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Domingo, 15 de noviembre de 2015

AL COSTADO DE OTROS LIBROS

A lo largo de más de veinte años, a partir de una noche de verano en San Pedro en la que dos o tres imágenes dispararon los primeros borradores, Sylvia Iparraguirre fue escribiendo, corrigiendo y recopilando una serie de textos breves, concisos y de una concentración narrativa tan alta que bordean lo poético, hasta llegar a configurar un nuevo libro que en cierta medida fue producido al costado de sus otros libros. Del día y de la noche excede largamente la idea de ejercicios literarios para adentrarse en la exploración de muchos temas, motivos y misterios que se instalan en el corazón de la literatura.

 Por Sebastián Basualdo

Breves como destellos o como cualquier otra cosa breve pero intensa, capaz de desbaratar la noción del tiempo con la fuerza de quien habita por un instante la frágil sensación de un recuerdo venido desde muy lejos. Tan íntimo como un sueño. Por eso convivieron durante años en el interior de una carpeta los relatos que hoy integran Del día y de la noche, el nuevo libro de Sylvia Iparraguirre. “Estos textos nacieron y proliferaron al costado de mis otros libros, mientras los estaba escribiendo. No es un libro programado ni pensado ni decidido. Simplemente, un verano hace como veinte o veintidós años, en San Pedro, aparecieron dos o tres imágenes y me puse a escribirlas –dice Sylvia Iparraguirre–. Algunos sentí que terminaban ahí, que se cerraban, otros eran un poquito más largos. En realidad, me di cuenta después de esos primeros años de que eran breves y, de hecho, a la carpeta que tenía en la computadora le puse ‘Breves’ y pensé, bueno, se llamarán así.”

En principio, la escritora no tenía pensado publicar estos textos pero cuando decidió hacerlo, rápidamente comenzó a descartar algunos porque le resultaban demasiado personales. Nacida de una imagen bien podría ser “La casa”, uno de los veintidós relatos que integra Pasajes, primera parte de las tres que componen el libro, donde narra la historia de una mujer que entra a la casa de su infancia como quien recorre sigilosamente los pasillos de la memoria sólo para recuperar una escena –sólo una–, en la que estará para siempre la niña de ocho años aprendiendo a bordar en un bastidor redondo en compañía de su madre y sus tías. En Pasajes hay textos con mucho humor donde la vida cotidiana se llena de sorpresas y homenajes, herencias que Sylvia Iparraguirre reconoce en sus abuelas y que de algún modo generan una constelación en estos relatos íntimos, como cuando escribe, en “Dos mujeres”: “De ella vienen el gusto por la noche y los libros, la nostalgia de la nieve, los ritos domésticos, la soledad” y también: “De ella vienen la arbitrariedad y la pereza, la gratitud por el agua y los árboles, la confianza en los otros, la melancolía”, entendiendo la intimidad como un gesto de reconocer también a sus familiares espirituales, ya sea para narrar una curiosa historia sobre Macdonald Kárlovich, o un universo onírico situado en las ruinas de Pompeya para luego ir a una historia fantástica donde un pasajero de tren descubre un libro donde está escrita su propia vida. En todos los relatos, Sylvia Iparraguirre establece de manera sutil, vale decir sin proponerse en ningún momento alcanzar niveles simbólicos, la necesidad de ir más allá de la historia –incluso la subterránea– configurando nuevos sentidos o acaso una complicidad con el lector donde resulta hermoso pensar, como en el caso de “La casa”, que hay ciertas clases de experiencias tan intensas que parecieran desdoblarlo a uno: se vive y se contempla vivir. Aunque sea a modo de recuerdo instalado fugazmente en el presente. “Borges lo dice: ¿qué es el yo? Es una serie de identidades que a lo largo del tiempo vamos hilvanando. Es decir, yo soy ahora pero fui hace dos días, fui hace años y esa continuidad es lo que arma una identidad. Lo que pasa es que somos acá y ahora, no somos ayer ni somos mañana, vos y yo existimos en este presente”, agrega Sylvia Iparraguirre, haciendo referencia a “Verano”, otro de los relatos cuya temática representa su intención de asociar una imagen a un momento, un modo de recuperar algo cuando escribe: “Por un segundo intenso soy otra vez el sol, el agua, el calor del verano en las baldosas”. Ser durante un segundo fugaz, otra vez niña. Estar en el calor de las baldosas, viendo las huellas de los pies que corren mojados y se van deshaciendo por el calor y las toallas y ese griterío de las piletas de chicos. Celebrarlo. “`Puebla de Lillo, España’ es un relato que quiero entrañablemente. Pasa por un lugar que no sólo tiene que ver con la literatura pero la justifica. Ese viaje me manda a la literatura. Al igual que mi abuela. Ahí hay un núcleo de mi infancia, de cosas que yo escuché por ella. Es un homenaje a mi abuela y lo que significó para mí. De niño vos sos el lenguaje de los que te hablan. Por eso siento que en ese lugar pasa algo y me quedo maravillada: la función poética, la función teatral. Mi relación con el lenguaje viene de ahí. Pero te doy otro ejemplo, a principio de año di un curso en el Malba y estaba releyendo Almas muertas de Gógol. De pronto, en una línea, aparece MacDonald Kárlovich y me produjo una risa impresionante, me lo había olvidado porque no aparece como personaje sino que es apenas mencionado. Inmediatamente apareció ese relato: un tipo que está acorralado por su decir, que es algo bastante lingüístico. La relación que tenés con el lenguaje también es parte de tu formación. Sí, por supuesto. A mí me fascina el lenguaje. A veces encuentro un tipo particular de humor en el uso y sus marcas ideológicas. No en el sentido estrecho de ideología política, sino en el sentido de atmósfera de valores. Una lengua viene cargada con sentidos que son previos al uso que nosotros hacemos acá y ahora. El español rioplatense que hablamos viene cargado de ideología y valores. Las palabras pesan, quieren decir algo y de pronto se descargan de sentido y vuelven a cargarse. La palabra “revolución” tuvo un peso en la Rusia de los años 20 y después se descargó de sentido. La literatura maneja ideologías porque está hecha de lenguaje. No importa hasta qué punto vos tengas conciencia pero el lenguaje revela, muestra. Y el dominio del lenguaje es a lo que aspira un escritor porque es tremendamente difícil manejar las propias palabras, es decir que las palabras digan exactamente lo que vos querés que digan. Cuando recién empezás a escribir creés que manejás el lenguaje pero la verdad es que el lenguaje te maneja a vos. Esto se nota mucho en los primeros textos, los primeros esbozos. Pensás que lo estás manejando y con el tiempo te das cuenta de que es una cosa ingenua y que el lenguaje ha dicho lo que él quiso decir: caíste en el lugar común porque el lenguaje te manda a ese lugar. Hasta que un día comenzás a ser medianamente dueño de tus palabras. Medianamente porque siempre es esa especie de lucha entre lo que vos querés decir, lo que tenés en la cabeza, y lo que finalmente toma forma en el papel. Siempre hay restos de cierta ingenuidad en donde el lenguaje te atrapa y la ingenuidad no es nada más ni nada menos que ese lugar común, la cosa siempre dicha, que es adonde uno cae, como el hábito que hay que destruir, desarticular. Un poco ese es el trabajo que hace la poesía, constantemente”.

YO PERSIGO UNA FORMA

En toda tu obra hay una preocupación formal por el estilo. Muchos de estos relatos están muy cerca de la poesía.

–Soy una gran lectora de poesía pero jamás se me ocurriría ponerlo así. Creo que están atravesados por cierta cuestión onírica o melancólica, pero no sé si llegan a la poesía. En cuanto a la preocupación por el estilo es completamente cierto. No digo que lo logre. Siempre pienso que un libro nuevo, sea cuento o sea novela, es como una nueva experiencia. Parto de cero porque lo que quiero decir está pidiendo una forma y yo tengo que entender cuál es y luego buscarla. No creo en absoluto en lo espontáneo en el arte en general y en la literatura menos que menos. Espontáneamente te sale cualquier cosa. Estoy convencida de que hay que trabajar y corregir. A eso refiere un estilo. La preocupación que vos mencionabas con respecto el lenguaje aparece en mi primera novela, que es El parque, donde yo dejo fluir esa veta que a mí particularmente me gusta, que es el humor disparatado tal vez absurdo pero que tiene que ver mucho con el lenguaje. Pero de pronto aparecen otras historias como La tierra del fuego que tengo que situar completamente de otra manera. Situarse es ver cómo escribo una novela del siglo diecinueve a fines del siglo veinte. Vivimos, vivo en un momento donde el tiempo se ha hecho trizas, la realidad es fragmentaria. Eso es ideología y cuando intentás contar algo, aparecen esas marcas. Después vino la novela El muchacho de los senos de goma y estoy frente a un escenario urbano, que tengo que pensar otra vez. Quería ir hacia lo urbano, en los años 90. ¿Cómo le habla a la ciudad un pibe de diecisiete años? Entonces, comencé una búsqueda acerca del trabajo formal. El estilo es el trabajo formal que uno hace sobre el texto. Y sí... Soy de una herencia antigua, quizás, porque tengo una constelación de maestros literarios en la biblioteca que tal vez se leen poco.

Los textos que componen las secciones Posición de los escritores y Caballeros antiguos (segunda y tercera parte de Del día y de la noche) surgen de pronto a modo de remembranza y en variados géneros, a veces en forma de ensayos breves o crónicas, momentos lúdicos donde las lecturas de Sylvia Iparraguirre dialogan para generar ficciones bien arraigadas a su tradición “Los Caballeros antiguos surge a partir de mis lecturas antiguas y recientes. Lecturas cruzadas, y en eso por supuesto es Borges el gran maestro”, dice Sylvia Iparraguirre.

Lecturas donde se materializan materiales maravillosos como un encuentro narrado en primera persona con Ray Bradbury, o la contemplación de un Walt Whitman bajo la súbita revelación de su desmesurada empresa, y luego una mínima escena donde basta escribir el nombre de Kafka para que la lógica de su universo se ordene. Textos como pequeñas instantáneas o daguerrotipos que muestran a una Katherine Mansfield alumbrada por el fuego de la pobreza y la enfermedad, amenazando con llevarse su genio. Entre la erudición y la sensibilidad de la primera sorpresa surge un tal “Edward de Vere alias William Shakespeare” o la develación de una incógnita y el linaje descarriado de los Byron para culminar con “Efectos laterales de los trópicos”, un diario del Reverendo Reginald Pirinius (Anno domini 1723) donde la bella desnudez de los nativos resulta más poderosa que la tarea de evangelizar.

En Del día y de la noche hay una relación muy linda entre los trenes, los pueblos y los libros. Todo parece confluir alrededor de una preocupación sobre el tiempo.

–Tanto que se iban a llamar Tren de medianoche porque como dice Abelardo, el tren de medianoche es algo serio como experiencia intransferible para alguien que vivía en la provincia. Pero preferí Del día y de la noche porque hay textos más diurnos y nocturnos. Más humorísticos. El tren es mi infancia en los pueblos, una experiencia mínima y aparentemente insignificante. Yo siempre he sido lectora de noche. A la una o a las doce pasaba un tren por Junín. En el silencio de los pueblos se escucha por la noche y no es necesario que estés cerca de la estación. Con Abelardo extrañamos enormemente el tren. Es el tiempo en suspenso. La vida está en suspenso, vos existís en el reflejo de un vidrio. Yo he llevado libretas, en un sentido más diurno, anotando cosas que la gente dice en los trenes. Cuando estudiaba y viajaba desde Junín a Buenos Aires, llené libretas con diálogos tan absurdos que uno se preguntaría cómo se te puede ocurrir algo así. Es un tiempo distinto el que se vive en un tren. Yo no soy nostálgica pero sí experimento con mucha fuerza el tema del tiempo.

Entre los relatos que funcionan a modo de homenajes hay uno que le dedicás a José Antonio Barzac

–Porque Barzac fue un poeta a través del cual conocí a Abelardo. Era un tipo muy rubio, sus padres eran eslavos. Escribí un cuento sobre él que se llama “El viking”, está en Probables lluvias por la noche. Siempre andaba con su cuaderno de poemas. No cursaba en la Facultad, pero deambulaba por los pasillos. Tenía un libro de poemas que se llamaba Los firuletes necesarios y nos vendía a las chicas un libro por anticipado, anotaba tu teléfono y dirección y te daba un cupón. Se hacía unos pesos y tenía el teléfono de la mitad de las chicas de la Facultad. Era desopilante. Para la chica que era yo en ese momento, que vivía en un pensionado de monjas, imaginate, era el personaje completamente opuesto. Y de eso está hecho el cuento. Yo me causo gracia a mí misma viéndome con él. Se reía de todo, me hacía pisar el palito. Y me provocaba rechazo ese disparate total. Andaba siempre rodeado de chicas. Hacía como que entraba en los cursos, por ejemplo, o llamaba al pensionado a las tres de la mañana para leerme un poema. Un día me dijo si no quería conocer a escritores, ya que soy del interior. Le dije que sí y me llevó a una reunión de El Escarabajo de Oro que se hacía en el Tortoni. Desapareció ni bien llegamos y me dejó sola sentada en una silla. Yo me sentía como en actitud de examen, estaba aterrada por si alguien me preguntaba qué opinaba de la literatura argentina. José Antonio Barzac era muy buena persona. Alguien que te cuidaba dentro de las limitaciones de su propia locura.

Después de leer Del día y de la noche se tiene la sensación de que es cierto: hay gente que viene al mundo con la literatura encima.

–Yo no quería ser escritora, no estaba en mis planes. Fue un poco azaroso pero sin duda estaba inclinada para ese lado por mi relación con el lenguaje, y también mi relación con la naturaleza, por supuesto, la preocupación por lo ecológico, de eso me acuerdo desde la más tierna infancia, vienen con mi ADN. Para mí Del día y de la noche es como un ciclo en donde uno acepta el lado diurno y oscuro de la vida, por eso hay textos con mucho humor, como “Vecinos” o “Ganímedes”, donde una señora informa públicamente que tiene la verdad sobre Dios, y resulta que después es todo un disparate. Cierta clase de conocimientos populares nada eruditos me atraen mucho porque son como el reverso desordenado de la vida. No son saberes letrados, aparecen y circulan de boca en boca, de generación en generación, y yo tengo tendencia a dejarme atrapar por situaciones grotescas o desopilantes, ya casi te diría del teatro del absurdo donde me meto sola. Después, por suerte, logro regresar. Pasa en lugares más accesibles, la ciudad es más inaccesible. En última instancia lo interesante es estar cerca de la gente real.

Del día y de la noche
Sylvia Iparraguirre
Galerna
177 páginas

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Imagen: Xavier Martin
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