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Domingo, 19 de enero de 2014

MÁS LEJOS Y MÁS PROFUNDO

Con el impulso generado por el Premio Nobel, están llegando a las librerías locales los libros de Alice Munro que hasta el momento no se conseguían. Los más recientes de este bienvenido aluvión son las colecciones de relatos Las vidas de Júpiter (originalmente de 1982) y Amistad de juventud (de 1990). Ambos son un punto tan bueno como cualquier otro para adentrarse en la exacta y precisa literatura de esta cuentista mayor, capaz de retratar la vida entera en quince páginas.

 Por Laura Galarza

A esa altura de su vida, a los 50, Alice Munro se había sacado de encima dos mochilas pesadas: su primer matrimonio y la idea de escribir algo importante. Llevaba publicados cuatro libros, Dance of the Happy Shades (1968), Las vidas de las mujeres (1971), Something I’ve Been Meaning to Tell You (1974), y Who Do You Think You Are? (1978). Sin embargo, Munro lo sabe, y lo dirá cuando gane en 2013 el Nobel de Literatura: “Cuando se escribe se siente la necesidad de ir lo más lejos posible”. Y por entonces, a comienzos de los ’80, cuando empezaba a escribir las historias de Las lunas de Júpiter –un libro hasta ahora inédito en la Argentina que llega tras el premio–, Munro sabía que debía y podía ir más lejos. Y más lejos, en literatura, es más profundo. En uno de esos cuentos, “La temporada del pavo”, una niña de 14 años debe emplearse en un negocio donde aprende a limpiar pavos para Navidad: “Pones el pavo sobre la mesa y le cortas la cabeza con el hacha. Después coges la piel suelta de alrededor del cuello y tiras de ella hacia atrás para descubrir el buche, alojado en la hendidura entre el esófago y la tráquea. Busca la cachuela cerrando los dedos alrededor del buche, y baja la mano por detrás para cortarlo, y también el esófago y la tráquea. Luego utiliza las tijeras para cortar las vértebras, apretando. Luego hay que deslizar la mano por dentro. (Hacía un frío de muerte allí dentro, en los oscuros interiores del pavo.) Hay que tener cuidado con las astillas de los huesos, hay que trabajar con cuidado en la oscuridad, tirar de los tejidos conectivos y extraerlos. Tienes que notar las costillas con el dorso de la mano. Tienes que notar las tripas en tu palma. ¿Lo notas? Sigue. Rompe los tendones, tanto como puedas. Sigue. ¿Notas un bulto blando? Es el corazón. ¿Sí? Bien. Pon tus dedos alrededor de la molleja. Despacio. Empieza a tirar por aquí. Eso es”.

Las lunas de Júpiter. Alice Munro Lumen 285 páginas

Para entonces, Alice Munro (Wingham, Ontario, 1931) estaba preparada para cazar corazones con las manos. Y más: sabía que las historias que quería contar estaban en su vida y sus adyacencias, no necesitaba otro material. Con sus hijas crecidas y apoyada en su nueva pareja, Gerald Fremlin –ahora sí unidos por un mundo, él geógrafo y un gran lector–, Munro era una escritora consolidada que rehuía de las notas, y sus relatos eran publicados en The New Yorker. También se sentía capaz de frustrar a los editores que le reclamaban una novela. Desde aquella vez que Alice llorara tanto encerrada en Munro’s Books, la librería que tenía con su primer marido, James Munro, intentando escribir La vida de las mujeres, supo que el largo aliento no era lo suyo. ¿Cómo contar una vida entera en dosis mínimas y justas, indirectas y a la vez precisas? Eso era lo que ella iba a hacer. Munro venía de sufrir fuertes crisis de angustia como consecuencia de llegar a pensar que había fracasado como escritora, la asaltaban ahogos y la idea repentina de que podía enfermar y morir. “He visto tantas partes del mundo, tantas cosas extrañas y tanto sufrimiento. Mi conclusión ahora es que no se consigue felicidad alguna engañando a la vida. Es sólo por medio de la renuncia natural y de la aceptación de la pérdida como nos preparamos para la muerte y como por tanto conseguimos algo de felicidad”, le hace decir al personaje de “El autobús de Bardon”. Los relatos de Las lunas de Júpiter, editada por primera vez en 1982, bien valen como manual para conocer de un bocado la literatura de Munro. Mujeres incómodas (aunque nunca insatisfechas), separadas de sus maridos, de sus hijos, de sus orígenes, que barajan para dar de nuevo. Esto que dicho así puede resultar bastante común, en la pluma de Munro se vuelve inolvidable y universal. Como muestra puede tomarse “Accidente”, donde una pareja de amantes termina formalmente casada. Ella, la protagonista, nunca estuvo convencida. Sobre el final del cuento, 30 años después, saca conclusiones: si aquella noche mientras hacían el amor ocultos en el laboratorio del colegio, ella y su amante, no hubieran recibido la noticia de la muerte del hijo de él, y si él después de enterrar a su hijo no hubiese dejado a su mujer, y acto seguido proponerle matrimonio, y ella verse obligada a aceptar. “Si todo eso no hubiese sucedido así, hoy, ella, sería otra. Podría haberse recuperado, haberse enamorado de otra persona, o podría haberse hecho dura y solitaria en torno de su vida”. En el último de los cuentos, “Las lunas de Júpiter”, la protagonista tiene a un lado de la cornisa a su padre, a quien están por operar del corazón, y del otro, a su hija, que le avisa que está bien, pero que quiere mantenerse alejada de ella. En ese pasillo angosto donde los dos extremos de la vida se tambalean: los padres mueren, los hijos quieren estar lejos, ahí pivotea lo insondable del cuento. El primero, “Los Chaddeley y los Fleming”, retrata el perfil de las que fueran ambas familias de origen de Munro, el de la madre, unas tías que venían de visita, hablaban fuerte, de manera pretenciosa y fanfarrona. Y las otras tías paternas, las del campo: “Supongamos que ahora no hiciera nada con mi cabello, que dejase de maquillarme y de depilarme las cejas, me pusiera un vestido estampado sin forma y un delantal, y anduviera por ahí con la cabeza gacha y los hombros encogidos”. “Yo tengo algo de ellas en mí”, concluye Munro.

Amistad de juventud. Alice Munro Lumen 317 páginas

“A menudo soñaba con mi madre”, abre Amistad de juventud, otra recopilación de relatos publicado en 1990 y aparecida ahora con el impulso de ventas del Nobel. Historias de mujeres que paradas en un punto del recorrido giran un poco la cabeza hacia atrás y revisan las coordenadas que va tomando la vida. A esta altura, un sello y obsesión de Munro: cuando se elige, también se descarta. Margot y Anita, las amigas del colegio de “El día de la peluca”, se reencuentran cuando Anita, la que fue a la universidad, se casó y se divorció, vuelve al pueblo. ¿Cómo la vida de esas mujeres tan soldadas entre sí en aquel momento ahora son dos barcos de papel a la deriva en mares que no se tocan en el mapa? O Flora, la amiga de “Amistad de juventud”, que deja que le arrebaten dos veces a su prometido, primero su hermana enferma, y luego, al morir, la enfermera de su hermana. Algunos de estos personajes de Munro aceptan el abandono, la traición, perdonan y se mantienen al margen, no una vez, sino dos. Mientras otros, como Hazel, de “Agárrame fuerte, no me sueltes”, el pánico que los toma a la hora del crepúsculo no los deja en paz: “Aquella clase de pánico tenía que ver con una pérdida de fuerza en el propósito y con la pregunta: ¿por qué estoy aquí?”. Dos de los relatos –inolvidables relatos: “Meneseteung” y “Oh, de qué sirve”– están divididos en pequeños capítulos, escalones en las tramas de Munro que nunca coinciden con el orden establecido de cosas: las vicisitudes de la gente se cuentan con retazos de la memoria, así como sólo sabe hacerlo de bien la memoria: recordando sólo lo importante. Sólo unas pocas escenas en la vida de las personas que alcanza para definirlas. Escenas que, si acaso algún día antes de que sea tarde, ellas pudieran detenerse a examinarlas, recuperarían alguna verdad que les está reservada.

Leer a Munro produce un estupor agradable. Como hamacarse en medio de un vendaval. Cuando su hija la despertó para avisarle que había ganado el Nobel, Alice se alivió. No era una mala noticia. “¿Qué gané?”, preguntó. Más tarde, durante una entrevista en la radio pública canadiense frente a la pregunta sobre si escribiría otro libro, dijo: “Lean los relatos viejos, hay muchos”.

La invitación está hecha.

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