libros

Domingo, 15 de febrero de 2004

RESEñA

Yo, el supremo

Timerman
El periodista que quiso
ser parte del poder
(1923-1999)
Graciela Mochkofsky

Sudamericana
Buenos Aires, 2003
534 páginas

 Por Sergio Moreno

Jacobo Timerman es, para todo periodista que sienta un mínimo interés por esta profesión –y, por ende, respeto de sí mismo–, un personaje fundamental. Gran parte de los mejores periodistas que existen hoy en la Argentina han trabajado y/o se han formado con él, en diferentes redacciones de legendarios medios gráficos como las revistas Primera Plana y Confirmado o los diarios La Opinión y La Razón. Los relatos de aquellos que –para su bien o su mal– pudieron compartir su trabajo acrecientan el mito del editor poderoso, brillante, influyente, despótico, contradictorio y arbitrario que, dicen, fue en cada medio que fundó o dirigió.
Varios de esos periodistas son amigos o compañeros de trabajo de este redactor, que no tuvo la oportunidad de conocer a Timerman en vida. La mirada de cada uno de ellos es bien distinta entre sí, dato que expone los diversos rostros de Jacobo, como solían y suelen llamarlo todos, lo quieran o lo odien –a él, a su recuerdo, a su fantasma.
Distinta a esos relatos primigenios es, también, la mirada que sobre Timerman derrama Graciela Mochkofsky, periodista que nació a la profesión en Página/12, luego pasó por La Nación, escribió en coautoría con su marido, Gabriel Pasquini, Los farsantes, una historia sobre el caso Coppola, y que ahora, tras la faena para nada desdeñable de haber construido este libro crucial, Timerman, muestra la dimensión de su crecimiento profesional.
La mirada de Mochkofsky sobre este gran editor-tótem es eficazmente periodística. La autora cree en lo que dice en el último capítulo de su libro: a guisa de las diferencias que observa entre aquellos periodistas de los ‘60 y ‘70 y los de este principio de milenio, Mochkofsky sostiene -en un juicio por demás opinable– que “las novísimas generaciones (de periodistas) no conciben otro horizonte que la democracia y encuentran, aunque muy confusamente, un modelo en el periodismo norteamericano”. Es la autora (antes que nada, Mochkofsky es una prolija egresada de la Universidad de Columbia, New York) quien cree en este modelo (destruido en el sendero que atravesaron los medios estadounidenses tras la invasión a Irak). Esta mirada, aséptica pero rigurosa, obtiene aciertos destacables: Mochkofsky consigue un texto abarcador, específico y detallado de la vida profesional y política del personaje. El texto guarda la regla de oro que debe tener una biografía: pinta la época de Timerman, el mundo, la Argentina y el periodismo, con un rigor propio de la obsesividad de la autora y de los cánones sajones de la profesión.
La época de Timerman en que se despliega con mayor esplendor su yo es cuando comienza su carrera periodística –a pesar de que sus años mozos hayan sido los mejores, según recordara en sus últimos años–, cuando comienza a dar vida al mito del gran editor, del periodista influyente. El libro consigue pintar las épocas y las calidades y cataduras de la prensa –medios y periodistas– de esos tramos de la historia reciente de la Argentina. Graciela Mochkofsky, con precisión y delicadeza, muestra el costado más miserable y ruin de los grandes editores criollos, de la mácula que han dejado en la patria los grandes diarios y las renombradas plumas o personajes de esta profesión: su costado antidemocrático, su militancia golpista, su defensa de los intereses de sectores no siempre sanctos, su hipocresía y, vanitas vanitatum, su vanidad. En este libro están todos sus nombres; hay que aprenderlos, no olvidarlos. También aparecen los que nunca se dejaron tentar por las aventuras golpistas de turno. Los más destacables entre los editores, Robert Cox, del Buenos Aires Herald, y Rodolfo Terragno.
El trabajito que hizo el periodismo –medios y personajes– durante la dictadura es una vergüenza para la profesión, cuando no para la dignidad humana. Mochkofsky relata las contradicciones de Timerman en esa época infausta, su decisión de publicar los habeas corpus de los desaparecidos en la tapa de La Opinión –que junto con el heroico Buenos Aires Herald conducido por Cox, fueron los únicos dos medios que tuvieron la valentía de hacerlo–, a la vez que su defensa del gobierno del dictador Jorge Rafael Videla, a quien consideraba un “blando” en ese mar de fascistas; el valor de mantener una avanzada feroz contra José López Rega hasta que fue expulsado del gobierno, y la ferocidad igualmente consecuente para derrocar a la timorata pero constitucional presidenta Estela Martínez de Perón; la defensa de los derechos humanos a la vez que la denuncia a “los dos terrorismos, el de derecha y el de izquierda, porque defender sólo uno es ponerse del otro lado”.
La autora coincide con la mayoría de la gente que supo querer a Timerman cuando se sumerge en la valoración de su libro Preso sin nombre, celda sin número: un aporte invalorable a la lucha por los derechos humanos y a la denuncia de la tortura y de la barbarie del gobierno dictatorial y asesino que asoló la Argentina entre 1976 y 1983.
La carencia, quizá, de este valiosísimo y bien escrito texto está en lo que Mochkofsky no muestra, esto es, el costado más humano, cotidiano y doméstico de Jacobo Timerman. Porque la mirada es ésa, la de alguien que observa un mito, un tótem, casi a un personaje de leyenda. Pero nada sabemos, a través de este libro, de sus gustos culinarios, de si le apetecía la comida judía o árabe –sólo dice como al pasar que le gustaban los fideos al agli e olio–, si era fiel o dejaba tentar su carne con otras mujeres, del trato que dispensaba a sus hijos. Poco y nada se cuenta aquí de eso; ese costado de Jacobo Timerman sigue oculto.
No obstante esta apreciación, Timerman... es un libro excelente, que mantiene la tensión dramática a lo largo de sus cinco centenares de páginas que, lanzados a la lectura, se antojan muchas menos.
Timerman... no es un libro (sólo) para periodistas. Indudablemente, pocos serán los colegas que terminarán el verano sin leerlo, sin fagocitárselo tal como invita el texto, mas la mera especificidad de las tareas del personaje no acota su interés extramuros de la profesión. Timerman... es, acaso, uno de los textos indispensables para todos aquellos que se interesen por la política y por los destinos y la historia de la patria. Una vez leído, y sin ser ésta una biografía complaciente (en lo más mínimo), uno empieza a lamentar y maldecirse por no haber estado, aunque más no fuera en alguna oportunidad, cerca de Jacobo Timerman.

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