libros

Domingo, 25 de enero de 2004

Recetas para la felicidad

Heartburn. El difícil arte de amar
Nora Ephron

Trad. Mariana Rapaport
Editorial Del Nuevo Extremo
158 págs.

Cecilia Sosa

Hay libros que llegan tarde, como envueltos en el eco anómalo de lo que uno ya ha aprendido a disfrutar en otro soporte. Y no pareciera haber mejor ejemplo que Hearthburn, la primera novela de Nora Ephron, (mal) traducida como El difícil arte de amar. La pionera de la comedia romántica y madre (judía) de las chicas de Sex & The City tuvo su debut literario en 1983 y, desde entonces, no dejó de regalar a la pantalla de Hollywood las mejores exponentes del arte de matiné. Por eso, la primera versión en español de su ópera prima llega al mundo hispano con el desfasaje del mal subtítulo, cuando gran parte de sus hablantes ya aprendieron a memorizar tramos de los diálogos de Meg Ryan y Tom Hanks en Cuando Harry conoció a Sally o consumieron con fruición tercermundista sus trabajos como directora y guionista en Sintonía de amor o Tienes un email. Pero no importa. Aún cuando el tono Ephron lleva décadas de resonar en las sitcoms de Sony, la primera Ephron sigue funcionando. Es que Nora Ephron parece anticiparse a todas las modas, incluso a la de sí misma. Incluso a la de ser judía.
Ephron nació un 19 de mayo de 1941 en Nueva York, y antes de ingresar al mundo del cine, escribía mordaces columnas para las revistas Esquire y New York Magazine, que fueron compiladas en los libros Crazy Salad (1975) y Scribble, Scribble (1978). Ahora, cuando Ephron ostenta el título de clásico en materia de relaciones de pareja, qué mejor que conocer la suya. O su primer divorcio. Es que Heartburn –que en inglés alude tanto a “acidez estomacal” como a “ardor en el corazón”– cuenta el escarnio autobiográfico de Ephron a través de los dilemas de Rachel Samstat, una exitosa escritora de libros de cocina (que a pesar de que parpadea demasiado tiene su propio programa de TV), que asiste al desmoronamiento de su matrimonio perfecto (con un periodista que publica columnas semanales en 109 periódicos y dice estar enamorado de otra) mientras su panza de 7 meses se agranda día a día. Acidez y ardor, está bien. Pero ¿en qué punto, en qué coma, la angustia puede devenir ironía? Ephron parece tener la receta. No importa lo engorrosa que sea la trama de infidelidades, venganzas, sesiones de terapia grupal o puentes aéreos Washington-Nueva York; en el recetario de Ephron siempre parece haber un puré de papas perfecto, una torta de queso Amelia o un puchero listos para ordenar el mundo. Y entre las recetas que ofrece a lo largo de 158 páginas de desguace matrimonial, hay una que sorprende por su economía casi perfecta: la de los huevos “de cuatro minutos”. Dice Ephron: “Ponga un huevo en agua fría y hágalo hervir. Apagar el fuego inmediatamente y tapar la cacerola. Déjelo reposar. En tres minutos obtendrá un perfecto huevo de cuatro minutos”. ¡Y funciona! Siguiendo los pasos convenidos, se obtiene unos huevos deliciosos, con la clara con esa consistencia blanda, pero firme y el amarillo intenso de la yema en todo su esplendor. Al contemplarlos, la pregunta es casi inevitable: ¿por qué todo el mundo sigue hirviendo los huevos durante 20 minutos cuando en sólo cuatro se pueden obtener el mismo (o mejor) resultado? Y casi dan ganas de preguntarse por qué Proust, Colette o Flaubert dedicaron tantas páginas a diseccionar fantasmas amorosos cuando en tan pocas palabras parece posible contenerlo todo. Pero no, el secreto es otro.
Nada de nouvelle couisine: “Gran parte de la originalidad, si les interesa mi opinión, parece consistir en calentar queso de cabra y echarvinagre de frutilla al hígado de ternera o confiar demasiado en el kiwi”. O las consignas casi epigramáticas: “Enfrentémoslo: todos son las únicas personas del mundo con la que no deberías involucrarte”. Y si de teoría feminista se trata, Ephron parece cabalgar alguna nube de autoironía. “Cierta vez uno de mis amigos me llamó para decirme que su matrimonio se había terminado por culpa de la ternera Orloff, y yo supe con exactitud lo que me quería decir”. Ephron también regala un test para reconocer “príncipes judíos” con sólo una frase. Cuando ante la mesa del desayuno alguien dice “¿Dónde está la manteca?”, o su variante lánguida, “¿Hay algo de manteca?”, bueno, dice Ephron, podemos estar seguras de que estamos frente a un verdadero príncipe judío. ¿Una Maitena neoyorquina?
Una más: “Lo que amo de la cocina es que después de un día difícil, hay algo reconfortante en el hecho de que si derrites manteca y agregas harina y después caldo caliente, ¡se pondrá espeso!”. Ahí está: algo en sus reflexiones ajenas a toda metáfora doliente que parecen condensar toda la tradición cultural que resuena en Seinfield, Sex and the City, pero también en Hemingway o en Carver: por más oscura, trágica o abismal que sean las pruebas que tenga que atravesar la protagonista, esa oscuridad y ese abismo jamás serán nombrados. ¿La teoría del iceberg en la cocina? Cuando la heroína del culebrón latinoamericano estaba a punto de iniciar su catarsis lacrimógena o su variante intelectual se aprestaba a caer en el diván para dejarse esclavizar por los fantasmas, los personajes de Ephron siempre parecen tener una receta a mano para salir del paso. Sin adjetivos, ni disecciones proustianas, sólo la certera precisión de la empiria positivista. Pensamiento sin metáfora. Como los huevos de cuatro minutos.

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