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Sábado, 28 de octubre de 2006

NOTA DE TAPA

Una movida en Ensenada

La estación de trenes, construida en 1889, abandonada en los setenta y vandalizada por una “reforma” de la dictadura, está siendo restaurada. Y ya está mostrando su poder para regenerar un tejido urbano maltratado.

 Por Sergio Kiernan

Baja, con mucho cielo y sorprendente verde. Deteriorada por la desindustrialización y con algo de calma pueblerina. Aislada por la falta de carteles viales pero al toque de la Capital. Cachuza pero intacta en cuanto a que hubo pocas demoliciones y casi ningún edificio de altura. Las impresiones de Ensenada, municipio autónomo y viejo de españoles con coraza, aunque se lo tome por un barrio de La Plata, esa advenediza, apuntan a un interesante experimento de renovación urbana con todos los problemas que puede interponer este país. Empezando por el de los ínfimos presupuestos.

El eje de la movida que se quiere crear en esta zona del sur bonaerense es el centro viejo de lo que fue una barriada industrial y portuaria, una de las principales bocas de comunicación naviera del gran eje manufacturero argentino. Ensenada es tan vieja que figura en los repartos de tierras de los conquistadores, cuando le tocó a un tal López que luego le vendió la merced a un señor Barragán. Es por eso que el lugar fue conocido como la Ensenada de Barragán y ni siquiera la fundación formal de una ciudad, Mercedes, logró cambiar la costumbre.

Ensenada tiene ese aire a Rosario o Barracas legado por la fulminante industrialización criolla. Cuadras y cuadras de edificios construidos en unas pocas décadas, por lo que tienen una notable unidad de estilo y textura, que van mezclados con estructuras industriales y con infraestructuras portuarias. Hace medio siglo debe haber sido una localidad que respirara optimismo y ascenso social, un lugar proletario con su centro de servicios, su clase media, su comercio. Exactamente el tipo de comunidad golpeada como ninguna en las últimas décadas.

Pero como tumbar el patrimonio también cuesta dinero, los edificios siguen allí, con excepciones y con zonceras como haber vendido como chatarra alguno que otro puente de garbosa arquitectura industrial. Uno de los edificios que sigue en pie, casi milagrosamente, es la estación ferroviaria en pleno centro de la ciudad, desactivada en los años setenta después de un siglo de fieles servicios.

La ubicación del edificio hoy no tendría chance de pasar las reglamentaciones urbanas: está a una cuadra de la principal calle comercial de Ensenada y a otra de la avenida Sidoti, vía de entrada, lo que la deja completamente rodeada por viviendas y comercios. El único espacio libre es un corredor ancho donde estaban las vías, ya levantadas, y el patio de maniobras, donde sobrevive uno de esos discos colosales que se usaban para dar vuelta locomotoras. Esta estación es la segunda de Ensenada –de la primera queda un cartel en medio de un bosquecito– y fue punta de un importante ramal que salía de Alem y Bartolomé Mitre rumbo al sur, inaugurado en 1872 por el presidente Sarmiento en persona. La construcción de La Plata le robó protagónico al ramal, pero aun así se le construyó en 1889 una estación más cerca del puerto y la ciudad. La línea fue desactivada a mediados de la década de 1970.

La noble estación quedó al garete. En tiempos de dictadura, intentaron refaccionarla en una obra que parece planeada por el estudio de Shemp, Larry y Moe, y consistió en destruir completamente todo el interior, llenar todo de losas y cambiar la línea del volumen central. La obra de Los Tres Chiflados nunca se terminó y el edificio, completamente vaciado de sus muebles y objetos ferroviarios, quedó abandonado. Paralelamente, el espacio de las vías se transformó en cementerio policial de autos y yuyal díscolo, lo que invitó a que la estación fuera ocupada y, con los años, pasara a central de cirujeo, con quema de sobras incluida. En pleno centro, Ensenada tenía un pequeño infierno urbano.

En mayo de 2005, la ciudad festejó sus dos siglos como entidad –la famosa “Mercedes” que nunca fue– y se decidió remontar la decadencia urbana. Así se pensó en reciclar y darles un nuevo uso a la estación y sus perdidos alrededores. Fue una decisión política que implicó al gobernador Solá, que en acto público arrancó el proyecto con 350.000 pesos y puso el paraguas para cosas como remover el cementerio automotor. En cosa de meses se fueron los coches, los yuyos y los linyeras y quedó el casi cadáver de la estación, con las losas nuevas oxidadas, revoques cayendo y maderas en plena pudrición.

Ahí entra en acción la Universidad de La Plata, que para la misma época trabajaba en un proyecto de relación con los municipios para aportar conocimientos donde fueran necesarios. La FAU de la universidad terminó elaborando un sistema de puesta en valor de edificios práctico y realista, generado a partir del taller Cremaschi-Nizan, que participa de la obra. El sistema incluye aportar conocimientos específicos a municipios que no tienen profesionales especializados en sus plantas, como el caso de prácticamente todos los centros urbanos chicos de la provincia. Así arrancaron la obra bajo la intendencia de Mario Carlos Secco.

Lo que se encuentra hoy es la envolvente del edificio –sus muros y exteriores– en vías de terminación. Con documentación de época, cateos y asesoramiento técnico del especialista Guillermo García, se determinó que la estación era básicamente de ladrillo a la vista con detalles en símil piedra blanco. Lo primero fue remover los revoques colocados por Los Tres Chiflados y relajarse ante lo irreversible: las tontísimas ventanas abiertas en las torres y el demasiado elevado techo nuevo del centro. En el original se veían simplemente las aguas del hall central; como quisieron ganar un piso, mandaron una losa –hoy en estado calamitoso– y un techado más elevado.

Como se ve en las fotos, la ladrillería –de piezas a la inglesa, gorditas– vuelve a estar a la vista y los símil piedra están prácticamente terminados. La fachada posterior está dando más trabajo porque a Moe se le ocurrió construir baños adosados, con lo que hubo que demoler y llorar un amplio sector de ladrillería rota a piqueta para pegar el nuevo volumen. El daño está siendo disimulado con tejuelas del ancho correcto, cosa de “fundir” ese sector a la textura del edificio. También hubo que intervenir en las aperturas nuevas en las torres: como los tontos siempre están orgullosos de sus obras, los Chifladitos habían bordeado sus ventanas con revoques vistosos, pa’que se note. Gustavo Cremaschi y García discretamente removieron el revoque y dejaron el ladrillo, bajando el valor visual del acto de vandalismo.

Con esta fase en terminación y a cargo de la constructora de Carlos Zila, ya se puede adivinar el interior futuro. Las losas de Shemp quedarán como encofrado perdido: fueron picadas desde arriba y perdieron su contrapiso, y serán usadas como base para nuevos cementos. El laberinto de divisiones del proyecto bobo fue barrido y ya se están demoliendo tonterías como una escalera puesta justito en medio de un ventanal, cosa de taparlo. Los baños van adentro, como corresponde, y la estación ya muestra espacios amplios y despejados. Arriba, en las torres, se pueden ver por adentro maravillosas maderas restauradas en detalle, coronando unos ambientes tan bonitos que no extrañaría si hay peleas para ocuparlos.

Luego se seguirá con el andén, en el que siguen airosas las maderas del alero a restaurar. Vecinos y coleccionistas ya ofrecieron elementos ferroviarios originales –el cartel, la boletería– para exhibirlos donde estaban, y ronda la idea de volver a poner unos metros de vía para poder rodar un vagón que sirva de sala de exhibición y atractivo turístico. Hablando de servir, ¿para qué se usará el edificio? No está definido todavía, pero Ensenada está mostrando su inteligencia práctica al no caer en la trampita del “centro cultural”. La estación tendrá un uso mixto de oficinas municipales, lugar de actividades vecinales, ámbito de eventos culturales y tal vez un registro civil. O sea, será ocupado todos los días, todo el día, con entes que tienen presupuestos propios para mantenerse y mantener el “Centro Cívico”.

Lo que hoy es un baldío abierto frente al edificio será parquizado para usarse como plaza y auditorio. La estación, todavía sin terminar, ya va creando una sinergia: justo enfrente se está reconvirtiendo una enorme casa particular y a una cuadra brilla un hermoso local restaurado por privados. La influencia de la restauración de un edificio histórico y conocido se hizo sentir a toda velocidad. Ojalá que sea el arranque de un proceso en una ciudad con mucho patrimonio.

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La estación, con su exterior volviendo a su aspecto original. Las aperturas del tope fueron otro error de una intervención durante la dictadura.
Imagen: Daniel Jayo
 
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