libros

Domingo, 15 de febrero de 2004

EL EXTRANJERO

El extranjero

THE GREAT FIRE
Shirley Hazzard

Farrar, Straus & Giroux
Nueva York, 2003
278 págs.

 Por Rodrigo Fresán

“Una de las razones por las que los hombres van a la guerra es porque la guerra parece simplificarlo todo. La paz nos obliga a inventarnos nuestro futuro yo”, reflexiona Aldred Leith en las primeras páginas de The Great Fire, ya desde su mismo y extraño nombre, un héroe a la antigua en una de esas novelas que ya no se escriben. Esto, claro, no le importa en absoluto a la escritora australiana Shirley Hazzard quien –luego de haber publicado el clásico moderno The Transit of Venus– se pasó los siguientes veintitrés años escribiendo The Great Fire para ganar con ella el último National Book Award a finales del año pasado. Las acusaciones de “anticuada” no le importan a Hazzard porque ella, también, es una escritora a la antigua: una defensora del Viejo Orden y de lo que se supone debe ser la Gran Literatura. Lo que no impide que –al mismo tiempo– The Great Fire sea una novela romántica en el sentido más estricto y noble de la palabra: romántica como ciertos libros de Fitzgerald y de Hemingway, y romántica como ciertas películas que pueden llamarse Casablanca o El paciente inglés.
The Great Fire, entonces, propone protagonista y escenario y época a la vieja usanza: el inglés Aldred Leith es un joven oficial condecorado –hijo de un célebre escritor y geólogo que alguna vez le robó una amante– que llega al Japón ocupado de 1947. Aldred arrastra consigo los horrores del frente de batalla, la tristeza de un divorcio en la retaguardia, y la amistad con Peter Exley, historiador de arte y también veterano del espanto, quien se convierte en el perfecto interlocutor epistolar a la vez que en el personaje más interesante del libro. Aldred es un cínico sentimental de 32 años que se siente como si fuera el más curtido de los octogenarios, un hombre sin mundo en un paisaje donde todavía humean las cenizas del “Gran Fuego” de la Segunda Guerra Mundial y en el que conoce a Benedict y Helen Driscoll, dos adolescentes luminosos y obsesionados por el poder redentor de la literatura. Benedict padece una enfermedad degenerativa incurable, Helen es una belleza lírica de dieciséis de la que Aldred –a quien Hazzard define de tanto en tanto como “el hombre”– no demora en enamorarse. Al final, Benedict muere en California no sin antes asegurarse que Aldred y Helen (quien ha sido enviada por sus padres a Nueva Zelanda con la esperanza de que la distancia apague este otro gran fuego) se amarán para siempre. Hasta el momento de reunirse, Aldred y Helen se escriben cartas muy poéticas y muy largas. Afuera hay “atardeceres atigrados” y epifanías masculinas donde, por supuesto, el sol también sale.
La pregunta es, entonces, si The Great Fire es una obra maestra o apenas un pastiche bendecido por un lenguaje exquisito y el conocimiento territorial de una autora habituada a vivir en países “exóticos” y quien, en su juventud, no sólo fue amiga de Graham Greene sino que, además, supo ser reclutada por la Inteligencia Británica para monitorear la guerra civil en China en el año 1947. La respuesta es las dos cosas, proponiendo así una rara experiencia para el lector: la de la carcajada y la emoción adentro de un mismo libro. David Lean hubiera construido una gran película con todo esto; ahora, supongo, le tocará a Anthony Minghella hacerse cargo del asunto.

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