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Domingo, 6 de julio de 2014

OJO CON EL OJO

Es notable que a más de cuarenta años de su aparición se traduzca por primera vez al español Discurso, figura, la monumental tesis doctoral que defendió en 1971 Jean-François Lyotard, en la que indaga acerca de la opacidad del mundo y el papel del arte visual en la comprensión del lenguaje. Como sea, se trata de una enorme indagación estética y fenomenológica infaltable junto a obras como Las palabras y las cosas, de Foucault, o De la gramatología, de Derrida.

 Por Mariano Dorr

Es difícil explicar por qué uno de los libros más importantes de la escuela francesa tardó más de cuarenta años en ser traducido al español. A lo largo de todos estos años, el influjo de la obra de Lyotard no hizo más que crecer. Si hoy contamos con Discurso, figura (su tesis doctoral, defendida en 1971 en la Universidad de París X) es sin dudas porque ya no es posible ignorar su presencia, al menos subterránea, en buena parte de las discusiones estéticas contemporáneas. El clima estructuralista y postestructuralista de fines de los años sesenta había dado lugar a enormes volúmenes como Las palabras y las cosas, de Michel Foucault, Lógica del sentido, de Gilles Deleuze, o De la gramatología, de Jacques Derrida. La cuestión del lenguaje era uno de los tópicos de la época, y la época se caracterizó a su vez por llevar al pensamiento hasta el límite mismo de sus posibilidades, a riesgo de cruzar las fronteras de lo inteligible. El libro de Jean-François Lyotard cumplió con ambas exigencias: abordó el discurso y lo hizo de manera radical. ¿Qué es que lo vemos cuando leemos? La operación de lectura es un encuentro con lo figural, con la letra en su aspecto material. Sin embargo, el fenómeno de la significación parece impedirnos ver allí donde sólo seríamos capaces de leer, a menos que llevemos a cabo el impresionante esfuerzo del pensar lyotardiano.

Formado en la tradición fenomenológica, Lyotard abre su reflexión siguiendo de cerca un texto de Paul Claudel en donde se afirma que “el ojo escucha”. ¿Qué quiere decir esto? Significa que lo visible es legible, audible, inteligible. A esta idea de que el mundo se despliega como un texto, un discurso susceptible de ser leído o escuchado, Lyotard responde: lo dado no es un texto. No todo se deja oír o leer, hay también una “espesura”, una “diferencia constitutiva”, aquello que no se deja significar jamás, y que si bien no puede leerse ni codificarse, sin embargo sí se deja ver. Si el mundo fuera legible, habría que imaginar a alguien o algo, del otro lado de las cosas, escribiendo lo dado. Esto –piensa Lyotard– es conceder demasiado a las cosas. Ellas no están escritas, apenas están ahí. Al menos, eso es lo que vemos. En este sentido, el mundo se caracteriza por una opacidad; por eso, es el ojo el que se abre camino en la penumbra, observando figuras en medio de las sombras. Lyotard reacciona contra el rechazo platónico de la oscuridad –el mundo sensible– y reivindica lo opaco. Su propio libro –escribe– es una defensa del ojo. Cita a André Breton, según el cual “el ojo existe en estado salvaje”. Pero si el ojo vive como un salvaje, ¿qué clase de comprensión, qué tipo de fenómeno de la significación se lleva a cabo cuando le otorgamos un sentido a lo que vemos? Se trata de una suerte de mezcla o disolución de lo visto en lo dicho, mezclamos el habla con el gesto. Lyotard recuerda un pasaje especialmente genial de Hegel en sus Lecciones sobre historia de la filosofía: “Ahí donde un hombre sueña y delira, otro hombre despierta e interpreta”. Y concluye: “Lo verdaderamente salvaje es el arte como silencio”.

El arte como silencio, la figura que no dice ni esto ni aquello sino que prefiere callar: “El silencio resulta del desgarramiento a partir del cual un discurso y su objeto se enfrentan, comenzando así el trabajo de significar”, escribe Lyotard. Si existe una fuerza que opera movilizando el orden de la significación, esa fuerza es el ojo. Un cuadro, una obra, se dejan ver, pero es el ojo el que nos permite, el que se permite ver. ¿Y qué nos muestra? En primer lugar, nos deja ver lo que es ver: “La fuerza nunca es otra cosa que la energía que se pliega, que roza el texto y hace de él una obra, una diferencia, es decir, una forma”, anota Lyotard. Piensa en Paul Klee, cuando afirma que un cuadro no está allí para ser leído (como pensaría un semiólogo) sino para hacer vibrar. Hay una sísmica de las artes plásticas. El arte debe tomarse en serio la tarea de hacer “ver que ver es una danza”. Mirar un cuadro es trazar ahí caminos a seguir; la obra es un desplazamiento del ojo.

El discurso –expresa Lyotard– también vibra y hace vibrar; es una fuerza, un movimiento, una energética que subleva la tabla de las significaciones. El sentido se constituye a partir de un tembladeral. No hay significación sin este juego de vibraciones y ondulaciones presente en el campo del lenguaje desde que es posible el desvío, la palabra como metáfora. Lyotard escribe: “Si muestro que hay en todo discurso, habitando su subsuelo, una forma en la que una energía está conectada y con la que actúa en la superficie, si muestro que ese discurso no es sólo significación y racionalidad sino expresión y afecto, ¿no destruyo acaso la posibilidad misma de lo verdadero?”. Aquí se asoma la sofística como amenaza de un “terrorismo” capaz de dar por tierra con el entendimiento mismo, es decir, la imposibilidad del diálogo, el naufragio de toda comunicación posible. Más adelante, Lyotard retrocede: “Hay que hacer que la verdad sea posible”. Pero ya no será una verdad exterior al proceso de construcción del sentido; en todo caso, será una verdad surgida de un tembladeral, del mismo modo en que vibran las formas de un cuadro de Paul Klee para que aparezca la obra. Es la enseñanza de Freud: la verdad no aparece nunca donde se la espera. Y en caso de hablar, desentona.

Discurso, figura. Jean-François Lyotard La Cebra 624 páginas

Se trata de una inmensa investigación estético-fenomenológica, cargada de una extraordinaria erudición, en donde el discurso academicista se enfrenta consigo mismo, poniéndose en entredicho. Lyotard discute en qué consiste la construcción de la objetividad, la operación misma de pensar tanto una letra seguida de otra como un objeto, una figura, un algo en general. Y no duda: para pensar la condición de posibilidad de la percepción y del conocimiento del objeto, debemos fijarnos en Picasso y en Cézanne. Es en la obra de arte en donde el objeto aparece y se construye ante nuestros ojos. Leer es comprender y no ver. Allí donde creemos comprender un significado, la letra se desvía invitando al ojo a una deriva plástica. ¿Qué es un texto, entonces? Una diferencia, una alteridad: otro. Para decirlo con Emmanuel Levinas (una referencia permanente a lo largo del libro): un rostro. Antes de leer, existe ese cara a cara con la letra y sus líneas. No se trata entonces (sólo) de comprender, sino de mirarnos a los ojos. Reconocernos en la más radical extrañeza, si fuera necesario. El discurso, la figura –o como prefiere decir Lyotard: lo figural– se manifiesta. Cara a cara indescifrable, intraducible. Como aquello que vemos en medio de ensueños. Silencioso encuentro del que sostiene la mirada a los ojos vacíos de un fantasma.

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