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Domingo, 11 de mayo de 2003

Perfiles: Néstor Sánchez (1935-2003)

Hacía tiempo que Néstor Sánchez esperaba en su casa de Villa Pueyrredón. No era el llamado telefónico de algún sello nacional que le había prometido reeditar en Buenos Aires su novela Cómico de la lengua —quizá la más importante de su obra—, publicada originariamente en 1973 por Seix Barral (España) y Gallimard (Francia); tampoco un ridículo subsidio que le permitiera afrontar las penurias del diario vivir, y mucho menos el anuncio de algún joven que deseara formar parte de su taller literario (su último intento económico). “Se terminó la épica”, decía; aunque no perdía la esperanza de recuperar el aliento de la escritura que había abandonado voluntariamente en 1986 cuando, de regreso a Buenos Aires —luego de 14 años de ausencia— publicó su último trabajo, La condición efímera. Por eso siempre estaban justamente ahí sobre la mesa de la cocina —entre el mate y los Particulares— los libros de Bruce Chatwin y Stephen Hawkins. “Pedí prestadas algunas novelas y las leo con la remota esperanza de ser motivado –dijo en la última entrevista publicada en vida (Radarlibros, 28 de octubre de 2001—, pero esas lecturas no hacen más que recordarme desde qué punto de vista escribí mis libros.”
La experiencia de Sánchez comenzó en 1964 cuando, por expreso mandato de Julio Cortázar, Sudamericana publicó Nosotros dos, a la que siguieron dos novelas de mayor experimentación: Siberia Blues (1967) y El amhor, los orsinis y la muerte (1969) que, desde el lenguaje y la forma, se oponían al boom de los ‘60: “Estaba en contra de la novela tradicional”, dijo, “procurando que la prosa fuera nada más que una excusa para llegar a la poesía”. A partir de entonces, Sánchez se embarcó en otra aventura: Castaneda y Gurdjieff, enseñanzas esotéricas que le seguirán los pasos a lo largo de su recorrido por Chile, Perú, Venezuela (allí publica la antología 20 nuevos narradores argentinos, que dio a conocer a los jóvenes Antonio Del Masetto, Rubén Tizziani, Ricardo Piglia y Miguel Briante, entre otros), París, Madrid y Estados Unidos.
La pérdida de una hija y su constante obsesión por la muerte (“Estaba convencido, en mi enfermedad, que se podía vivir 300 años”) lo llevaron a vivir ocho años como clochard en distintas ciudades de Nueva York, experiencia trasladada en su último libro de relatos. Olvidado por los suplementos dominicales, siempre ausente en los censos de los diccionarios sobre escritores argentinos, Sánchez se había convertido para muchos en un escritor de culto, “adhesiones extremas”, como gustaba llamarlas. Al igual que su tan citado Juan Augusto Sutter —el personaje de Blaise Cendrars—, la espera de Sánchez nos ha sido arrebatada. El pasado 17 de abril su cuerpo fue encontrado por la policía, alertada por los vecinos. Había muerto dos días antes. En la morgue, sus restos esperan todavía sepultura.

Lautaro Ortiz

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