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Domingo, 21 de octubre de 2012

El poeta y el vagabundo

 Por Sergio Kisielewsky

En la tapa del libro hay escenas del Decamerón de Boccaccio, mientras que el significado del título alude a aquellas personas que llevan vidas desordenadas, al estilo de los vagabundos medievales. Una puntuación quebradiza le sirve a Vicente Muleiro para dar un salto sin red en su producción poética, llevando la palabra al interior mismo de lo que desconoce y una síntesis que –en poesía no es un dato menor– está en el alma de esta procesión de imágenes. Una poesía enmudecida por la potencia de los cuerpos, canciones de la niñez a punto de concluir, epigramas que aluden a las orillas del mar. El vaivén hacia el pasado logra que se respire un aroma donde lo importante no se muestra ni se declama (“y sin la voz decían/ lo callado”); patrullas perdidas en épocas de verdadera intemperie, el amor demandante (“Quien pide todo no merece tanto, quien poco pide necesitaba todo”). En la segunda parte del libro se apela a la sentencia, quitando esa respiración a tientas con que comenzó su obra, como si dos abordajes de la palabra pelearan entre sí. Y gana el modo de comenzar la escritura.

Muleiro busca la grieta en lo desconocido, lo fantasmal donde las cosas suceden sin más trámite, y elabora un contrapunto con la capacidad de sorpresa. Los textos se convierten en un canto de amor petrificado entre los amantes, sombras de batallas donde quedan besos, murmullos y ruinas de murmullos. Buscar, abrir, desear, da como resultado una trama que rompe sus propios límites y busca crear un mundo privado que a veces se encuentra en los poemas ocultos en los cajones. En un poema dedicado a su hermano escribió “no desenterraremos a nuestro padre” pero aquí todo se expone en la sucesión de batallas y regresos a la sombra y a las piedras. Para el gran poeta peruano Javier Heraud, la poesía era trabajo de alfarero, arcilla que se cuece entre las manos, arcilla que moldean fuegos rápidos, es el amor y la muerte, una suerte de redención y de extrañamiento. Muleiro parece entenderlo al dedillo y asume el riesgo de trabajar las palabras como una utopía de la dicha. Al riesgo en la escritura se lo tienta y en este caso la poesía festeja.

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