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Domingo, 23 de septiembre de 2012

Las novelas de Perón

 Por Susana Cella

Indudable y constante presencia en la literatura argentina, Perón y Eva y el peronismo, han ofrecido con su cúmulo de hechos verdaderos e inverosímiles, material más que abundante para las ficciones que fueron acopiándose: “La fiesta del monstruo”, “Casa tomada”, “Esa mujer”, “La señora muerta”, “Cabecita negra”, “Mata Hari 55”, Eva Perón en la hoguera, Perón en Caracas, Santa Evita, La novela de Perón, exigua enumeración de una extensa serie que confirma la potencia de la fábula peronista de que hablara Borges en “El simulacro”. Forjada, decía él “para el craso amor de los arrabales”, y sin embargo su destinatario no fue sólo el amor sino también el odio e involucró mucho más que a los arrabales (incluyendo al propio Borges). Porque la resultante fue un imaginario constituido por representaciones nada homogéneas, y por lo mismo tan fuertes y persistentes como para generar actos heroicos o miserables, siempre apasionados. Rasgos épicos y de leyenda son parte constitutiva del peronismo, sus gestas, sus padeceres y desde luego las propias vidas de Perón y Eva. Además de sus roles protagónicos en la historia nacional, también se convirtieron en personajes centrales no sólo de biografías sino también de las ficciones, como si se tratara, por uno u otro camino, de hallar explicación a un fenómeno que trasciende lo político. Esa búsqueda ha llevado a remontarse a los orígenes y las genealogías pudieron exhumar prosapias honorables o despreciables, matrimonios y concubinatos, hijos legítimos o ilegítimos. Biógrafos, historiadores, sociólogos, psicólogos, literatos, investigadores todos, han elaborado y elaboran hipótesis, recaban documentos (no siempre encontrados), coleccionan declaraciones de testigos o de afanosos exploradores en pos de la prueba fehaciente para una interpretación siempre moldeada según la vara con que se mide y con la ineludible presencia de lo que se infiere e imagina.

La historia de Juan Domingo Perón, incluso la más conocida desde su actuación pública, provee suficiente dificultad para el establecimiento incontrovertible de muchos de actos, por no hablar de sus dichos. Cuanto más si se trata de los años iniciales de la vida de quien sigue siendo en Argentina una omnipresente figura, incidiendo en presencia y ausencia. Entre adhesiones y rechazos, él mismo fue objeto de perfiles multifacéticos, desde un filofascista hasta un líder revolucionario. A lo que se puede agregar que con sus ambigüedades, astucias o silencios (aun en la obra de su biógrafo Enrique Pavón Pereyra) abonó tales relatos, por lo que las versiones se suman y coexisten, sin que parezca prevalecer una sola como la auténtica. La ficción desata entonces su poder para rastrear la verdad que puede anidar en la conjetura.

Preguntas como ¿dónde y cuándo nació Perón y quiénes fueron los padres y antepasados? no buscan una mera información, sino que importan, y mucho, porque esta recurrencia a la génesis trata de colmar el deseo de establecer determinaciones según las circunstancias del nacimiento, crianza, educación y episodios tempranos signando un destino. O bien, sin que se trate de una especie de rígido principio de causalidad, de merodear en presunciones para hablar de lo que pudo haber sido, aprovechando así los entretelones de lo posible por sobre lo probable. Tal sería el sentido de La máscara sarda, de Luisa Valenzuela, centrada, como enuncia el subtítulo, en “El profundo secreto de Perón”.

La primera parte de la novela, la más extensa, ubicándose en un preciso momento altamente significativo en la historia argentina, el 16 de junio de 1973, al filo del regreso definitivo del líder a la patria, narra el otro viaje que el general debe hacer en esa larga y sombría noche hacia un pasado lejano. En notable contraste de tonos, surge una especie de contrapunto entre Perón y López Rega. La voz melosa y falsamente humilde del secretario se corta brusca ante el lenguaje acriollado del general, reacio al comienzo a someterse a las exhortaciones del Brujo para evocar los remotos hechos de Cerdeña. Lo acontecido a ese niño nacido allí remite a antiguos y persistentes rituales del lugar, por lo que vocablos en sardo se incorporan al relato sucesivo de episodios que van emergiendo en vigilia tensada entre lo que hablan en el “claustro” y lo que Perón sueña. El sueño es recuerdo, trasposición a momentos quizás olvidados o reprimidos, poblados de ceremonias y oficiantes, manifiestos en palabras que por su extrañeza (el Mamuthòn, la Filonzana, la Gracia, el Issohador, la Accabadora) enfatizan los misterios, a la vez que, en movimientos espiralados y con un ritmo variable, sirven para develar peripecias (infortunios y goces), trascendiendo el tiempo inicial e infantil para ir enlazándose con el posterior de juventud y adultez en una feliz combinatoria narrativa capaz que espesa y amplifica la significación, al relacionar un orden de creencias y mitos con concretos acaeceres.

Nombres de plantas pautan las tres partes en que se divide la escena de Perón como si se conjugaran la tangible presencia del pero selvático, el molle y el madroño con sus simbólicas dimensiones. Si la primera y la tercera remiten a la casa de Madrid, en un lapso de unas cuantas horas, la segunda, en otro de esos movimientos temporales implicados en la narración, se remonta a principios del siglo XX, poniendo en penumbras la exactitud del año (¿1909... quizá, quién sabe...?) pero a la vez es precisa como un hito y un punto de viraje, porque de ahí surge Juan Perón con su más notoria y prevalente máscara, la cual no dejaría de tener sus zonas oscuras, subterfugios, equívocos y estrategias del decir y no decir en toda su trayectoria. En los recodos de penumbras indefectible anida la muerte. La que antecede y sigue a ese día madrileño. La que estaría en Ezeiza y la suya propia insinuada entre rimbombantes frases que “Lopecito” pronuncia mientras en registro coloquial mastica mentalmente su venganza.

En un estilo elaborado la novela va tejiendo, como la Filonzana, las voces con sus tonalidades diversas, en consonancia con lo que cada uno de los personajes aporta para armar ésta, que, como todas las otras versiones, no excluye al resto sino que agrega a la historia de Perón una inquietante extrañeza. ¿Sardo? ¿Asesino?

En la “Bitácora”, ubicada acertadamente como epílogo, la autora cuenta de qué modo (espejando su propio relato) fueron concatenándose experiencias, indagaciones y tentativas en un movimiento acelerado hasta dar forma y consecución a esta nueva novela de origen y desenlace de Perón.

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La máscara sarda. El profundo secreto de Perón. Luisa Valenzuela, Seix Barral 243 páginas
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