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Domingo, 11 de mayo de 2003

RESEñA

Radiografía del poder

La Silla del Aguila
Carlos Fuentes

Alfaguara
Buenos Aires, 2003
412 págs.

Por Sergio Moreno
Ni aun en estos tiempos de abulia hay dudas de que la política latinoamericana ha tenido desde el inicio un tempestuoso contenido pasional, cuando no erótico. Podrá haber más o menos certeza en el sistema, podrá haber rebelión o descorazonamiento, podrá haber pasatismos y tilinguerías, pero la política ejerce sobre cada habitante de este desalmado territorio una influencia pasional sobre su vida, lo quiera o no. A más desapego por ella, mayor festín de quienes se sirven de ella.
Ello dice, entre otras cosas –muchas– Carlos Fuentes en La Silla del Aguila, su última novela-parábola de la política del subcontinente cuya coartada para tender su mirada eficaz y descarnada sobre el poder es esa institución cuasi imperial, la Presidencia de los Estados Unidos Mexicanos. Un lugar de vértigo, inmenso poder y discrecionalidad y debilidad extrema a la vez.
Fuentes supo recorrer las entrañas de la ballena. Su paso por la diplomacia mexicana, su conocimiento de los fenómenos sociales y políticos de su país y el hemisferio, su compromiso con el pensamiento crítico derrama, como jalea suave, un caudal de reflexiones con tal crudeza que es sólo comparable con la realidad de los hechos.
Fuentes construye en La Silla del Aguila un poderoso relato que sitúa en un hipotético México 2020 (cuando, entre otras cosas, César Aira ha sido galardonado con el Premio Nobel y Martín Caparrós es un crimial político), inmerso en la recurrente gimnasia asesina de la sucesión presidencial, luego de ultrapasada la mitad del mandato del ejecutivo de turno. Acaso podría afirmarse que el relato es una ficción; a la vez, no podría decirse que lo que allí describe no vaya a suceder. En esa trama, Fuentes, como un fino orfebre, evita caer en lugares comunes y construye un relieve de la sangre, la violencia, la mentira y la traición que constituyen las condiciones sine qua non de la política y el poder mexicanos y, por añadidura –más allá de los diferentes matices– de Latinoamérica.
Sangre, sexo, y traición. Sangre por costumbre, sexo por inevitable, traición por naturaleza. Mediante sus personajes, Fuentes define la política y el poder a la manera del florentino Nicolás Maquiavelo. No encuentra, en todas las formas que recorre para describir política y poder, algún valor piadoso. Es entonces que su texto cobra la fuerza del pragmatismo cínico con que los mexicanos se han dado su tremenda y permanentemente violenta organización social desde los tiempos mismos de la conquista.
Y siempre la corrupción. Aceptada, necesaria ya que “lubrica al sistema”, con mayor o menor desparpajo, siempre presente, esencial, hermana siamesa de la construcción política e institucional de ese país que, con un poco menos de sangre derramada (no demasiada) bien podría ser el nuestro.
Para los personajes que Fuentes engendra en La Silla del Aguila, “la política es la actuación pública de las pasiones privadas”, “la fortuna política es un largo orgasmo... El éxito tiene que ser mediato y lento para llegar a ser duradero”, “La política es lo que el hombre hace a fin de ocultar lo que es y lo que ignora” y por eso “habría que dedicarse enteramente a cultivar la mentira. Que es precisamente lo que la política autoriza”. Y, además, “un hombre puede dejar de actuar en política. Lo que nunca deja de actuar son las consecuencias de sus actos políticos”. Comoen la tradición sofística, “en política se finge... En los negocios puedes ser abiertamente brutal y cínico” y “ en política los argumentos los gana la habilidad, no la verdad”. Por eso, “el peor enemigo del poder es el inocente”.
Fuentes, apasionado, logra un libro apasionante, que, a través del personaje de un asesor, reflexiona sobre el rol del intelectual en el poder y su efectividad para modificar la realidad con su pensamiento, estando ahí dentro, en el laberinto rodeado del los minotauros de la política. Así dice: “El político puede pagarle al intelectual. Pero no puede confiar en él. El intelectual acabará por disentir y para el político ésta será siempre una traición. Malicioso o ingenuo, maquiavélico o utópico, el poderoso siempre creerá que tiene la razón y el que se opone a él es un traidor o, por lo menos, alguien dispensable”.
Fuentes se enfrenta al malestar de la cultura latinoamericana despanzurrando un sistema político y social que ha venido funcionando como una perfecta dictadura con costados softs durante setenta años y que muta al estilo de Guiseppe De Lampedusa, cambiando apenas para no cambiar la esencia. Es bueno mirarlo de la manera en que lo relata Fuentes, que regresa a su mejor tradición novelesca y reafirma que la historia, la actualidad y la literatura sólo riñen cuando el dueño del palique no sabe entrenar a los gallos.

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