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Domingo, 25 de julio de 2004

EL EXTRANJERO

EL EXTRANJERO

OBLIVION
David Foster Wallace

Little Brown
Nueva York, 2004
329 págs.

 Por Rodrigo Fresán

El año pasado, David Foster Wallace (Nueva York, 1962) publicó un libro que preocupó a más de uno. En realidad, preocupó a todo el mundo. Everything and More –escrito por encargo para una colección de textos científicos– fue un non-fiction sobre ciencias exactas y puras y duras. Digámoslo bien claro: no se entendía nada –las páginas abundaban en diagramas, signos, ecuaciones– y hasta los matemáticos mejor predispuestos se rascaron la cabeza. Alguien dijo que en los postulados de Wallace había erratas imperdonables, pero no había problema alguno porque casi nadie podría detectarlas en semejante maraña.
Ahora –luego de La niña del pelo raro (1989) y Entrevistas breves con hombres repulsivos (1999)– Wallace vuelve al cuento largo puntuado por miniaturas como vehículo perfecto para denunciar los horrores de la sociedad norteamericana y de aquellos que la celebran y la padecen sin tener del todo claro cuál es el lado del tablero que les ha tocado. La palabra clave, claro, es entropía y el Dios invisible de este mundo que se hace pedazos sin prisas ni pausas responde al nombre de Thomas Pynchon con Samuel Beckett mirando por encima de su hombro. Y, sí, Oblivion fascinará a fieles y disgustará a detractores (que condenan sus “masturbatorias oraciones cada vez más largas”) y todo bien. Pero de lo que aquí se trata es de si, finalmente, Wallace es el escritor más importante y audaz de su generación –el hombre que firmó en 1996 ese monstruo novelístico titulado La broma infinita donde hacía volar por los aires la mística de la familia Glass mientras fundaba la de la familia Royal Tenenbaum– o, simplemente, es un chico ingenioso al que le convendría volcarse al territorio de los formidables y desopilantes ensayos reunidos en Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (1997), para muchos su mejor libro.
Lo cierto es que Oblivion no resuelve el enigma ni despeja dudas y –más allá de la novedad de casi total ausencia de las características notas al pie del autor– no aporta nada nuevo de Wallace pero sí continúa insistiendo en lo novedoso de su estilo. A diferencia de varios de sus contemporáneos –Eugenides, Lethem, Chabon, Franzen o Eggers, que le debe más de un truco– Wallace parece más preocupado por el estilo que por la trama. Y así, la reunión de prueba de producto en “Mr. Squishy”; la vida en una redacción muy fashion en “The Suffering Channel” (la revista se llama Style, su redacción está en el World Trade Center, todo transcurre en julio de 2001); una suerte de autopsia del amor muerto en las disculpas de un hombre cuya mujer alucina sus ronquidos nocturnos en “Oblivion”; y el monólogo del paciente a su analista en “Good Old Neon” nos hacen comprender, enseguida, que Wallace no escribe historias sino... formatos. Y que eso es lo que le gusta contar: no el cuento sino la anatomía de ese cuento. Hasta el más mínimo y exasperante detalle. Sólo para valientes, claro. Y el misterio permanece. ¿El mejor? Mmm... ¿El más audaz? Sin duda alguna.

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