libros

Domingo, 15 de febrero de 2004

ENTREVISTA

El tren de la historia

POR JONATHAN ROVNER

Christian Kupchik es, a simple vista, un hombre apasionado. Toda una pared con estanterías de piso a techo, completamente cubierta de libros certifica su voracidad. Y, como si no tuviera nada de paradójico, el complemento de esta pasión malsana y sedentaria por la lectura es la exhaustiva curiosidad que Kupchik manifiesta por los viajes. Kupchik se refiere, así como al pasar, a los muchos años de vida en el norte de Europa, la histórica cuna de los viajeros marítimos, y ni bien lo dice se hace evidente: Kupchik guarda todavía el aspecto de un vikingo. El pelo rubio rojizo, largo hasta la nuca, el bigote tipo moustache, todavía más rojizo que la melena y la mirada azul, aguileña, por detrás de los anteojos. Un viajero que lee o un lector de viajes narrados. Probablemente las dos cosas.
No podía ser de otro modo, hace ya varios años que la literatura de viajes y los relatos de viajeros constituyen el centro de sus investigaciones literarias. Ha compilado los libros El camino de las damas (Escritoras viajeras), En busca de Cathay (Travesías por los enigmas de la ruta de la seda), La ruta argentina (El país contado por viajeros) y Las huellas del río (Historias, misterios y aventuras en las grandes vías fluviales). También tradujo una antología de relatos noruegos contemporáneos, seleccionados y prologados por Angélica Gorodischer.
Actualmente, Kupchik acaba de publicar En la vía, una compilación de cuentos escritos por narradores argentinos del siglo XX, en los que la presencia de los trenes constituye el elemento primordial y aglutinante. En el prólogo, Kupchik explica: “En el tren los pasajeros devoran un mundo-espectáculo: la literatura de estación democratizará la información y la novela, con sus audacias, abre un espacio más allá del viaje. Sin embargo, el acontecimiento resultará un escándalo: todo acontecimiento en un tren es escándalo. El tren proporciona otra mirada sobre la soledad, el miedo, la ausencia. La mejilla pegada al cristal, no hay ángulos ni vientos perturbadores. No hay que asomarse. El paisaje discurre detrás de un vidrio turbio. Y no obstante, aún quedan exponentes de lo inquieto, ya sean nómadas, vagabundos, aventureros, pesquisas de lo nimio, dispuestos al desafío de lo incierto”.
La pasión argentina por los parques temáticos llegó al formato libro y no es insignificante que en este caso el tema sean los relatos sobre viajes. Se sabe: todo relato es, también, un viaje y todo viaje es, necesariamente, una pequeña historia que empieza, se desarrolla y termina.
¿Cómo clasificaría este libro, si tuviera que asignarle una categoría de género?
–Y, es difícil, ¿no? O sea... (se ríe), no pertenece a la literatura de viaje y tampoco... Yo creo que lo que lo distingue es la unidad temática, la participación del tren en todos los relatos... Yo no sé si lo distingue genéricamente porque sería como una vuelta de tuerca demasiado fina para eso, pero sí que lo distingue en cuanto al tipo de propuesta. En el sentido de que el núcleo aglutinante de todos los relatos está vinculado con un medio de locomoción que se transforma, a su vez, en un discurso, en un relato, desde distintas perspectivas.
¿Cómo llegó a la idea de este libro?
–Eh... Ésa es una pregunta que creo que puedo contestar un poco más fácilmente. Fundamentalmente por un interés centrado en la literatura de viajes, a partir de allí pude observar que hay una alta proporción, no sólo de lo que se entiende estrictamente como literatura de viaje, sino, dentro de lo que es la historia literaria, que está muy determinada por el medio en que el autor acostumbra a moverse. Para tratar de ser un poco más específico: hay un amigo, un querido amigo, que dice que hay tantos viajes como viajeros posibles. Y yo concuerdo con eso. Para mí todo viaje es la puesta en práctica de una poética determinada. Ahora, esa poética, a su vez, está como incidida por dos líneas: una es el objetivo del viaje, deallí que no es lo mismo una crónica que un cuento, etc., y otra tiene que ver mucho con el medio en el que se realiza ese viaje; o sea, cada medio influye particularmente en la apuesta estética del autor. Melville, Conrad, London o Stevenson están muy cercanos a una poética marina y a todo lo que tiene que ver con el imaginario de ese mundo, extraordinariamente explayado desde distintas vertientes, todas responden al rasgo de lo que es la aventura marina y el viaje en el mar. Kerouac lo hace con la carretera y hay una cantidad de autores francamente increíble que se ha expresado a través del tren, o que han tomado al ferrocarril o al tren como medio de expresión. Tanto en la narrativa como en la poesía. Es decir, lo que me interesaba de esto ya no es el tren material, que también, digamos, de algún modo me interesa, pero mucho más me interesa la capacidad simbólica que asume el tren, en distintos espacios literarios. O sea, tiene una presencia mucho mayor que, por ejemplo, otros medios de locomoción, como por ejemplo el avión; no hay muchos textos de literatura aeronáutica.
¿Qué otras tradiciones viajeras le parecen fundamentales para la historia de la literatura?
–Fundamentalmente, lo que tiene que ver con el espacio marino hasta principios de este siglo. Yo viví muchos años en el norte de Europa, en Noruega sobre todo, y son países que fueron cuna de vikingos, su contacto con el mundo era a través del mar. Y algunos escritores amigos me decían que, antes de mandarlos a la universidad cuando terminaban su educación básica, lo que hacían los padres era embarcar a sus hijos para que salieran a conocer el mundo a través del mar. Entonces la visión que ellos iban a incorporar como adultos era ese bautismo de fuego que tenían que hacer en el mar y que Lowry de algún modo lo expresa bastante bien en su novela, cuando llega en el Rolls-Royce a trabajar de pelapapas en un carguero. Podríamos hablar desde comienzos del mundo (se ríe), o sea, desde La Odisea, pasando por el descubrimiento y demás, el hombre tiene un contacto con el mundo a través del mar.
Desde un punto de vista universal, ¿qué obras le parecen interesantes para esta literatura sobre trenes?
–Eh... hay infinidad, con una variedad increíble de propuestas, desde la saga de libros de Theroux, que es un fanático de los trenes. Ha recorrido el mundo arriba de los trenes porque les tiene pánico a los aviones. Hay también otros autores que, desde el policial, sobre todo los ingleses, han hecho cosas magníficas: los clásicos como Conan Doyle, o la propia Agatha Christie, hasta Patricia Highsmith. Yo creo que en muchos casos, a lo mejor, el tren es protagonista en sus novelas. Se puede ver también como algo un poco caprichoso, que elijan el tren, así como otros podrían elegir rascacielos (se ríe)... Pero el tren es un medio que posibilita otra suerte de comunicación, otra suerte de percepción del camino, que prefigura un espacio que, a diferencia de otros medios de locomoción, permite cierta libertad: se puede caminar en él, se puede ir a distintas zonas, se puede dormir. Es decir, tiene una cantidad de características que plantean al tren como escenario narrativo más interesante que otros. Eso es lo que me llevó a preguntarme por el valor simbólico del tren. ¿Qué ven ahí? Yo creo que el tren es recuperado, sobre todo a partir de la masificación de los vuelos, con una perspectiva más romántica, más anacrónica, si se quiere, pero que también conlleva un signo literario mucho más presente.
¿Y usted tiene historias personales en torno a los trenes?
–Sí (se ríe), no demasiado agradables. En el tiempo que viví en Europa era bastante duro tener que traspasar fronteras con un pasaporte argentino. Eh... Sí, sí. Los trenes, además, generan otra cosa, o sea, no es simplemente el tren, el escenario, sino todo lo que los circunda, o sea, las estaciones de trenes a mí me resultan particularmentefascinantes, son como espacios prohibidos, ¿no?, en casi todas las metrópolis del mundo. Acá mismo, Retiro a mí me resulta fascinante, puede verse de todo, desde sexo clandestino hasta los sueños de los provincianos que vienen a la ciudad, y en ese sentido ese universo también a mí me provoca cierta fascinación un poco morbosa. Una vez, cerca de Roma Termini, me fui a un hotel, una pensión que estaba llena de africanos: era como observar a todos los parias del mundo reunidos en un gran cónclave, al mismo tiempo de una riqueza infinita.

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