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Domingo, 25 de julio de 2004

Francesco Petrarca - Padre de todos los poetas

 Por Ariel Magnus

Un grupo de científicos italianos exhumó hace poco el cadáver de Francesco Petrarca, entre otras cosas para tomar las medidas de su cráneo y componer un retrato que fuera, a diferencia de tantos, probablemente de todos, fiel al del poeta original. Se sabe por sus escritos que Petrarca sufrió un accidente andando a caballo, por lo que las huellas de fractura encontradas en una pierna permitieron identificar el cuerpo. Con el cráneo que yacía cerca de los hombros no se tuvo lamentablemente tanta fortuna: no pertenecía al poeta ni aun a una persona de su sexo sino a una mujer. ¿Su amada Laura? ¿Aquella mujer, como se sabe por sus escritos, como se sabe incluso sin haberlos leído, por la que Petrarca perdió la cabeza? No faltó quien lo especulara, y de hecho el cráneo fue enviado a Arizona para más estudios. En todo caso, el retrato científico del poeta con que se pensaba enriquecer el aniversario número 700 de su nacimiento (19/07/1304) no pudo ser.
Mientras otro grupo de peritos italianos exhuma por estos días los cuerpos de la familia Medici (¿qué ocurre en el presente de Italia para preferir ocuparse del pasado?), no nos queda más opción que agregar otro bosquejo dudoso, poco científico, del poeta con más caras de entre los poetas.

LA AFAMADA LAURA
Petrarca conoció a Laura un Viernes Santo en la Iglesia Santa Clara de Aviñón. “En mil trescientos veintisiete, en punto/ a la hora primera, el seis de abril/ entré en el laberinto; y no veo por dónde salir.” Fue sólo un vistazo, pero ojos que ven, corazón que siente: con ese día fatal, el más trascendente de la literatura hasta el 16 de junio de 1904, empiezan décadas de amor desgraciado, pues Cupido hirió con su flecha al poeta, pero a la amada, casada ella, y de “vida breve”, no osó “ni siquiera mostrar el arco”.
Cientos de sonetos, forma poética que popularizó para siempre, le dedicó Petrarca a esta “dulce enemiga” que aun después de muerta (“en la misma ciudad, en el mismo mes de abril, en el mismo sexto día, a la misma hora primera, en el año 1348”) seguía apareciéndosele en sueños. ¿Pero no era ella misma un sueño?
Entre los estudiosos, hay consenso en declarar inexistente a la Helena de Homero y en dar por verdadera a la Beatriz Potinari de Dante, pero con la Laura cantada por Petrarca el desacuerdo continúa. Los más científicos, luego de que se propusieran varias posibilidades, coinciden en identificarla con Laura de Noves (1310-1348), mujer casada con el gentilhombre Hugues de Sade (antepasado, parece, del obeso Marqués) y madre de once hijos. Los otros prefieren ver en Laura no una mujer de carne y cráneo sino un derivado de lauro, italiano para laurel (planta universalmente utilizada para designar a la fama). Petrarca subvenciona ambas posturas en sus poemas: con fechas y lugares la primera, con juegos de palabras la segunda. Habla de laureles desde los primeros poemas (“Sólo por ir hacia el laurel donde se coge/ áspero fruto”), juega con las formas del verbo laudar o alabar (“Così Laudare e Reverire insegna”), abunda en auras, áureos y auroras. Difícil saber a esta altura si el nombre responde a estos juegos o los juegos fueron inspirados por el nombre pero, real o no, lo cierto es que nuestro quejumbroso bardo no cantó para ganarse a esa mujer que en vida no le dio ni la hora y no por falta de relojes de pulsera sino por la fama que esperaba ganar mediante su canto. Y no unos pétalos de fama, como pedía Miguel Hernández, sino toda la planta. “Si Amor o Muerte no hacen algún daño/ a la nueva tela que ahora urdo”, se lee en la primera parte del Cancionero, los así llamados “poemas en vida” de Laura, “haré tal vez un trabajo mío tan doble/ entre el estilo de los modernos y el decir antiguo/ que (temerosamente oso decirlo)/ hasta en Roma oirás de él el estruendo”. Y en efecto, en 1341, Petrarca recibió en la capital del mundo el casco aromático que lo declaró poeta laureatus. El eco de aquel estruendo, la apagada pero aun audible resonancia de ese “dolor mío, callando el cual yo grito”, ha llegado hasta nuestros pagos. Tal vez no sin culpa de su parte.

VAYAMOS POR PARTES
Nugellae, pequeñeces, o rime sparse, “rimas sueltas”, llamaba Petrarca a las 366 amorosas variaciones en lengua italiana que publicó bajo el nombre latino Rerum vulgarium fragmenta o Fragmentos en habla vulgar, hoy conocido como Canzoniere. El menosprecio que supone presentar una casa como un mero rejunte de ladrillos esconde una innovación arquitectónica sin precedentes. Tal vez porque intuyó que sólo fraccionadas las cosas sobreviven al paso del tiempo, pero con más seguridad porque él mismo tenía una visión fragmentaria, ya no unívoca como en el medioevo, del mundo y del hombre, Petrarca fue probablemente el primero en utilizar la idea de fragmento para una obra artística. Dios, como el título latino que mantiene atado el conjunto de sus poemas, seguía siendo el garante de unidad, pero con Petrarca el universo empezó paulatinamente a dejar de ser algo cerrado y estático para ponerse en movimiento, agrietarse, estallar en pequeñeces.
Esta fe deconstructivista, que ayudó a que se lo apodara el primer hombre moderno, el “padre del humanismo” como figura en las enciclopedias, fue cultivada por Petrarca no sólo en el carácter fragmentario de sus poemas (o de sus cartas autobiográficas, las familiares y las seniles) sino en los poemas mismos. Como el blasón homérico de Aquiles, Laura es descripta por partes a lo largo de todo el poemario y es tarea del lector ir reconstruyéndola. Lo novedoso y trascendente de este blasón anatómico, trillado luego por el petrarquismo, puede colegirse de la sátira que siglos más tarde le hizo Cervantes con su insuperable descripción de Dulcinea: “Sus cabellos son oro, su frente campos eliseos, sus cejas arcos del cielo, sus ojos soles, sus mejillas rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármol su pecho, marfil sus manos...”.
Es culpa en última instancia de Petrarca –y del petrarquismo que lo divinizó después de su muerte– que Cervantes nos haya regalado esta sátira genial, por culpa de la cual hoy se nos hace difícil volver a la versión originaria sin una sonrisa o un bostezo. Petrarca, que nunca brilló por su modestia, supo ya en vida que lo estaban banalizando y temió que sucediera precisamente lo que sucedió luego: “Si esta enfermedad se expande, hasta las vacas van a mugir en números y rumiar en sonetos” (ver recuadro).

MOVIMIENTO Y REPOSO
El padre del humanismo (y del hombre moderno, y del yo lírico quejoso y egotista) lo fue también de las bibliotecas privadas. Desde muy joven comenzó a copiar y a coleccionar manuscritos, tarea reservada hasta entonces a los monasterios, y se estima que al momento de morir había juntado cerca de un millar de ejemplares. Su inclinación por los antiguos latinos y por los griegos prefigura el renacimiento del interés por la cultura clásica, que no habría de llegar hasta más tarde. “Mucho antes de que llegara tu carta había yo tenido intención de escribirte”, escribe Petrarca a Homero, “y realmente lo hubiera hecho si no fuera por falta de un idioma en común. No tengo la fortuna de haber aprendido griego, y la lengua latina que hablaste alguna vez con ayuda de nuestros escritores [Virgilio], luego pareces haber olvidado por negligencia de sus sucesores [¿Dante?]. Pero ahora llega un hombre que te rescata, él sólo [¿Petrarca?], y vuelve a hacer de ti un latino”. Bibliófilo antes que bibliómano, le dolía que, a pesar de ser “inteligente, incluso tal vez excepcionalmente inteligente”, su primogénito Giovanni odiara los libros, que para él eran como seres humanos. Se cuenta que un día se le cayó en el pie una copia de un epistolario de Cicerón hecha de su puño y letra: “¿Qué te hice, Cicerón, para que me lastimes?”, le reprochó Petrarca al Codex.
Contra este afán quevediano por vivir en conversación con los difuntos y escuchar con sus ojos a los muertos, Petrarca sentía la necesidad pessoana de “sea como fuere, sea por donde fuere, ¡partir!”. Había nacido en el exilio de Arezzo, donde la familia fue acogida luego de ser expulsada de Florencia al mismo tiempo que Dante (el padre de Petrarca y el poeta de la Divina Comedia habían sido amigos). Con menos de diez años se mudó a Aviñón, más tarde vivió en distintas ciudades de Italia y recorrió buena parte de Europa como diplomático al servicio de la Iglesia. En la más célebre de sus cartas viajeras, Petrarca describe el ascenso al Mont Ventoux de la región provenzal el 26 de abril de 1336. Puesto que su único motivo era el hasta entonces inaudito “deseo de ver qué es lo que tenía para ofrecer una elevación tan grande”, el padre de las bibliotecas privadas (y del humanismo, etc.) se convirtió también en el padre del alpinismo. Luego se malició que la carta había sido fraguada mucho después, pero aún hoy no son pocos los que escalan el ventoso monte los 26 de abril de cada año, día en que se festeja el nacimiento de ese peculiar deporte.
De esta lucha interna entre vida contemplativa y vida activa, entre una existencia estanca de intelectual o aventurera de Weltbürger, Petrarca dejó constancia en su Secretum un diálogo con su venerado San Agustín. De la contradicción y la lucha interna como meollo de la vida en general, como centro narcisista de la subjetividad moderna, dejan constancia sus poemas (ver recuadro). No tanto ha cambiado desde que Petrarca encendiera la llama “echando leña al fuego en que tú ardes”: “Soñás la hoguera donde siempre sos la leña”, se escucha de vez en cuando en la radio.

TIEMPO AL TIEMPO
Dentro del glorioso trío del Trecento, Boccaccio consideraba un padre a Petrarca, pero éste nunca reconoció ser hijo de Dante. Su biblioteca no contemplaba obras del florentino y nunca lo nombró en sus escritos, ni siquiera en la extensa carta que escribió para desmentir que le tuviera envidia o celos: “¿Quién podría despertar envidia en mí, que no envidio ni a Virgilio?”, le escribe a Boccaccio. “A no ser tal vez que esté celoso del ronco aplauso que nuestro poeta goza de taberneros, carniceros y otros de esa clase, que deshonran a quienes alaban. Lejos de desear ese reconocimiento popular, me felicito por el contrario de que, junto a Virgilio y a Homero, yo estoy libre de él, puesto que me doy completa cuenta de qué poco pesa el aplauso de la multitud iletrada frente al de los eruditos.” Al atacar el éxito de la Divina Comedia, escrita en italiano, Petrarca pensaba en sus escritos latinos que su amor por el pasado y su desprecio del vulgo lo llevaron a poner por sobre su producción en lengua vernácula (el Cancionero y Los Triunfos). Es perdonable: sin esa ceguera es difícil que hubiera revivido a los clásicos, y el tiempo ya se encargaría de rectificar su error. Tasso, Chaucer, Shakespeare, Góngora, siguieron su legado en lengua vulgar, y mientras la Comedia pasaba a ser objeto de estudio entre los eruditos, el Cancionero se hacía popular hasta devenir en manual de rimas. Hoy es prácticamente imposible encontrar traducciones al español de su obra latina, al tiempo que se hace difícil decidirse entre las incontables ediciones de sus sonetos.
Vapuleado por sus admiradores, al siglo pasado Petrarca llegó exhausto. Ezra Pound llamó Cantos a sus poemas no por acaso, aunque se encargó de establecer que “Dante era mejor que Petrarca, pero eso no se le puede echar en cara a todos los que invitaron a Petrarca a su mesa”. Oskar Pastior, la rama alemana del grupo experimental Oulipo, publicó 33 poemas con Petrarca (1983), una composición automática que acaso busque poner de relieve el carácter combinatorio (moderno) de los poemas de Petrarca, pero que subrepticiamente los sigue acusando de mecánicos. Su ardor, le endilgaron siempre a Petrarca con el oxímoron que a él tanto le gustaba usar, es un ardor de hielo, un fuego congelado por la simetría formal y la monotonía llorosa del tema.
Pero quizá su mayor falta, como intenta explicarse Borges la gloria parcial de Quevedo, fue no legarnos una obra mayor. Sus imitadores hicieron del Cancionero esa gran obra, esa Comedia que Petrarca nunca compuso, pero quien se sumerja en los fragmentos como si se tratara de un ciclo épico es difícil que no se canse a medio camino. Joyce dijo que había necesitado siete años para escribir su Ulises y que el lector debía tomarse la misma cantidad para leerlo. Petrarca demoró más de treinta en componer sus fragmentos, y aunque no es necesario repetir la misma cantidad de tiempo para leerlos, sólo una cierta lentitud logra restituir la importancia que ese tiempo tiene en los poemas mismos. “Quédase atrás el decimosexto año/ de mis suspiros”, dice el fragmento número 118; y a sólo cuatro de distancia se lee: “Diecisiete años ha girado ya el cielo/ después de que empecé a arder”. El que cubre ese par de páginas en algunos minutos de lectura no gana tiempo, sencillamente lo deja de ver. Las canciones de Petrarca tienen algo de letanía, la demora y la reiteración no son vicios de época sino parte fundamental de su encanto. No defraudan al que las hojee en busca de un verso definitivo, pero sólo satisfacen por completo al que se deje arrullar por su vaivén de exaltación y desespero, sus volutas de amor lacrimógeno, su lánguido mimoseo.

LA POSTERIDAD
“¡Salud! Es posible que alguna palabra mía haya llegado hasta ti, aunque aun esto es dudoso, puesto que un nombre oscuro e insignificante apenas si llegará muy lejos en el tiempo o en el espacio. No obstante, en caso de que hayas escuchado de mí, querrás saber qué tipo de hombre fui, o cuáles fueron mis obras, especialmente aquellas de las que te haya llegado algún resumen, o el mero título.”
Así da inicio Petrarca a su Carta a la posteridad, probablemente la primera autobiografía que llegó hasta nosotros. Quedó inconclusa, como tantos de sus proyectos, pero poco importa: desde que a los 12 años se cambió el nombre paterno Petracco y se puso el que recordarían los siglos de los siglos, toda su vida parece haber sido vivida menos para contarla que para que después la cuenten. Se encargó de que supiéramos que leía mientras andaba a caballo, dictaba mientras le recortaban la barba y no se sentaba a comer sin una pluma a mano. Dejó constancia de todos sus viajes y se carteó con todas las personalidades europeas de su momento (“Los reyes más poderosos de esta edad me amaron y me recibieron en sus cortes. Ellos sabrán por qué; yo ciertamente no”). Opinó de política hasta en sus libros sobre el amor (ver recuadro) y no se privó de hacer lo propio sobre cualquier tema, fuera y dentro de la literatura. Se hizo fama de filólogo, bibliotecario, historiador, filósofo, teólogo. Hizo una estética de su vida retirada (“Solo y pensativo los más desiertos campos/ voy midiendo con paso tardo y lento”) y llevó el egocentrismo al extremo de lo que permitía su religión: “Yo quiero que mi lector, sea quien sea, me tenga en mente sólo a mí, no al casamiento de su hija, no a la noche con su novia, no a los ardides del enemigo, las fianzas, la casa, sus campos, sus tesoros. Al menos mientras lee, quiero que esté conmigo. Que se tome el trabajo de estudiar lo que yo escribí no sin trabajo”.
Petrarca creó su propio mito en vida, y no faltó quienes lo continuaran después de muerto. Se cuenta de que la hora postrera lo encontró en su escritorio, hundido en su trabajo. Tras su deceso (un día antes de su cumpleaños número 70), la biblioteca se dispersó y los manuscritos fueron a parar a manos privadas. Al igual, se conjetura, que el desaparecido cráneo que se desvivió por ellos, por vivir junto a ellos para toda la posteridad.

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