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Domingo, 19 de enero de 2014

NUEVAS VOCES, OTROS AMBITOS

Dos autores norteamericanos jóvenes proponen versiones diferentes de su contemporaneidad: Justin Taylor, influido por el gótico sureño y Bret Easton Ellis, imagina una comuna anarquista que recibe a un veinteañero adicto al porno por Internet en El evangelio de la anarquía, y por su lado Sheila Heti, en ¿Cómo debe ser una persona? arma un collage autorreferencial intenso, en primera persona, que se ama o se odia.

 Por Rodrigo Fresán

Dos posibles caminos para un joven escritor a la hora de plantar obra son los de (1) retratar a su generación y a sí mismo como parte de ella y (2) proponerse como un outsider pero, aun así, parte de una camarilla de extranjeros/existencialistas profesionales.

Ya no tan jóvenes, Sheila Heti (Toronto, 1976) y Justin Taylor (Miami, 1982) ponen en práctica un poco de ambas opciones en dos libros que no pueden ser sino calificados como “juveniles” en el mejor y peor sentido del término. Lo bueno es su chispeante gracia y frescura, lo malo es su evidente recelo y temor a madurar no más sea un poco. Lo que no quiere decir que no les interese, al menos en el plano literario.

El evangelio de la anarquía. Justin Taylor Alpha Decay 259 páginas

En El evangelio de la anarquía –luego del muy recomendable volumen de cuentos Aquí todo es mejor–, Taylor vuelve a honrar nombres de próceres suyos como son los de los sureños fragmentadores y pirotécnicos Donald Barthelme y Barry Hannah. Y puede entenderse a El evangelio de la anarquía como si Menos que cero fuese reescrito por el fantasma de Flannery O’Connor. A saber: juventudes desencantadas tentadas por el fanatismo anarco-místico. David es aquí el veinteañero adicto al porno por Internet quien –cansado de la vida gris en Gainsville, Florida– arriba en el verano de 1999 a la destartalada Fishgut: suerte de catedral de un nuevo orden con ecos del Waco de David Koresh y alguna de esas Kurtzlandias en lo último de J. G. Ballard. Allí predica y profetiza la líder “anticristiana” Katy basándose en las enseñanzas del fundador Parker, mesías ausente. Y aleluya: después del sermón del domingo por la mañana, drogas y orgía por la noche. Taylor se muestra especialmente capaz en los pasajes sexuales y en la descripción de los tiempos muertos de quienes sólo esperan algo que los redima. Y si ese algo es una señal divina, mejor aún; pero no es indispensable. Lejos de la densidad casi decimonónica sobre la comuna como religión contracultural (pensar en la magnífica Drop City de T. C. Boyle) lo de Taylor es como una versión white trash de La playa, de Alex Garland, en la que –bien visto que suceda en los mejores credos, pero no tan conveniente en la novela– nada es revelado.

¿Cómo debería ser una persona?. Sheila Heti Alpha Decay 305 páginas

En cambio, Sheila Heti cree sin reparos en la Sheila de esa suerte de novela-artefacto-performance-reality show que es ¿Cómo debería ser una persona? Libro ideal tanto para los que aman la serie Girls de la HBO como para los que (me apunto aquí) no pueden soportar a su creadora y exhibicionista compulsiva Lena “Hannah Horvath” Dunham. Y nada hacía pensar que Heti –luego de los micro-relatos de The Middle Stories y de la nouvelle histórica intimista Ticknor– se pasara a un realismo verité y autorreferencial casi desesperado en su ferocidad. Pariente cercana de la menos pirotécnica Saliendo de la estación de Atocha, de Ben Lerner, y versión indie y (X) de Come, reza, ama de Elizabeth Gilbert; aquí Heti o Sheila –da igual– busca sobreponerse a su derrumbe matrimonial. E intenta terminar de escribir una obra de teatro feminista. Y muerde y reescribe a amigos y conocidos del mundillo artístico de Toronto con modales que recuerdan un tanto a la primera Mary Gaitskill y a la última Kathy Acker, a las crónicas de Joan Didion, a los monólogos de Fran Lebowitz, y a la de nuevo de moda Renata Adler. A saber: pasajes como radiografías, tramos de diálogos extirpados a una grabadora, mamadas o reproducción de e-mails con los que Heti va armando el puzzle más abstracto que figurativo de una vida y el mejor sueño húmedo para más de un blogger suelto por ahí. Leerlo con canciones de Fiona Apple como música de fondo para una primerísima persona que molestó a más de un crítico masculino (y hasta al editor de Heti, quien le recomendó no publicarlo) pero fascinó al muy difícil de contentar con modernidades James Wood. Igualmente, este ejercicio ultra-solpisista (como Girls y Lena Dunham) fascinará a muchos que lo seguirán (e imitarán) como tractat de auto-ayuda. Y acabará saturando a unos cuantos, quienes cruzarán de acera cada vez que vean a la Sheila de turno acercarse, grabador en mano, los ojos bien abiertos, insaciable.

Mientras –en alguna parte, ya en la página 2 del libro de Heti– el fantasma de Andy Warhol sonreirá nervioso un “a mí todo esto se me ocurrió primero”.

Pero ya se sabe: al siempre juvenil Andy Warhol se le ocurrió siempre antes todo lo que se les ocurre, después, a jóvenes que ya no lo son tanto.

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