libros

Domingo, 3 de junio de 2007

La mujer del látigo

 Por Alan Pauls

Era el verano creo que de 1973, justamente en Gesell, cuando desde el fondo de un placar del residencial Rideamus, agazapados dentro de una manta que picaba como si fuera soviética, me emboscaron a dúo un ejemplar de El varón domado (Esther Vilar) y otro de Ultimo tango en París (la novelización de la película) de Robert Alley, publicada creo que por Grijalbo (¡con fotos!). Aunque no se había agotado (de hecho recién tomaba posesión de mi cuarto en el hotel), “mi” literatura (cuentos de Cortázar, supongo, mechados con algo de Onetti y Felisberto Hernández, mucha historieta) quedó completamente eclipsada por esos dos tesoros. Tal vez Ultimo tango... había aprovechado andá a saber qué lapso de convivencia forzada para desteñir sus jugos libidinosos sobre El varón domado. Lo cierto es que Esther Vilar (que creo que sonreía desde la contratapa del libro) me excitó casi más que el capítulo de la manteca y, a pesar de que leí su libro de cabo a rabo y entendí su razonamiento y su moral y etc., nunca pude sacarme de la cabeza la idea de que ella, Vilar, era la que domaba varones como nadie. (¿Tenía unos pantalones de cuero o ésa era Liliana Heker?) Lo genial del asunto fue que a partir de ahí desarrollé una especie de compulsión a abalanzarme sobre los libros, cualesquiera fueran, que encontraba en las casas alquiladas donde iba a pasar algún tiempo. No me importaban tanto los libros en sí como la relación que había entre ellos, el misterioso camino que había llevado a que coexistieran ahí, la identidad del o la que los había comprado y puesto juntos en un estante. Creo que al año siguiente me pasó lo mismo con Myra Breckinridge de Gore Vidal, que descubrí haciéndose el boludo entre dos libros de cocina en la cocina del primer chalé que mi familia alquiló en Punta del Este.

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