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Domingo, 25 de enero de 2004

Dos años de soledad

 Por Leonardo Moledo

En 1904, el marino entrerriano José María Sobral (1880-1961), que tuvo la mala suerte de quedar varado dos años en la Antártida y que luego se convirtió en el primer geólogo argentino, financió como pudo y con sus propios recursos la primera edición de Dos años entre los hielos (1901-1903), el diario de viaje que había escrito mientras duró su nada placentera estadía en el quinto continente. Las dificultades para publicarlo fueron tan sólo algunas de las que sufrió a su regreso después de haber atravesado una odisea congelada. En esa época, viajar a semejantes zonas era un verdadero descensus ad inferos, en el que en vez de sortear ríos de azufre incandescente y llamaradas de leguas de fuego, había que hacer frente a témpanos, agua casi congelada y temperaturas que arañaban los 30 grados bajo cero, tan bajas que se congelaba la nostalgia. La soledad misma, que a temperatura ambiente suele ser líquida, se reducía a un puñado de nieve fangosa. En su diario, Sobral transmite la belleza monótona del paisaje y el encanto de una rutina de investigación: aunque es un guardiamarina el que escribe, está naciendo el geólogo, capaz de comprender la naturaleza en una de sus manifestaciones extremas, leer la historia escrita en las piedras, y asombrarse ante una meteorología exótica.
El viaje de Sobral, del que en diciembre se cumplieron cien años, fue la primera misión científica que exploró la Antártida. Y consistió en un encadenamiento de peripecias, que perfectamente podrían haber terminado de la peor manera.

Quid pro quo
En 1895, año en que se realizó el II Congreso Internacional de Geógrafos en Londres (Gran Bretaña), se llegó a la conclusión de que ya no había más lugares inexplorados en el mundo excepto ciertas recónditas zonas del sur en las que, según contaban las leyendas de viajeros solitarios, la vegetación no crecía, el aire congelaba de sólo respirarlo y soplaban ráfagas de vientos mortales. Era, sin dudas, el continente blanco, la Antártica. Entonces, el siguiente Congreso Internacional de Geógrafos que se llevó a cabo en Berlín en 1899 dispuso la realización de una gran expedición internacional para el estudio y mapeo del único bastión desconocido por la humanidad. Así, el ballenero Antarctic, convertido en buque científico, dejó Gotemburgo (Suecia) el 16 de octubre de 1901 y el 16 de diciembre amarró en el puerto de Buenos Aires, donde el geólogo y experto polar sueco al mando de la misión, Otto Nordenskjöld, pactó con las autoridades locales, que le aseguraron la provisión de víveres y carbón con la condición de sumar a su tripulación a un investigador argentino. La elección recayó (tres días antes de que el Antarctic dejara el puerto porteño) en el alférez de fragata José María Sobral.
Sobral, de sólo 21 años, que había nacido en Gualeguaychú, Entre Ríos, en 1880, y en 1898 había egresado de la Escuela Naval como guardiamarina, carecía de experiencia polar y no hablaba una palabra en sueco. Lo mandaban al Polo Sur sin siquiera darle el equipo básico de supervivencia. Él mismo debió salir, en pleno verano, a buscar por Buenos Aires ropa apropiada para temperaturas de 40 grados bajo cero. Hizo lo que pudo, pero, como luego confesó: “Con excepción de la ropa interior, todo resultó perfectamente inservible”. El 21 de diciembre de 1901 la expedición zarpó del puerto de Buenos Aires rumbo al remoto sur, al viento y al frío, como mucho más tarde señalaría un triste presidente argentino. No imaginaban el destino que les esperaba.
Al principio, las cosas fueron bien: el 13 de febrero de 1902, Nordenskjöld y otros cinco hombres –entre ellos Sobral– quedaron en la helada isla Cerro Nevado, al este de la Península Antártica, dondelevantaron una pequeña cabaña prefabricada que sería su abrigo durante el invierno polar, y el Antarctic volvió a Ushuauaia para volver a recogerlos al verano siguiente, cuando los hielos ya derretidos permitieran el paso. El quinteto estuvo allí durante el invierno con temperaturas de 45º bajo cero y vientos de 200 kilómetros por hora; hicieron observaciones meteorológicas, estudios de magnetismo, trabajos de biología y reconocimientos geológicos, y llegaron a las proximidades del Círculo Polar Antártico. En la isla Seymour encontraron restos fósiles de animales prehistóricos y vegetales que sugerían que la inhóspita región había disfrutado en otras épocas de temperaturas tropicales.

Atrapados sin salida
Pero luego del invierno, cuando esperaban ansiosamente la llegada del Antarctic para volver, el barco no apareció. Había sido atrapado por el hielo y tres hombres bajaron en Bahía Esperanza para intentar llegar hasta la cabaña, pero no pudieron. Pocos días después, el Antarctic se hundió en el océano; los náufragos bajaron a un témpano y vagaron entre los hielos en dos botes hasta llegar a la isla Paulet, donde construyeron una cabaña de piedra y se prepararon lo mejor que pudieron para pasar un invierno terrible en el que debieron dormir unos contra otros para mantener el calor.
Al llegar la primavera, el grupo de Bahía Esperanza salió a buscar la cabaña de Nordenskjöld, mientras éste trataba de llegar a Paulet. El 12 de octubre de 1903 se encontraron a mitad de trayecto y regresaron juntos a Cerro Nevado.

¡Viven!
Entretanto, la preocupación por la suerte corrida por los investigadores había crecido en todo el mundo. El gobierno argentino, fletó la corbeta Uruguay, que en noviembre encontró en la isla Seymour (Marambio) a dos de los habitantes de la cabaña de Cerro Nevado mientras estaban cazando pingüinos para almacenarlos como alimento por si tuvieran que pasar un tercer año en la zona. La euforia fue total. Mientras empacaban lo más rápido posible por temor a quedar atrapados, llegaron los hombres que habían naufragado con el Antarctic. Todos se encontraban vivos y relativamente saludables, excepto Ole Wennersgaard, uno de los refugiados en la isla de Paulet, que había muerto durante el invierno.
Cuando se supo en Buenos Aires que los marinos suecos (y en especial el argentino) estaban vivos, los telegramas con la noticia empezaron a recorrer las redacciones del mundo. En la tarde del 2 de diciembre de 1903, cuando la Uruguay por fin amarró en Buenos Aires en un estado calamitoso, cerca de cien mil personas fueron hasta el puerto, y luego un carruaje llevó por las calles porteñas a los expedicionarios recién salvados. La multitud desató los caballos del carruaje, que marchó a tracción humana entre las aclamaciones que retumbaron desde la Casa Rosada hasta la Catedral.

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José María Sobral
 
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