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Domingo, 3 de junio de 2007

Lecturas robadas en las siestas de Córdoba

 Por Daniel Link

Nada es más ajeno para uno que la biblioteca de sus padres. En mi caso, esa biblioteca decorativa (porque mis padres leían más revistas que libros) y fuera de mi alcance (porque yo era muy chico) incluía, además de los diccionarios y enciclopedias de rigor en una familia de clase media con expectativas de progreso económico y sobre todo cultural, una serie de libros encuadernados en cartón rojo, uno de cuyos títulos era Guerra y paz, otro Ivanhoe y otro Compulsión –recuerdo sólo esos tres títulos (¿por qué?) de la prolija compulsa que periódicamente realizaba a medida que me iba alfabetizando–.

Pero recuerdo también dos libros grises que no estaban en el mismo lugar, sino escondidos en un armario (artilugio torpe de censura, porque yo pasaba mucho tiempo solo), que se llamaban Para esposos y Para padres. Allí, yo lo suponía (yo lo sabía), podía encontrar todos los secretos de la feliz vida familiar para la que se me preparaba. En cuanto pude, impaciente, clandestinamente, empecé a leerlos. Así me enteré de la morfología secreta que separa al hombre de la mujer, impresa en láminas crudísimas que mostraban el interior más profundo de los cuerpos, y de los más íntimos resortes que garantizan la dicha conyugal. Para esposos me introdujo en un mundo exótico (fue para mí como ese viaje en un submarino microscópico a través de las venas y arterias que años más tarde vi en el cine), sobre todo porque me era evidente que mis progenitores no tenían nada que ver con lo que allí se describía con prolijidad.

Más inquietante me resultó Para padres, que leí con la misma fascinación enfermiza con la que nos atrapan los géneros de terror. Allí pude recorrer el catálogo completo de las minúsculas desviaciones que cada comportamiento parental podía provocar en sus vástagos. Durante mucho tiempo tuve pesadillas pensando que me convertiría en tal o cual monstruo como resultado de una pedagogía desencaminada. Durante el día, observaba la dinámica familiar con precisión entomológica para poder registrar las causas precisas de aspectos de mi personalidad que habrían de desencadenarse (inevitablemente, lo decía el libro) mucho tiempo después. Supongo que, en el fondo, eran libros bastante liberales inspirados en el espíritu de Alfred Kinsey, pero de todos modos hubiera preferido no leerlos siendo un niño y jamás en mi vida futura se me ocurrió leer libros semejantes.

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