Valenzuela juró que no volvería a escribir una novela. Pero en febrero de este año viajó a Cerdeña, cuna de uno de los carnavales más atractivos del planeta, con el propósito de escribir una nota sobre máscaras. Y volvió muy acelerada con un secreto, una historia que solo podía ser contada a través de una novela y una máscara sin terminar cuyos rasgos tenían un notable parecido (de esto se daría cuenta al volver del viaje) con Juan Domingo Perón. La historia, precisamente, esconde el secreto más profundo de uno de los hombres más importantes de la historia argentina: un origen sardo (es decir, italiano), un nombre verdadero –Giovanni Piras– y un enigma que, de tanto querer ocultar, él mismo habría olvidado. Otro sorprendente ladrillo en la pared de los borroneados nacimientos de los principales referentes argentinos, un interrogante que alcanza además a Eva, Tita Merello y Carlos Gardel, de quien por estos días se asegura que nació en Toulouse. Por supuesto, la relevancia de la persona Perón y las confusiones en torno de varios datos de su biografía que él mismo se encargó de generar (¿nació en Lobos en 1895 o en 1893 en Roque Pérez?) ayudaron y mucho. Valenzuela se tomó varias licencias para construir esta novela: enamora a Perón de Grazia Deledda, Premio Nobel de Literatura en 1926, disecciona la incomprensible relación entre el General y su secretario López Rega, el Brujo, el huevo de la serpiente, el inefable personaje resentido por la candidatura de Cámpora, que tortura y castiga a Perón, que vampiriza su yo en las entrevistas que Perón concede a sus biógrafos (entre ellos Tomás Eloy Martínez) y que intenta, entre otras cosas, la transustanciación a Isabel del alma de Evita, en el escenario de la quinta 17 de Octubre, del barrio de Puerta de Hierro, durante el exilio del líder. Algo que ya había trabajado Valenzuela en una novela anterior, Cola de lagartija, aunque ahora incorpora fragmentos de un material ¿valioso?, bizarro, inhallable: fragmentos del libro sobre esoterismo escrito por el propio López Rega. También abreva en una investigación de un autor sardo y un libro del doctor Hipólito Barreiro, ex embajador en Liberia y médico personal en España del tres veces presidente argentino, donde asegura que Perón es hijo de una mujer tehuelche. Valenzuela trabaja con un sustrato de veracidad, pero sin dejar de entrar al barro de la ficción, valiéndose de las rimas de significado del lenguaje, asociaciones y coincidencias notables como la recurrencia del número tres (la tercera posición, la Triple A, el triángulo Perón, Isabel, López Rega, las tres máscaras emblemáticas de Cerdeña, que son la de la Filonzana, la del Mamuthòn y la del Issohador) o la curiosa y mística hermandad entre la isla de Cerdeña y el Puerto de Buenos Aires, ya que ambos se consagran a una misma protección, la de Santa María del Buen Ayre: “Tanto Cerdeña como la civilización sarda son exóticas, antiguas, atávicas, telúricas y maravillosas, por eso enterarme de un aspecto inesperado de algo tan familiar como Perón fue muy raro; lo más interesante es que esta historia, que empezó a circular en Italia a principios de la década del cincuenta, y cuya investigación incluye notas en varios periódicos, muchos libros y la división de Cerdeña entre quienes la creen y quienes no, nunca se conoció en la Argentina”, se sorprende Valenzuela y explica por qué decidió centrarse en aquella etapa de la historia argentina, entre el exilio y la tercera presidencia de Perón: “Es muy atractiva esa época porque marca la presencia del mal y, sobre todo, de un vínculo muy fuerte entre el poder y el esoterismo, como si la búsqueda del poder absoluto tuviera que ponerse de acuerdo con algún plano superior. Pasaban tantas cosas inverosímiles que ficción y realidad, indudablemente, se tocan, dispara Valenzuela, y es cierto que, como la máscara, lo relevante no pasa tanto por la veracidad de la anécdota sino por la función que ejerce, lo que aclara, lo que descubre: las conexiones fascinantes que se tejen entre historia y literatura, dónde empieza una y dónde termina la otra, cuál es cara y cuál es máscara de la otra.

HIJA DE TIGRE

En La máscara sarda, además de desfilar personajes característicos de los carnavales y los antiguos ritos agrarios de Cerdeña, hay una verdadera obsesión por los árboles, árboles propiamente dichos, como el peral silvestre, cuya madera es utilizada en la isla precisamente para hacer máscaras, y los árboles genealógicos, acaso como un arma, una máscara de oxígeno para atravesar el mar de la incertidumbre que existe en torno de los orígenes de Perón. Pero también esa recurrencia de líneas de sangre y líneas de ombligo sirve para pensar algunos aspectos de la escritura de Valenzuela, cuya madre era Luisa Mercedes Levinson, una conocida escritora con una obra importante y una vida tan fascinante que Marco Denevi sentenció alguna vez que “la obra maestra de Luisa Mercedes Levinson fue ella misma”. Un dato no menor teniendo en cuenta, por un lado, que no abundan las relaciones de parentesco entre escritores de nuestro país y, por el otro, que la mamá de Valenzuela realizó una obra sólida en la cual se incluye “La hermana de Eloísa”, relato escrito en colaboración con Jorge Luis Borges: “Gracias a mi madre, pude conocer de chica a escritores como Sabato, Borges, Bioy y Mallea. El cuento que escribió con Borges me impulsó a escribir, me acuerdo que se encerraban en el comedor y cada tanto salían y me contaban que habían trabajado tanto que lograron completar una línea o me preguntaban cosas como ‘¿Qué te parece la frase ‘bustos ecuestres’?’ Yo, que tenía por ese entonces 14 años, pensaba que eran unos estúpidos”.

Lo paradójico es, en todo caso, la insularidad que caracteriza a Luisa Valenzuela, a tal punto que resulta imposible encontrarle algún tipo de filiación literaria: “Puede ser, unos críticos amigos de Estados Unidos me decían, en la época en que empecé a volver al país, que era una escritora rara porque no me podían ubicar en ninguna tradición, que era como nacida de gajo. Quiero decir, me gusta mucho Cortázar, por ejemplo, pero no creo que haya ninguna influencia”, confirma Valenzuela.

¿Ni siquiera con tu mamá encontrás semejanzas?

–Mamá decía que éramos Dumas padre e hijo, claro que yo quería ser Dumas padre y escribir Los tres mosqueteros, pero la verdad es que a nivel literario no tenemos nada en común: ella decía que yo era demasiado analítica para ser escritora, ella era más intuitiva, pero tenía una intuición que no la ayudaba en la vida sino sólo en la literatura, éramos polos opuestos. De Aquí pasan cosas raras, por ejemplo, me dijo que era un libro escrito de repente y debía ser más reflexivo. Ojalá aprendiera a aprender, todo lo tengo que descubrir por mi cuenta, no sé encontrar un modelo y trabajar sobre ese modelo.

DIMENSION DESCONOCIDA

Más allá de la imposibilidad de enmarcarla en alguna tradición, hay varios aspectos que se suelen asociar rápidamente a esta escritora: su trabajo como divulgadora de la Patafísica, sus constantes viajes y residencias en México y Estados Unidos, que le posibilitaron presenciar, por ejemplo, el nacimiento del grupo Tel Quel en Francia, su naturaleza prolífica, su lenguaje haciendo malabares entre el humor y lo poético. Acaso una serie de máscaras que viene a ocultar un rasgo inesperado y sorpresivo de su obra, que renace en esta novela: su faceta política, más allá de haberse iniciado en la literatura con la idea o el mandato de que la ficción y la política no podían ir de la mano. Sin embargo, libros como Aquí pasan cosas raras, que da cuenta de la clandestinidad y riesgo que se vivía en los bares en épocas de transición entre la Triple A y la dictadura, o Cambio de armas, otro conjunto de cuentos, escrito en 1977, que revisa, en tiempo real, el período más oscuro de nuestra historia y fue publicado en Nueva York recién en 1982, dan clara cuenta de eso: “En el ’72, cuando estaba por volver Perón, decido irme a Barcelona por un año con mi abuela, que era catalana. Es decir, largo todo cuando estaba por llegar al poder Cámpora, vuelvo en el ’74 y me encuentro con ese terrorismo de Estado, me fui en un momento eufórico y volví con una atmósfera de mierda, entonces me pongo a escribir Acá pasan cosas raras. Cambio de armas lo escribí, sí, durante la dictadura, era tan fuerte que no se lo mostré a nadie por miedo a comprometerlos –cuenta Valenzuela–. Rodolfo Walsh me apoyó mucho. Me acuerdo que en la época de Operación Masacre le dije, preocupada, que mi ideología no aparecía en mis relatos y Walsh me respondió: ‘Tu ideología está en tus cuentos aunque vos no quieras’”. No es un dato muy conocido que Valenzuela trabajó en la revista Crisis: “Trabajé casi dos años, pero no quería figurar por miedo a que me echaran de La Nación, pero a mí me interesaba más Crisis, aunque pagaba muy poco, no podía estar en el mostrador, no podía aparecer, pero lo bueno es que trabajando en los dos lugares logré que publicaran algunos hábeas corpus en La Nación cuando alguien desaparecía; Víctor Claiman, que era un jefe de redacción del diario en esa época, los pasaba de contrabando. Hasta que decidimos no publicarlos más porque cuando se hacía pública la desaparición de alguien, lo terminaban matando”.

DIVINAS ADIVINAS

Entre todos los viajes y máscaras, Luisa Valenzuela tuvo tiempo para pensar y experimentar algunos fenómenos de otro nivel, más allá de lo cotidiano: en el Tíbet, en Brasil y hasta en Nueva York. donde caminó sobre fuego. Las fronteras entre los elementos suprasensibles, la magia y las siniestras prácticas e ignorancia de personajes como López Rega suelen ser difusos, pero ella conoce una clave que sirve de límite: “Cobrar dinero a cambio de un don implica perderlo”, aclara.

Valenzuela considera ambigua su relación con el esoterismo, y en esa ambivalencia puede encontrarse más de una clave de su literatura e incluso en marca de estilo que trabaja Valenzuela entre la ficción y la historia: “Desconfío de los grandes gurúes que vienen, pero sí creo que pasan cosas a otros niveles. Creo que hay una dimensión de energía que te hace entrar en otros planos. Me pasó escribiendo Cola de lagartija: hubo cosas que inventé vilmente y terminaron sucediendo, como la aparición del diario peronista La Voz, o cuando dije que López Rega tenía tres testículos y tiempo después le sale un cáncer de testículos”.

Luisa Valenzuela vivió al respecto algo extraordinario, que nunca antes había contado, vinculado con la periodista Stella Calloni, autora de una reveladora investigación sobre el plan Cóndor: “Ella militaba en la izquierda y yo la ayudaba durante la dictadura, en esos momentos de suma clandestinidad. En esa época, me agarró una depresión terrible por cosas de la vida y tenía un dentista loquísimo que como odontólogo era malísimo, pero funcionaba casi como psicólogo. El me recomienda consultar a unas adivinas, dos mujeres que habían resuelto un extraño robo de dos camiones de estaño que la familia del dentista importaba a Bolivia, un caso que ni siquiera había podido solucionar la Interpol. Voy y me tiran las cartas, me dicen cosas muy vagas y, de repente, me alertan que una amiga mía rubia me está buscando porque la persiguen, y me cuentan de cabo a rabo la vida de Stella Calloni, aunque me dijeron tres cosas que no podían ser, en eso pifiaron, pensé. Estuve seis horas con ellas, cuando vuelvo a casa me llama Stella a la una de la mañana porque me necesitaba urgente. Luego de escucharla le cuento aquellas tres cosas y me confirma que son ciertas, pero que ella no las había contado nunca. Fue algo alucinante, eran divinas, dos rusas, madre e hija, que se llamaban Fanny y Zelda Drucaroff. Murió la madre y al poco tiempo la hija. Te leían todo: hasta las cenizas que se te caían del cigarrillo”, cuenta Valenzuela y agrega, como si se acabara de dar cuenta, que, al poco tiempo, escribió la novela sobre López Rega, Cola de lagartija. ¿Usar las máscaras de la ficción para hablar de la historia significa inventar o percibir algo de ese contenido inefable que requiere otra perspectiva para entender? Valenzuela es especialista en esos trucos de la novela histórica capaz de pescar hilos que están sueltos en el aire, un discurso histórico que mirando desde otro lado el pasado arma, al mismo tiempo, un futuro inmediato. ¿Tendrá el mismo valor, ahora, la aparición de La máscara sarda? ¿Habrá algo cierto en eso de que Perón nació en Cerdeña? Como el mago que demora más de la cuenta en su truco, Luisa Valenzuela asegura: “Yo no creo en esa historia demasiado traída de los pelos”.

¿Ahora lo viene a decir?

A esta altura, es lo de menos.

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